22 Oriol
—¿Aburrida?
Paula Bravo levantó la mirada del suelo y vio a su a lado un hombre rubio, pasados los cincuenta, con dos copas, una en cada mano.
—No, solo cansada —contestó.
—Esto le dará fuerzas. Me he tomado la libertad de elegirlo para usted.
—¿Qué es?
—Mimosa.
—¿Es una indirecta?
—No, es el nombre del cóctel.
—¿Qué lleva? —dijo Paula haciéndose con uno de ellos y llevándoselo a los labios.
—Champán, Cointreau y zumo de naranja.
—Mmm, riquísimo —respondió ella después de probarlo.
—Permítame que me presente. Oriol de Luca.
—Paula Bravo.
—Conozco su trabajo.
—¿Conoce mi trabajo?
—Sí, perfectamente. ¿Puedo acompañarla un rato?
—Por favor.
—Siento mucho lo de Víctor.
—Gracias, pero ¿qué conoce de mi trabajo?
—Conozco el cambio que dio la pintura de Víctor desde que usted empezó a ayudarle.
—No me llame de usted, por favor, me hace mayor —dijo Paula.
—No es un tema de edad, se lo llamo a cualquier persona recién conocida. Usted no es sospechosa de ser mayor.
—De tú, por favor —insistió Paula.
—Gracias por la confianza. Hace un año vi un cambio radical en la pintura de Víctor que me sorprendió gratamente. Le pregunté a Víctor en una ocasión en la que coincidimos y no me dijo nada convincente, solo la típica palabrería que usan artistas y críticos para impresionar a coleccionistas.
—¿Te dedicas a algo relacionado con el arte?
—Solo al arte de robar, que no deja de ser todo un arte.
—¿Eres ladrón?
—Banquero, que es lo mismo pero legal.
—Es raro que alguien sea capaz de darse cuenta de ese cambio —dijo Paula.
—Estudié Historia del Arte, pero nunca me dediqué a nada relacionado con mis estudios.
Vengo de una familia de banqueros y no me quedó otra que seguir la tradición familiar.
Mi padre me puso como condición que si estudiaba Económicas y lo sacaba con nota me pagaría cualquier cosa que quisiera estudiar en paralelo.
—¿Hiciste Historia del Arte y Económicas a la vez?
—No me quedó otra si quería seguir manteniendo mi tren de vida.
—Curiosa esquizofrenia.
—Todo el mundo tiene una doble vida. El problema no es tener varias vidas, sino saber gestionarlas y compatibilizarlas.
—Interesante.
—Como te decía, me llamó la atención el cambio en el estilo de Víctor. Cuando me doctoré hice la tesis sobre la influencia de los acontecimientos personales de la vida de los artistas en su estilo y trayectoria.
—¿Y a qué conclusión llegaste en este caso?
—La pista me la dio Enrique. Le pregunté qué había cambiado en la vida de Víctor en esa época y recapitulando llegamos a la conclusión que la única novedad era usted, perdón, tú.
—Vaya, me siento halagada.
—Enrique me comentó que hoy venías y no he podido resistir la tentación de buscarte para conocerte en persona.
—¡Qué honor!
—El honor es mío, pero dime, y sé sincera. ¿Estoy equivocado?
—¿Sobre qué?
—Sobre tu influencia en la pintura de Víctor.
—Me resulta embarazoso opinar sobre eso.
—Si yo no estoy equivocado, y creo que no lo estoy, tienes mucho talento, y todas las personas con talento son conscientes de que lo tienen. La falsa humildad no pega bien con estas mimosas tan bien preparadas.
—Víctor era un genio, él sí que tenía talento.
—Víctor lo tenía, nadie puede dudarlo, pero quizá más talento para lo social que para el arte, como la mayoría de los artistas que triunfan.
—Me gustaría pensar que hay algo mío en su obra, pero es solo un deseo.
—Es una realidad, lo hay, no lo dudes.
—Gracias, me has animado la noche.
—No he sido yo, es el efecto de la mimosa.
—¿A qué te dedicas aparte de robar legalmente?
—Invierto en arte la parte de dinero que me corresponde de lo que roba mi familia.
—¿Eres coleccionista?
—Nunca me ha gustado esa palabra. Una colección lleva implícita la idea de orden y de huecos, de que pueda faltar algo. Yo me considero más un acaparador de belleza sin orden. El arte es una de las pocas formas de belleza que se puede poseer.
—¿Eres amigo de Enrique?
—Nos llevamos bien, nos respetamos y tenemos algunas coincidencias.
—¿Cómo cuáles?
—Le presto dinero y le aconsejo sobre dónde invertirlo.
—¿Tienes algún cuadro de Víctor?
—Alguno tengo, pero no tantos como Enrique.
—Y con lo que te gusta el arte, ¿nunca has tenido la tentación de pintar?
—Claro, todo el mundo la ha tenido alguna vez, pero no tengo el don de crear, solo tengo el don de apreciar.
—Crear es algo maravilloso.
—Sin duda lo es. Una de las cualidades que hacen grande al ser humano y que te hacen mantener todavía la esperanza de que la bondad se sobrepone a la maldad.
—La última exposición de Víctor quería ser una reflexión sobre eso mismo: la maldad. Su idea era que todo lo bueno está en el corazón y lo malo en la cabeza, por eso los separó en escultura y pintura.
—Sí, ya lo leí en el catálogo de la exposición.
—Terrible premonición —dijo Paula bajando la cabeza.
—Una broma pesada del destino.
—¿Fuiste a verla?
—Claro, nunca me pierdo una feria. Vanidad, dinero y arte juntos, no hay nada más divertido, incluso aunque no compres nada.
—¿Qué te pareció?
—Difícil opinar de algo cuando está tan contaminado por un suceso tan impactante. Al final las imágenes de la realidad terminan devorando a la obra misma.
—Te entiendo, yo no he sido capaz aún de ver la foto que llegó a los periódicos.
—Demasiado macabra, hiciste bien.
—Me han dicho que el cuerpo estaba sobre un cuadro que le representaba a él mismo.
—Y no era malo —dijo Oriol con admiración.
—¿El cuadro? —preguntó Paula.
—¿Qué si no? Según algunas voces lo pintó el mismo Víctor antes de morir.
—Yo lo sabría si eso hubiera sido así.
—No me atrevía a preguntártelo.
—Te garantizo que no es suyo, en los últimos meses yo iba a diario a su estudio y trabajábamos codo con codo. Conozco todo lo que hizo, hasta el último boceto, y con ese no tiene nada que ver.
—Pues en el mercado del arte se ha disparado la locura por tenerlo.
—¿En serio? —dijo Paula abriendo mucho los ojos.
—Conozco coleccionistas que pagarían lo que fuera por ese cuadro. El mismo Enrique, sin ir más lejos, me estuvo preguntando por el precio que podría alcanzar.
—¿Y cuánto le dijiste?
—Incalculable, pero desde luego mucho más que cualquier otro cuadro de Víctor, y todo eso contando con que, a partir de ahora, el resto de su obra se disparará de precio.
—No queda mucha sin vender.
—Precisamente eso hace ese cuadro tan valioso y codiciado; por un lado, el morbo, y por otro, que ya no habrá nuevos cuadros. Las dos grandes leyes que han hecho tanto daño a la humanidad: el deseo y el mercado.