20 Elsa
—Ahora eres tú quien se presenta sin avisar. Me dijiste que me llamarías.
—Y lo he hecho, al menos he llamado al portero automático —dijo Daniel jadeando—. No te creas que he tenido claro lo de vernos hasta llegar a tu portal, pero al final me he decidido porque yo también tengo algo que contarte.
—Pasa y siéntate, que te va a dar algo —respondió Elsa.
—Malditas escaleras —dijo Daniel jadeando.
—Tienes que dejar de fumar.
—Lo sé, todos los que fumamos lo sabemos, pero decirlo es fácil —respondió Daniel mientras se dejaba caer en el sofá—, lo difícil es hacerlo.
—¿Qué quieres tomar?
—Agua, por favor, y un whisky con hielo.
—¿Juntos?
—No, en vasos separados. ¿Puedo fumar?
—¿Te quedan ganas después de las escaleras? —dijo Elsa desde la cocina—. Por mí ya sabes que puedes. Ahí tienes el cenicero.
Daniel sacó el paquete de cigarrillos y, sin responder, se llevó uno a la boca al que automáticamente siguió la mano con el encendedor. Aspiró hondo y tosió mientras Elsa llegaba con un vaso de agua y dos copas.
—Pero que sepas que te destrozas los pulmones y a mí el ambiente, querido.
—Lo sé, lo sé, no me hagas sentir peor. ¿Qué tenías que contarme?
—Primero tú. ¿Algo nuevo o sigues dándole vueltas a la historia?
—No, he decidido no darle más vueltas, vengo a decirte que he decidido contárselo a la policía.
—Por Dios, Daniel, no empecemos otra vez, creía que esto ya lo habíamos hablado y había quedado zanjado.
—Lo darías por zanjado tú, yo no.
—Pero vamos a ver, ¿qué le vas a contar a la policía? ¿Que la noche antes de que mataran a Víctor cenamos con él y con Marcelo y que durante los postres tuvisteis una bronca Víctor y tú? ¿Que en un momento en que él se levantó al baño dijiste que habría que cortarle la cabeza?
—Eso y lo nuestro.
—¿Qué es lo nuestro, Daniel?
—Que estamos juntos.
—Siempre hemos estado juntos de una manera o de otra. ¿No te das cuenta de que en este momento eso nos hace más sospechosos? —le replicó Elsa.
—Me da igual, no puedo aguantar esta presión ni un día más.
—Pues no debería darte igual, al menos hazlo por mí. Tú no eres el que está detenido.
—Pero creo que podría ayudarnos —dijo Daniel.
—Estás muy equivocado, sería mucho peor.
Hasta ahora solo tienen un móvil, la herencia de Víctor, pero eso es algo que yo no podría saber con certeza, nadie sabe lo que hay en un testamento hasta que se abre.
No deja de ser una especulación que yo lo supiera.
Pero, si contamos lo nuestro, como tú lo llamas, eso sí sería una certeza.
Una venganza amorosa. Ellos ya deben saber que tú y yo estuvimos juntos antes de que me casara con él.
—¿Y qué? Eso no prueba nada.
—No prueba nada, pero pone el objetivo en mí.
—¿Más todavía?
—Mucho más. Yo era la heredera de Víctor porque estaba sola, pero si Víctor hubiera descubierto que había algo entre nosotros, eso podría haberle empujado a cambiar el testamento. Hasta ahora no tienen nada en firme, pero muchas conjeturas juntas pueden convertirse en una evidencia.
—Yo creo que es al revés. En algún momento se enterarán por Marcelo de ese comentario, y averiguarán que estamos juntos y que tuvimos una bronca, y eso sí que nos convertirá definitivamente en sospechosos.
—¿Qué tenías tú que contarme? —preguntó Elsa.
—Precisamente tiene que ver con Marcelo, pude oír una conversación entre policías y por lo visto está desaparecido.
—¿Desaparecido? Qué tontería, eso no tiene ningún sentido, le convertiría en el principal sospechoso —dijo Elsa—, y si fuera cierto le desacreditaría de cualquier cosa que contase, incluido lo de la cena.
—Así es —asintió Daniel.
—Sin contar que la bronca la organizó Víctor y no tú. Nunca debería haber dicho que éramos unos perdedores y que por eso estábamos destinados a estar juntos.
—Ya sabes cómo era Víctor, eso lo dijo por hacernos daño, porque en el fondo le había molestado, pero estoy seguro de que no lo pensaba, como yo tampoco pensaba lo de cortarle la cabeza —dijo Daniel mientras bebía un sorbo de whisky .
—Lo dijera como lo dijera, cualquier otro habría reaccionado peor que tú, puedes estar orgulloso de haber mantenido la calma.
—Lo sé, Elsa, pero eso me hace sentir fatal, no sé mentir.
—Mentir es decir algo falso, tú solamente estás dando la información que te piden, nada más. ¿Alguien te ha preguntado si hay algo entre nosotros?
—No, directamente así, nadie.
—Entonces no estás mintiendo. Ocultar información no es mentir.
—Esto me desborda.
—Lo sé, cariño, pero tienes que ser fuerte, esto no puede durar mucho —dijo Elsa sentándose a su lado y rodeándole la cabeza con el brazo mientras él se recostaba en su hombro—. Quizás deberíamos hablar con Marcelo.
—Eso es justo lo que había pensado, y para lo que te llamé. Tenemos que hablar con él. Yo lo he intentado, pero no me coge el teléfono, no está en su casa.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Elsa—. Seguro que está en la casa de la sierra, tendrás que ir tú solo, yo no puedo salir de aquí.
—Hoy ya es un poco tarde, déjame que me quede a dormir y mañana voy.
—El tiempo corre, Daniel, además hoy no es buen día para que te quedes, tengo el dormitorio hecho un caos. Deberíamos localizarle esta misma noche antes de que lo haga la policía. Será la única manera de que te quedes tranquilo.
—¿Qué quieres que haga, que me vaya ahora a la sierra a buscarle?
—¿Se te ocurre otra opción?
—No sé cómo lo haces, pero siempre te sales con la tuya —dijo Daniel apurando la copa de un trago.