Guardaré tu última sangre 17 Ana
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17 Ana

La cita con mi paciente de la una estaba a punto de acabar y ya no tenía ninguno más a lo largo del día.

Me iba a dar tiempo a tumbarme tranquilamente y fumarme la vida, comer donde quisiera y beberme un buen vino antes de zambullirme en una siesta interminable.

Después de tantos días de trabajo, líos y sobresaltos, me lo había ganado.

Mi paciente se levantó del diván y me miró sonriente.

—Creo que ya es la hora, ¿no?

—Sí, casi.

—Qué bien me siento con nuestras conversaciones, nadie me entiende como usted.

La conversación a la que se refería había sido un monólogo de casi una hora.

La última media casi sin respirar. Lo que él percibía como un problema era el sentimiento de no tener nada que ver con el mundo, y eso dificultaba la comunicación.

Lógico, si teníamos en cuenta que toda su vida estaba construida sobre fantasías irreales y caprichos, sin dejar de lado que no quería oír que otra persona le dijera lo contrario, o posiblemente que le dijera nada acerca de cualquier otro tema.

—¿Nos vemos la semana que viene a la misma hora?

—Sabe que se la tengo reservada hasta que me diga lo contrario.

—Entonces, hasta la semana que viene, muchas gracias por todo.

—Muchas gracias a usted, e intente dormir.

—Lo intentaré, pero no le garantizo nada —dijo con media sonrisa.

En cuanto salió por la puerta conecté mi móvil y empezaron a sonar en avalancha mensajes atrasados y avisos de llamadas perdidas.

La mayoría de Elsa, algunas de Millán y el resto irrelevantes.

Decidí que luego los leería, que ese era un momento maravilloso de soledad como para dar la oportunidad de que algo lo estropease.

Como siempre, me enfoqué en mi ritual de después del trabajo.

Lo primero, quitarme los zapatos y salir al balcón a respirar, ver la luz del día y sentir la energía de la calle.

El teléfono volvió a sonar, pero esta vez era una llamada.

Otra vez Millán. No lo cogí. Pasaron unos minutos mientras fumaba mi tabaco favorito y volvió a sonar otra vez el teléfono.

Era Millán de nuevo, esta vez sí lo cogí.

—¿Te has enterado ya?

—¿De qué?

—Si preguntas eso es que no te has enterado aún. ¿Estás libre?

—¿De qué tengo que enterarme?

—No me has respondido. ¿Estás libre?

—Podría estarlo.

—Estoy cerca de tu consulta, baja y tómate algo conmigo.

—Vale, pero dame un minuto.

—Te espero en el parque de enfrente.

Aquella llamada no me gustaba nada, apuré el cigarro y entré en internet a buscar las últimas noticias. Nada relacionado con el caso. Me volví a subir a los zapatos, cogí la chaqueta y salí de la consulta.

Al otro lado de la acera me esperaba Millán con cara seria.

—Qué guapa estás vestida de insigne doctora.

—Y qué incómoda.

—No te quejes, es peor llevar corbata.

—Eso es que nunca has andado con tacones.

—No, ni lo tengo previsto por ahora.

—¿A qué se debe esta visita sorpresa?

—¿Damos un paseo?

—Mejor nos sentamos en un banco del parque.

—Sí, perdona, me olvidaba de tus tacones.

—Bueno, cuéntame.

—Elsa ha vuelto a prisión.

—¿Cómo?

—Como lo oyes.

—Pero si hay una testigo que la sitúa en otro lugar a la hora del asesinato.

—Ya, pero la historia se ha complicado, anoche mataron a Marcelo Fonseca.

—¿Qué me dices?

—Y no solo eso, hemos detenido también a Daniel.

—¿Por qué?

—Anoche estuvo en el pueblo donde mataron a Marcelo.

—¿Y eso qué tiene que ver con Elsa?

—Fue al salir de su casa, pasaron la tarde juntos.

Me quedé un rato pensativa.

—¿Daniel fuma?

—¿Qué tiene eso que ver con todo esto?

—Nada, simple curiosidad.

—Ana, tú no das puntada sin hilo ¿Por qué me preguntas eso?

—Contéstame.

—Sí, sí que fuma y mucho.

—¿Rubio o negro?

—Negro.

—Alguna vez me encontré colillas en el cenicero de Elsa cuando estuve en su casa y ella no fuma, solo era eso, nada importante.

—Yo creo que están juntos, aunque los dos lo niegan.

—Son amigos desde hace muchos años, no tiene por qué ser más.

—Ni tampoco ser menos.

—¿Ha sido iniciativa tuya detenerla de nuevo?

—No, órdenes de arriba, este asunto se está complicando más de la cuenta.

—¿Puedo verla?

—No, esta vez es imposible, los han incomunicado.

—Si quisieras podría.

—De verdad que no puedo, Ana.

Sin decir palabra me levanté, y sin despedirme me fui dejándole solo en el banco.

Iba muy cabreada, pero no sabía muy bien si se debía a que volvieran a meter a Elsa en la cárcel después de haber hecho el esfuerzo de buscar y encontrar a la testigo, o, me había dolido más enterarme de que estaba liada con Daniel y no me hubiera dicho nada.