Guardaré tu última sangre 23 Ana
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23 Ana

Bajé las escaleras de casa de Elsa de dos en dos con el dibujo en la mano.

Llegué exhausta a la calle, paré un momento para coger aire con la sensación de estar viviendo un déjà vu .

Ya era la segunda vez que bajaba por esas escaleras alterada, con la sensación de haber hecho algo que no debería y con el mismo regalo bajo el brazo.

Tropezar dos veces en la misma piedra es algo que termino haciendo más de lo que quisiera.

Me dirigí a la moto y me encontré a un chaval que probablemente no había acabado el instituto sentado en ella y fumando algo que olía especialmente bien.

—¿Te gusta la moto? —le pregunté.

—Mola.

—¿Es tuya? —le pregunté.

—Sí ¿Quieres que te dé una vuelta?

—Algo parecido. Quiero que seas tú el que se dé la vuelta ahora mismo y te pierdas ya.

—Guau, qué carácter. Tranquila, tía, ni que fuera tuya la moto.

—Es mía y ya estás tardando.

—¿Quieres? —dijo el chico ofreciéndome lo que fumaba.

Sabía que no tenía que hacerlo, pero se lo acepté y me lo llevé a la boca, era justo lo que necesitaba en ese momento y yo no llevaba. Pegué una calada profunda que me iba a saber a gloria. Aunque al final no era gran cosa, olía mejor que sabía, pero tampoco se le puede pedir más a un adolescente.

—Enséñame el cuadro, me gusta el arte —dijo el chico sin moverse.

—Te he dicho que te levantes de mi moto y no pienso decírtelo más veces, la próxima te bajo yo.

—Para, para, que nos estamos haciendo amigos.

Frase equivocada, moto equivocada. Qué manía tiene la gente con hacer amigos, los amigos no se hacen, los amigos están o no están y la mayoría de las veces no comparecen.

Me puse su cigarro en la boca, me cambié el cuadro de mano para dejarme la derecha libre y me fui directamente hacia él.

Al cerrar el puño y recogerlo junto al tronco para lanzarlo, el chaval se dio cuenta de lo que iba a pasar y saltó de un brinco de la moto con la agilidad y los reflejos de sus años.

—Vale, vale. No quería molestar. En algún sitio tenía que sentarme y en este puto barrio no hay bancos.

Ni le contesté, di otra calada y miré al cielo, cerré los ojos y estuve así unos instantes también con mis pulmones y la boca cerrada. Abrí los parpados y allí seguía el cielo. Dejé que el humo se escapara lentamente de mi boca para ir a buscarlo.

—Oye, pásamelo, que te lo vas a acabar tú todo.

—Es el precio de alquiler de la moto, líate otro para ti.

—Era lo último que me quedaba.

—Mala suerte —dije mientras me ponía el casco, sujetando el cuadro entre las piernas.

—Llévame a casa.

—Ni lo sueñes, chaval.

Le tiré la colilla a los pies y arranqué. Bajé de la acera y me mezclé entre los coches. Todavía pude verle un instante por el espejo, mientras me alejaba, de pie y haciendo un gesto obsceno con la mano. Algo estaba gritando, pero ni me importaba ni había distancia para oírlo.

Sorteé coches durante un rato hasta que sonó el móvil.

No era una hora habitual de recibir llamadas.

A esa hora, o sería una tontería o bien algo grave, no hay término medio.

Sería una tontería seguramente. Al pasar junto a una plaza me detuve y, sin apagar el motor, miré la pantalla.

Una llamada perdida de Millán Ariza. Nunca dejan de sorprenderme las coincidencias, siempre pienso si tenemos algún tipo de alarma que avisa cuando alguien piensa en nosotros. Mi abuela decía que te pitan los oídos.

Cuando ya guardaba el móvil sonó un mensaje. Ariza insistiendo.

«¿Una copa?».

Reflexioné un momento y una vez más no fue la cabeza la que respondió. Escribí un mensaje escueto pero suficiente.

«Sí».