Guardaré tu última sangre 18 Manuel
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18 Manuel

El despacho del ministro del Interior era como el resto del edificio, pequeño y solemne.

Nada que ver con los demás ministerios de la capital, monumentales edificios en el centro.

Este estaba un poco más apartado y solo era un palacete que intentaba pasar desapercibido, al igual que los que pululaban por sus pasillos.

Al fin y al cabo, de eso iba su trabajo.

El director general de la policía esperaba sentado frente a la mesa del ministro observando el retrato que había detrás de su sillón y preguntándose si sería valioso o no.

—Sabe quién es, ¿no? —dijo el ministro mientras entraba como un vendaval.

—¿Quién lo ha pintado o quién es el del cuadro?

—Quién, el pintor no era importante, un mal discípulo de Goya.

—Ni idea, señor ministro.

—Se trata nada menos que de don Manuel Godoy y Álvarez de Faria.

—Interesante.

—Y supongo que tampoco sabrá dónde nació.

—Supone bien, señor ministro.

—En Badajoz, y no precisamente de familia noble. ¿Y sabe hasta dónde llegó?

—Creo que llegó a ser el primer ministro en tiempos de Carlos IV.

—Exacto. Y ahora viene la pregunta clave: ¿cómo llegó un extremeño sin sangre azul a ser el hombre más poderoso de su época?

—Ni idea.

—Porque don Manuel Godoy era un buen policía y tenía claro para quién trabajaba.

—Mensaje recibido.

—Dicho esto, cuénteme qué narices está pasando con estos crímenes de artistas.

—Bueno, artista solo uno, el de anoche era su galerista.

—Normalmente se matan entre ellos los traficantes, los delincuentes o las bandas, pero no es habitual que se maten en el mundo del arte. Ya sabe lo que pasa cuando cae alguien de clase alta o que se relacione con ellos, todo el mundo se pone nervioso y empieza a llamarme.

—Lo sé, señor ministro, lo sé, pero al final los de la droga no se matan por droga, se matan por dinero, como se ha matado la gente toda la vida, y en este caso se trata de lo mismo, estamos hablando de millones en cuadros robados.

—Cuadros que están en casas de gente muy poderosa y que pueden cambiar su valor de la noche a la mañana.

—Tampoco tiene que decirme que estamos en tiempo de elecciones y el hecho de que dos mafiosos del Este se maten en un poblado no le interesa a la prensa, pero si el muerto aparece en la Feria de Arte Contemporáneo delante de la reina entonces se le dedican páginas y páginas.

—No se lo pensaba decir, pero me alegra que lo tenga en cuenta.

—Estamos haciendo todo lo posible por aclararlo, pero todo está siendo bastante raro, como habrá podido ver, y lo peor es que hay muy pocos indicios.

—¿No teníamos una sospechosa que había sido grabada con los cuadros robados?

—Sí, pero parece ser que no era ella la que aparece en la grabación.

—¿Algún sospechoso más?

—Sí, manejábamos otra posibilidad con otro sospechoso.

—¿Y ese dónde está?

—Es al que mataron anoche.

—Eso nos deja solo una sospechosa por el momento.

—Eso nos deja casi sin nada.

—¿En qué cárcel la tenemos?

—En ninguna, está en su casa, en prisión preventiva.

—No me joda que la única sospechosa está en la calle.

—Apareció una testigo que la situaba en otro sitio a la hora del asesinato.

—¿No teníamos una grabación de ella que la situaba en el lugar del crimen?

—En el mismo lugar del crimen no, cerca, y no se le ve la cara.

—¿Pero lleva los cuadros?

—Lleva algo enrollado bajo el brazo que podrían ser los cuadros.

—Suficiente, vuelva a meterla entre rejas. Al público le gusta que se meta a gente en la cárcel, eso les hace pensar que están más seguros y que nosotros trabajamos bien.

—No podemos, necesitaríamos una orden judicial para eso.

—De eso me ocupo yo, el titular de Justicia se sienta a mi lado en el consejo de ministros.