19 Marcelo
Millán Ariza levantó la cinta del cordón policial, entró en la zona acotada y se acercó a la casa entre las miradas de los vecinos y los destellos de las luces de la ambulancia.
En el pueblo hacía mucho tiempo que no pasaba nada interesante y despertarse con las calles llenas de policía suponía todo un acontecimiento.
El sol manchaba los tejados y los gallos ya hacía rato que habían hecho su tarea.
No había más de diez calles flanqueadas por casas de piedra y todas desembocaban en la plaza del pueblo.
Los días de invierno podían pasar horas sin que se viera una persona por sus aceras y por las noches era impensable otro plan que no fuera dormir.
En la casa acordonada hacía mucho tiempo que no vivía nadie a diario, solo gente de la capital que la alquilaba para las vacaciones y que aparecía muy de tarde en tarde.
El único encanto del pueblo era la piedra y el silencio, y eso a los que viven en una gran ciudad les encanta al principio, pero termina por aburrirles.
—Buenos días, jefe, hemos llegado tarde.
—¿Cuánto hace que ha ocurrido?
—Según las primeras impresiones del forense tuvo que ser anoche, pero no sabrá la hora exacta hasta que haga la autopsia.
Los dos policías entraron en la casa juntos mientras los agentes se apartaban.
—Está abajo, en el sótano —dijo Teo.
—Te sigo.
La escalera era ancha, el acceso fácil y el sótano amplio. Agentes de policía de uniforme y sanitarios de blanco iban y venían mientras alguien hacía fotos al cadáver de Marcelo Fonseca tirado en el suelo sobre una pequeña mancha de sangre con la cara desfigurada y llena de moratones.
—¿Cómo ha muerto? —preguntó Ariza.
—Tampoco eso está claro, tiene señales de golpes, pero es pronto para saber si es la causa directa de la muerte o no.
—¿Hay más manchas de sangre?
—No, en principio solo esa, pero ya sé lo que estás pensando.
—¿Qué estoy pensando?
—Si le queda sangre dentro del cuerpo o no.
—Es lógico que lo piense.
—Claro, ya lo he preguntado yo también y me han dicho que sí, que esa mancha de sangre es solo la de la herida al caer al suelo.
—¿Falta algo de valor?
—No lo sabemos, él único que podría decirlo no está en condiciones para contarnos nada.
—¿Hay algún objeto de arte, cuadros o esculturas?
—Nada, salvo un par de láminas en el salón que no parecen gran cosa.
—Imagino que tiene encima el dinero y el móvil.
—Imaginas bien, no se lo han llevado.
—Mala señal, eso quiere decir que el motivo no era robar, y que quien lo hizo no tiene miedo de que haya alguna llamada o mensaje que pueda implicarle.
—Así es —dijo Teo moviendo la cabeza.
—¿Testigos?
—Ningún vecino ha oído o visto nada extraño.
—Tampoco he visto cámaras al llegar.
—No, solo en la única sucursal bancaria de la zona, pero está en la otra punta del pueblo, no hay que pasar por delante de la sucursal para entrar o salir de la localidad.
—Revisadla de todas maneras.
—Ya lo están haciendo.
—¿Señales de alguien más en la casa?
—Ninguna, solo había una cama con las sábanas puestas, aunque había mucha comida en el frigorífico.
—Eso puede ser porque pensaba estar un tiempo aquí.
—Puede ser.
—¿Algún coche?
—Una furgoneta que está en el garaje.
—¿Huellas o rastros de sangre?
—Lo están mirando.
—Esto es lo último que me esperaba, Teo.
—¿Por qué se escondería de nosotros?
—Puede ser que se escondiera de otra persona.
—Con lo poco que tenemos cualquiera sabe, pero algo saldrá, jefe, ya sabes que siempre aparecen rastros.
—Pues que sea rápido o esto se va a convertir en un circo otra vez.
—Hacemos todo lo que podemos.
—Me vuelvo a la comisaría a informar a los de arriba, que me estarán esperando.
—Si vas a ver a los jefes, ¿puedo darte un consejo?
—Claro, Teo.
—Pasa por casa antes.
—¿Para qué?
—Llevas la misma ropa de ayer.