21 Millán
Había oído hablar del Búho Jazz Club, pero nunca había estado.
La decoración decadente de los años setenta tenía su encanto, los clientes eran tranquilos porque andaban en una edad parecida.
Nada que ver con los tópicos de los clubs de jazz , ni rastro de mujeres fatales, gánsteres, intelectuales o músicos advenedizos.
Lo más cercano a eso éramos el inspector Millán Ariza y yo.
Menos mal que la música de Sarah Vaughan era perfecta.
—Hoy estoy rompiendo una de mis normas —dijo Ariza.
—¿Cuál? —le pregunté.
—Nunca vuelvo a quedar con una mujer que me ha rechazado.
—¿Y qué te hace saltarte tus normas?
El inspector se quedó pensativo antes de contestar.
—Quizá tú no seas una mujer que encaje en las normas. Quizá quisiera volver a ver como metías tu dedo en la copa y la removías.
—Si es por eso, pídeme una copa y lo arreglamos.
Millán sonrió, levantó la mano y llamó al camarero.
—Nunca te había visto sonreír.
—No ayuda en mi trabajo, la gente se relaja.
—¿Y eso es malo?
—Eso es malo para tratar con los malos —dijo Ariza sonriendo.
—No todo el mundo tiene mal fondo.
—No, claro, todos no, pero la mayoría sí.
—¿Tú crees? —le pregunté.
—No lo creo, estoy convencido.
—Querrás decir la mayoría de los que tú tratas, que son la escoria.
—No, quiero decir la mayoría de la humanidad. Los que yo trato solo se diferencian de los demás en que han llegado a una situación que los ha empujado a cruzar la línea roja, pero su fondo moral es igual que el del resto.
—Te condiciona tu trabajo y lo que ves cada día.
—Eso pensaba yo al principio, hasta que me di cuenta de que no, de que era así en todos los ámbitos. Esa suciedad que se escapa por las grietas del muro, y que yo me dedico a limpiar, al final es parte de lo que somos todos y está hecha del mismo material del que estamos hechos nosotros.
—Me resisto a creer que la mayoría de las personas tengan mal fondo.
—Resistirse a verlo y asumirlo es negarse a ver la realidad, y ese es un camino que te lleva directo al desengaño y a la desilusión cuando te das de bruces con la vida real.
Ariza se calló al llegar el camarero con una bandeja repleta de botellas y copas. Preparó los cócteles, los sirvió y nos volvió a dejar solos. Metí el dedo, dejé que la yema rozara los hielos, los moví y luego me lo llevé a la boca.
—La parte buena es que ser consciente de eso te hace disfrutar más de momentos como este —siguió el policía.
—Eres un exagerado, no creo que de verdad te lo creas.
—No lo dudes. De verdad pienso que ocho de cada diez personas son malas. De las ocho, seis son malas pasivas, es decir, que no te van a hacer daño si no interactúas con ellas, pero si las pones en situación de elegir te harán más o menos daño, aunque no les vaya nada en ello.
—¿Y los otros dos malos?
—De los dos restantes uno es malo activo, pero que le tiene miedo a la ley. Quiere decir que te va a putear, aunque no tenga nada que ver contigo, pero difícilmente va a traspasar los límites de la ley, salvo que lo pongas contra la pared.
—¿Y el que queda?
—Esos son mi trabajo, los malos activos sin miedo a la ley.
—Bueno, al menos quedan dos buenos —dije sonriendo.
—Esos son los que hacen que la vida merezca la pena.
—¿También los tienes clasificados?
—A todo el mundo. De esos dos, uno es bueno pasivo. Quiere decir que vive su vida sin hacer daño a nadie, sin hacer el mal ni el bien, pero si le necesitas te ayudará y si tiene que elegir cómo actuar siempre hará las cosas lo mejor posible.
—Nos queda uno.
—Ese es el mejor. Ese es un bueno activo. Siempre está intentando ayudar, aunque no conozca a la gente y no se lo pida nadie. Son los voluntarios, los cooperantes, los misioneros, los héroes anónimos, los que dedican su vida a los demás dejándose el sudor, el dinero y su propia vida si hace falta.
—Bueno, al menos todavía crees en algunos, aunque sean pocos.
—Probablemente sean muchos menos que uno de cada diez, redondeo porque me gusta pensar que hay más de los que realmente existen.
—La pena es que haya más de los otros.
—Gracias a eso tengo trabajo. Alguien tiene que proteger a los demás de esos dos.
—¿Y yo en qué grupo estoy?
—No lo sé aún, la investigación no ha hecho más que empezar.
—Qué honor, espero que no me fiches más de lo que ya lo hicieron.
—Solo en mi cabeza.
—¿Qué más cosas hay en tu cabeza?
—Esa es tu investigación, cada cual tiene la suya. Yo recorro las calles, tú las cabezas.
—Buscaremos entonces pruebas y evidencias. ¿Se dice así?
—Parecido, pero te he entendido.
—¿Cómo van el resto de las investigaciones?
—Complicado. Este caso es realmente complejo. El mundo del arte es más sucio de lo que pensaba, o, mejor dicho, tan sucio como los demás.
—Podría parecer que la gente del mundo del arte tiene más sensibilidad.
—No más que un basurero, solo que han sabido rentabilizarla y hacer que lo sublime parezca patrimonio de ellos.
—En eso tengo que darte la razón.
—¿Qué tal has visto a Elsa? —dijo Millán.
—Bien. Menos preocupada de lo que debería.
—¿Por qué dices eso?
—Ponte en su lugar. Alguien le corta el cuello a su exmarido y a ella la suplantan delante de una cámara para que parezca que ha sido ella.
—O alguien ha pagado a esa persona para que la suplante.
—También podría ser.
—O se le ha pagado a otra persona para que vaya a la biblioteca y ha sido ella la que pasó bajo la cámara.
—¿Todavía mantienes esa posibilidad?
—Una posibilidad sigue siéndolo mientras no se demuestre lo contrario.
—No creo que haya sido ella.
—Por su bien espero que no te equivoques.
—Espera, ahora que caigo. ¿Sabías que yo había estado en su casa esta tarde?
—¿Cómo iba a imaginarlo?
—Me has preguntado cómo estaba, pero yo no te había dicho que la hubiera visto. ¿Tenéis a alguien vigilando la casa?
—¿Nuestras conversaciones siguen bajo secreto de confesión?
—Sí, ya sabes que sí.
—Claro que tenemos a alguien vigilando la casa y sí que sabía que habías estado.
—¿Por eso me has llamado? ¿Porque me han visto salir de allí?
—No te he llamado por eso, que me dijeran que habías estado solo ha servido para darme cuenta de que me apetecía verte, nada más.
—No hace falta que me invites a una copa si quieres saber algo, lo que te pueda contar te lo contaré solo con preguntar, y lo que no pueda no te lo voy a contar, aunque me invites a la luna.
—Lo sé. De verdad que la razón era verte meter el dedo en la copa otra vez.
—¿Solo eso?
—Eso para empezar.
—¿A quién más tenéis vigilado?
—¿Cambiamos de tema?
—Tú lo has sacado preguntándome por Elsa.
—La razón de tener vigilada a Elsa es que uno de los implicados desapareció.
—¿Marcelo Fonseca?
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sabía, simple eliminación, ha sido el primero que se me ha pasado por la cabeza.
—Pues sí, Marcelo ha desaparecido y eso ha hecho que se pusiera bajo vigilancia a todos los que estuvieran implicados en la historia.
—Espero que yo no sea uno de ellos.
—He dicho implicados, no amigos o conocidos de estos.
—Yo pensaba que no era fácil desaparecer hoy en día.
—Y no lo es, sin saberlo vamos dejando cada día demasiados rastros. Creo que ya sabemos dónde se esconde. Es cuestión de tiempo localizarle.
—¿Dónde? —le pregunté.
Millán sonrió mientras le daba un sorbo a su copa.
—Sigo pensando que te has equivocado de profesión.
—¿No me lo vas a decir?
—Puede ser que esté escondido en una casa de la sierra.
—¿Una casa de quién?
—No lo sabemos, porque todavía no la hemos localizado; oficialmente no hay ningún contrato a su nombre, pero según la chica que trabajaba con él la utilizaba los fines de semana y de segundo almacén. Puede que sea de un amigo o la tuviera alquilada, vete a saber.
—Pero eso es como buscar una aguja en un pajar.
—No tanto, solo hay que hacer un rastreo de sus llamadas por la zona de los últimos meses. Ya estamos en ello y lo sabremos en cuestión de horas.
—¿Y los dos ayudantes?
—¿De Marcelo?
—No, de Víctor. ¿También están vigilados?
—Solo Daniel, que es el único que no tenía coartada, pero está colaborando en todo, no me encaja que tuviera algo que ver. Está realmente abatido por todo esto.
—¿Y la novia?
—La novia estaba enferma el día del asesinato y se quedó en su casa todo el día con un amigo que la acompañaba. Además, es la que más tiene que perder y menos que ganar.
—O sea que la historia pasa por Elsa o Marcelo.
—De los conocidos, digamos que son los que más papeletas tienen por ahora, pero como te dije nunca hay que descartar nada. Hay más gente fuera de su círculo. La gente mata por un par de billetes y aquí estamos hablando de muchos millones, y de los intereses de mucha gente.
—Vaya trabajo el tuyo, no me extraña que luego pienses que hay tanta maldad en el mundo.
—No te creas, la gente mala que veo en el trabajo tiene siempre un motivo o una razón para serlo. Un móvil egoísta, despiadado, cruel, ilegal y rastrero, pero una razón. Es peor la gente que no tiene excusa para serlo.
—Puede que lleves razón, pero prefiero pensar que no es así.
—Llevo razón, no verlo es un sistema de defensa, como el avestruz que mete la cabeza en el agujero cuando llega el peligro. Yo prefiero mirar de frente a la realidad.
—Desde luego es más útil.
—Y más positivo, eso te hace disfrutar más de la gente noble.
—Al final vas a tener tu corazoncito.
—¿Quieres otra copa o es muy tarde?
—Es un poco tarde para otra copa, quizá otro día.
—Te acompaño a casa.
—No te preocupes, vivo al lado.
Mientras él pagaba, yo apuré lo que quedaba de la copa, ya templada y aguada por el hielo fundido. Las copas hay que acabarlas pronto, son como las relaciones, si duran en el vaso más de lo que deberían terminan por aguarse.
Millán me cogió suavemente de la cintura para dejarme pasar, un escalofrío me volvió a recorrer el cuerpo.
Por un momento dudé si quería pasar lo que quedaba de noche acompañada.
Desde que salí de casa de Elsa no me había duchado, pero eso era un morbo añadido, que se mezclen en tu piel los aromas de dos personas y que los dos sin saberlo beban del mismo sitio.
Pensar esas cosas me nublaba la mente y no me dejaba pensar con claridad.
—Bueno, aquí nos despedimos. Como siempre, ha sido un placer verte. Me gustaría acompañarte a casa, pero ya me dijiste una vez que no y no soportaría una segunda. Además, ya me has dicho que es tarde.
—Te he dicho que es tarde para una copa más, no para otras cosas.
El policía abrió los ojos, sorprendido, y no supo qué decir. Fue el momento en que le rodeé el cuello, le callé la boca con la mía y él se dejó hacer.