Guardaré tu última sangre 16 Enrique
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16 Enrique

Millán Ariza y Teodoro Saldaña llegaron a pie bordeando el impresionante muro exterior de la casa.

No aparcaron en la puerta para dar antes una vuelta a pie por los alrededores de la finca.

Al llegar al portón se anunciaron y esperaron.

Una voz por el interfono los invitó a pasar.

Ya dentro atravesaron una hilera de jardines y fuentes hasta llegar al edificio principal.

—Esto no parecía tan grande desde fuera —dijo Teo.

—Supongo que esa es la idea, pasar desapercibido —respondió Ariza.

En la puerta de la casa no había timbre, solo un llamador de bronce que parecía tener muchos años y que seguramente nadie había usado nunca. Antes de que lo tocaran les abrió la puerta un mayordomo entrado en edad y con un uniforme impecable.

—Pasen, el señor Zarza les está esperando.

Los dos policías entraron en un vestíbulo más grande que cualquiera de sus apartamentos.

Tenía forma circular, una cúpula en el centro y estaba rodeado por grandes columnas entre las que había esculturas de aspecto romano.

Al frente, una amplia escalera por la que bajó con paso decidido el empresario.

—Buenos días, caballeros, soy Enrique Zarza —dijo alargando la mano.

—Buenos días, soy Millán Ariza —respondió el policía estrechándosela—, a mi compañero Teo creo que ya le conoce.

—Sí, sí, pasen, por favor.

—Gracias por recibirnos otra vez.

—No las merece. ¿Por qué no han entrado con el coche?

—Prudencia, nunca se sabe cuáles son las costumbres de las casas que se visitan.

—¿Quieren que pida que se lo aparquen dentro?

—No, no se preocupe, es un paseo agradable, tiene una casa impresionante.

—Gracias, en su época fue un palacio y también embajada, pero ni la aristocracia ni los países del Este han sabido nunca administrar bien su patrimonio.

Mientras decía esto, Ariza se fijó en que en el suelo había un dibujo de mujeres con cántaros y flores alrededor de un fuego.

—¿Le gusta el mosaico? —dijo Zarza.

—Sí, tiene pinta de ser muy antiguo —dijo Millán.

—Mucho, más de dos mil años… Romano, de la época de Cristo. Son vestales, ¿saben quiénes eran las vestales? —preguntó el empresario.

—La verdad es que no, ni la más remota idea.

—Eran sacerdotisas que se encargaban de que el fuego del templo no se apagara nunca. Tenían que permanecer vírgenes mientras fueran sacerdotisas como símbolo de pureza.

—¿No le da pena pisarlo?

—No, para eso se hizo, para ser pisado, pero no se preocupe, está restaurado y cubierto por una resina transparente que lo protege.

—Esto es un auténtico museo —dijo Ariza.

—Alguna compensación debe tener trabajar tanto. Pero acompáñenme al salón, allí estaremos más cómodos.

El salón era todo lo contrario que el vestíbulo.

Más moderno, colores lisos y ningún mueble, cuadro o escultura clásicos.

Solo cuadros en las paredes, cada uno con su correspondiente foco, y dos sofás enfrentados delante de una chimenea.

Un mayordomo con uniforme se acercó a la puerta en silencio mientras miraban los cuadros.

—¿Quieren tomar algo los señores?

—Agua está bien —dijo Millán.

—Vaya, veo que es verdad el tópico ese de no beber estando de servicio.

—¡Qué remedio! —replicó Teo con mala cara.

—Por favor, tres vasos de agua mineral, el mío con gas y limón —dijo al mayordomo que esperaba en la puerta.

—Me gusta el cuadro aquel que está junto a la ventana.

—Es un Matisse, tiene usted buen gusto.

—No lo conozco, me gusta por los colores tan vivos que tiene.

—Es de la época de Picasso, se discute mucho quién de los dos es el padre del arte contemporáneo. Entre ellos se amaban y se odiaban. Dicen que Picasso y él se intercambiaron cuadros y Picasso jugaba a los dardos con el suyo delante de los amigos para humillarle.

—Lo de llevarse mal entre pintores no es nuevo entonces.

—Lo de llevarse mal las personas es tan antiguo como la humanidad, sean pintores, escritores o albañiles. Es muy conocido que Quevedo resolvía con la espada, en las puertas de las tabernas, las diferencias artísticas que tenía con otros escritores.

—Eran otros tiempos.

—No tanto, Manet hirió con una espada a un crítico que escribió una reseña que no le gustó y Diego Rivera intentó poner una bomba contra el presidente de México. No hay oficio que se libre de la agresividad y de las bajezas del ser humano.

—Entonces, lo de la violencia en el mundo del arte no es tan raro.

—Si se atiende a la historia, parece que no —dijo el empresario.

El mayordomo entró, colocó un posavasos delante de cada uno y encima un vaso con agua, hizo un gesto con la cabeza y se retiró con el mismo mutismo con el que había entrado.

—No le quitaremos mucho tiempo, señor Zarza, solo queremos ampliar un poco la charla que tuvo con mi compañero. Como ya sabrá, las cosas se han complicado, y cualquier dato por pequeño que sea puede sernos de mucha ayuda.

—Lo entiendo, no se preocupen, les ayudaré en lo que necesiten.

—Solo queríamos que nos contara con más detalle las conversaciones que tuvo a solas con Víctor Palacios antes de su muerte.

—La conversación, porque solo le vi a solas una vez antes de morir.

—¿Cuánto tiempo antes?

—Una semana aproximadamente. Vino aquí una noche a cenar, con la excusa de ver cómo quedaba colgado el último cuadro que le había comprado. Por cierto, es ese que está junto a la puerta.

Los dos policías se volvieron y se fijaron en el cuadro más grande de la estancia. Una mujer desnuda en tonos ocres, tumbada en el suelo junto a un gato y un libro.

—Son más bonitos los colores del otro cuadro.

—No se puede comparar, Víctor era más sombrío sin duda.

—¿Quiénes estaban en esa cena?

—Solo Víctor y yo. Mi mujer esa noche había quedado con unas amigas y yo me quedé en casa con Víctor. Estuvimos cenando en el comedor y luego aquí tomando una copa y charlando. Él estaba sentado justo donde están ustedes ahora.

—¿De qué hablaron?

—Sobre todo hablamos mucho de arte, pero también hubo un rato que hablamos de otras cosas en general, amigos comunes, la crisis, las mujeres, la vida.

—Me dijo Teo que Víctor le contó que estaba pensando romper su relación profesional con su galerista.

—Sí, él quería que bajara el tanto por cierto de comisión que se quedaba por cuadro y prescindir de la exclusividad. No entendía que se llevara la mitad por cuadros que había vendido el propio Víctor personalmente sin que el otro interviniera para nada.

—Tiene su lógica.

—Toda la del mundo. Hay muchos galeristas que son fundamentales en el lanzamiento de un artista, pero pierden la perspectiva cuando triunfan, pasan a creer que están en deuda con ellos de por vida y que no tienen que hacer nada más, solo sentarse a vivir de las rentas.

—¿Sabe si ya se lo había dicho a Marcelo?

—No me lo dijo de una manera exacta, pero me pareció entender que le había insinuado algo y que le había pedido que se sentaran a hablarlo.

—Creo que usted es el coleccionista que más cuadros tiene de Víctor Palacios.

—No lo sabía, pero podría ser, tengo cinco.

—Toda una fortuna en pintura.

—Difícil ponerle un precio al arte.

—Pero las galerías de arte y las salas de subasta se lo ponen.

—Sí, al final todo tiene un precio en esta vida, aunque no se corresponda el precio con el valor.

—¿Con qué se corresponde?

—Con la oferta y la demanda. Un huevo frito está más rico que el caviar, pero cuesta mucho menos y solo porque hay más gallinas que esturiones.

—Entonces, ahora los cuadros de Palacios costarán más.

—Obvio. Mucho más.

—Su colección, por lo tanto, se revalorizará.

—Supongo que sí, si alguna vez pensara desprenderme de ella, pero no compro cuadros para especular. Es un placer para la vista y una inversión a largo plazo solo si las cosas se tuercen, pero afortunadamente las cosas me van bien y eso no tiene pinta de que pueda pasar por ahora.

—Según le dijo a mi compañero, los dos últimos se los había comprado a Víctor directamente por un precio más bajo que los anteriores.

—Un poco más bajo para mí, pero más alto para Víctor, que cobró una cantidad superior a los anteriores por ser una venta directa y no tener que descontar la comisión del galerista.

—¿Qué más cosas le dijo Víctor en esa cena?

—Estuvimos mucho rato hablando de la exposición de la Feria de Arte Contemporáneo.

Estaba muy ilusionado, era algo que llevaba esperando mucho tiempo.

No siempre el prestigio oficial se corresponde con el éxito comercial.

A Víctor le iba bien vendiendo cuadros, pero le faltaba más reconocimiento por parte de las instituciones y de algunos críticos.

—¿Pensaba comprar algún cuadro de esa exposición?

—No, y eso que Víctor me ofreció hacerlo, pero no me agradaba la idea de tener un retrato sin cabeza y esta aparte en un pedestal. No me gustaba ese nuevo camino.

—¿Algo que le dijera que le sorprendiera?

—Las conversaciones con Víctor siempre eran sorprendentes, nunca te dejaban indiferente y más ahora que estaba en un momento de cambio.

—¿De cambio?

—Sí, él sentía que tenía que darle un vuelco a su vida en muchos temas personales y profesionales.

—¿A qué se refiere con lo del ámbito personal?

—Me dijo que se estaba planteando cortar la relación con su novia, pero que era complicado porque no quería perderla como ayudante.

—De esto no teníamos ni idea, ella no nos ha dicho nada.

—Quizá todavía no lo hubieran hablado, o quizá se lo estuviera pensando todavía y solo fuera una crisis pasajera. No me lo dijo como algo en firme.

—¿Usted la conoce personalmente?

—Mucho, aunque en esa cena no estaba, en otras ocasiones que habíamos quedado ella había venido con él. De hecho, estuvo el otro día aquí en una fiesta.

—¿Cómo la encontró?

—Rara. Pero también es comprensible después de lo que ha pasado y de que fuera su primera salida sin él.

—¿Qué tal es como pintora?

—Buenísima. Tengo algún cuadro suyo, pero todavía tiene demasiada influencia de Víctor, aunque mi amigo Oriol defiende lo contrario, que ella ha influido más en Víctor que al revés. Al final lo que más se conoce es lo que queda, y Víctor era muy mediático.

—¿Qué sabe de los cuadros de Víctor que estaban sin vender?

—Los conozco bien, tuve la oportunidad de elegir entre ellos el último que le compré.

—¿Recuerda cuántos eran en total?

—Yo llegué a ver unos diez cuadros, seis en la galería y cuatro más en el estudio. Este que me quedé era uno de los del estudio. Eso sin contar los de la exposición.

—¿Está seguro de que había tantos en la galería?

—Sí, seguro. Era el mejor pintor de Fonseca, era lógico que siempre tuviera allí los disponibles para la venta.

—Él aseguraba no tener ninguno.

—Yo solo puedo decirles los que había el día que fui, dos o tres semanas antes de la muerte de Víctor. Lo que hicieran con ellos después se me escapa.

—¿Alguien le ha ofrecido obra de Víctor después de su muerte?

—No, y si lo hubieran hecho les habría llamado, no sería legal hasta que esté claro quién los hereda. Ya estoy al tanto de que han desaparecido todos.

—¿Cómo lo sabe?

—Saber cosas es mi trabajo y ciertas noticias vuelan.

—Es muy posible que en los próximos meses salgan a la venta por cauces paralelos cualquiera de estos o incluso el cuadro de la foto que mandaron a los periódicos.

—Ese no está claro que fuera de Víctor.

—Un catedrático de arte, Valerio Pedraza, dice que sí.

—Es discutible.

—En cualquier caso, es muy posible que lo intenten vender.

—Seguro.

—¿Nos llamará si alguien se pone en contacto con usted?

—Pueden estar seguros. A nadie le interesa que esos cuadros se pierdan en alguna colección rusa, china o de los Emiratos.

—Muchas gracias, señor Zarza, sus opiniones nos han sido de mucha ayuda.

—Me tienen a su disposición para lo que necesiten.

Millán Ariza se levantó y al momento lo hizo su compañero. Se dirigieron a la puerta seguidos del empresario. En la puerta el mayordomo los esperaba para abrírsela.

—¿Conocen el camino?

—Sí, no hay pérdida, muchas gracias.

—Aquí me tienen para lo que necesiten.

—Muchas gracias, seguiremos en contacto y enhorabuena por su colección, especialmente por el Matisse.

Enrique Zarza vio a los dos policías alejarse y se quedó pensativo mientras miraba bajo sus pies las vestales guardando el fuego.