Guardaré tu última sangre 15 Ana
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15 Ana

Hay días que se joden conforme avanzan y otros que se arreglan.

Hoy era uno de los que se joden. Me perturba profundamente lo que no entiendo, supongo que es deformación profesional.

Lo primero en mi trabajo es entender qué le está pasando a un paciente, y a partir de ahí explicárselo a él y buscar soluciones.

Es como un músculo entrenado a base de muchos años de ejercicio.

Todo tiene que encajar y esta historia no cuadraba.

¿Qué hacía Daniel cerca de la casa de Marcelo?

¿Por qué no me había contado Elsa su relación con Daniel?

¿Lo que me había molestado era la posibilidad de que Elsa me estuviera mintiendo o el que no tuviera confianza para contarme la verdad pero sí para pedirme ayuda e invitarme a su cama?

Fuera lo que fuera, esa noche no podía quedarme en casa sola. Mi cabeza no iba a parar.

Mientras me vestía para salir pensaba también en Millán. Había sido injusta reaccionando así y marchándome sin despedirme. Hacía mucho tiempo que no tenía un jefe y ya me resultaba difícil ponerme en la situación del que tiene que obedecer a alguien que está más arriba.

Salí a la calle y me encontré una noche tranquila, la gente mínima para no deprimirme. Me fui hasta el Karma dando un paseo y aproveché para fumar.

A diferencia de la calle, el Karma estaba bastante lleno. Sus clientes somos asiduos y nos importa poco que llueva o truene. Me acerqué a mi rincón favorito y, antes de decir nada, mi camarera favorita ya traía mi copa.

—Lo de siempre, supongo.

—Supones bien.

—Algunas tienen mucha suerte.

—¿Por qué lo dices?

—El chulazo del final de la barra quiere invitarte a esta copa, me ha pedido que no pagues.

Justo al otro lado, entre los brillos de las luces reflejándose en las botellas, pude atisbar la cara de Millán Ariza levantando la copa y brindando en el aire.

—Dile que gracias, pero que siempre me pago yo las copas.

—Hija, hay días que estás de un borde. Si no te lo quedas le digo yo que me espere a que salga, que me ponen los tíos con pinta de poli.

—Todo tuyo.

La camarera se acercó hasta donde estaba Millán y, poniéndole el escote delante, le susurró algo al oído. Después de oírla me miró, se levantó de la banqueta y se dirigió hacia mí dejándola con cara de desilusión.

—No me gusta que me sigan —dije antes de que hablara.

—¿Se puede saber qué te he hecho? Yo solo cumplo órdenes.

—Te he respondido, no me gusta que me acosen.

—Solo intentaba ser amable, bastante tengo con seguir a gente todo el día como para hacerlo en mi tiempo libre. No me gustó cómo quedaron las cosas esta mañana.

—Podías haber llamado en vez de seguirme.

—No te he seguido, yo estaba aquí antes de que llegaras. No es lo mismo esperar que seguir.

Cogí la copa, bebí de un trago lo que quedaba y con fuerza la puse en la barra.

—Pues sigue esperando, la camarera creo que quiere enseñarte el resto de lo poco que te falta por ver.

Me levanté de la barra y, sin decir más, salí a la calle.

Una vez fuera eché a correr sin rumbo fijo como alma que lleva el diablo.

Cuando me faltaba el aire paré y respiré hondo.

En cuanto me recuperé un poco levanté la cabeza y un escaparate me devolvió la imagen de una mujer perdida; sin poder evitarlo me eché a llorar.