Guardaré tu última sangre 24 Enrique
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24 Enrique

Una de las fiestas más esperadas del año en la capital era la de su cumpleaños.

Casi mil personas vestidas de blanco, tal y como pedía la invitación, en los apabullantes jardines de la casa de Enrique Zarza en las afueras de la ciudad.

Una banda de swing tocando en directo, camareros siempre cerca pendientes de una mirada, mesas interminables de comida donde nunca se llegaba a vaciar una bandeja, ni siquiera la del caviar.

El champán era una reserva exclusiva traída directamente desde las Ardenas y varios maestros cocteleros trabajaban sin parar desde el minuto uno para que no faltara un daiquiri, un cosmopólitan o cualquier otro capricho que se les pudiera ocurrir a los invitados.

Ministros, financieros, artistas, modelos, empresarios, actores, aristócratas.

Todos los que estaban eran, pero no todos los que eran habían sido convocados.

Estar en la lista de invitados era el certificado de ser alguien importante y relevante en la sociedad de la capital; que no te convocaran significaba que estabas en horas bajas o ya directamente en caída libre.

Cada año, conforme se acercaba la fecha, iba creciendo el nerviosismo sobre quién sería invitado y quién no.

Enrique supervisaba personalmente cada detalle y no se mandaba una invitación sin que él aprobara el destinatario y el momento.

Se había convertido en un juego perverso dosificar los envíos durante los meses previos.

Las estrellas y los poderosos eran los primeros en recibirlas.

El mismo Enrique se encargaba de filtrar con cuentagotas quién había confirmado ya.

A partir de ahí las especulaciones y los cotilleos se propagaban como un reguero de pólvora por salones, cenas y despachos.

Los dos meses que pasaban desde que se enviaba la primera invitación hasta que llegaba la última, apenas una semana antes, era la parte que más divertía a Enrique, mucho más que la propia fiesta.

Eran dos meses de llamadas, insinuaciones, gestos, indirectas y mensajes a través de terceros con los que él disfrutaba como un adolescente con un juego de estrategia recién comprado.

—Cada año te superas, mi querido Zarza.

—No sé si lo consigo, pero al menos lo intento, señor ministro.

—Como siempre, te agradezco la invitación.

—Por favor, la fiesta no sería lo mismo sin su presencia, yo soy el que está agradecido y honrado porque haya aceptado venir.

—Habría sido imperdonable perdérsela, es la noche más divertida del año. Ya no se hacen fiestas como esta. Se ha perdido el savoir faire de la noche.

—Solo intento que mis amigos estén bien y que esto sea una muestra del aprecio que les tengo.

—¿Cómo no vamos a estar bien con este despliegue? Por cierto, ¿esa belleza que acaba de entrar no es la que se llevó el Goya a la mejor actriz revelación? Ahora no recuerdo el nombre.

—¿Se refiere a Fátima Neri?

—Sí, esa misma, qué cabeza la mía.

—No se extrañe, yo hasta hace un rato tampoco recordaba cómo se llamaba.

—Estamos mayores.

—Nada de eso, señor ministro, solo estamos ocupados con cosas realmente importantes.

—Sin embargo, me acuerdo bien de su última película.

—Yo también, sobre todo de la escena de la playa —dijo Enrique Zarza guiñando un ojo.

—Enrique, eres terrible.

—¿Sabe de qué escena le hablo?

—Imposible de olvidar.

—¿Quiere que se la presente?

—Me encantaría.

—Espéreme un segundo, que eso está hecho.

La fiesta en sí ya no era tan divertida como el juego de los días previos.

Demasiados compromisos concentrados como para relajarse.

Mucho poder y muchos intereses coincidiendo en un escaso margen de tiempo.

Al final resultaba agotador gestionarlo y exprimirlo bien.

Para Enrique la diversión era el antes y el después, la fiesta era puro trabajo meticulosamente organizado y distribuido a lo largo de la noche.

Además de los jardines, esa noche se abría la planta baja de la casa.

Con la lista de invitados, el empresario Enrique Zarza exhibía su poderío social, y el despliegue de arte servía como muestra de músculo financiero y cultural.

Las esculturas de Giacometti y Botero se habían sacado al jardín para que se mezclaran con los invitados e hiciesen compañía a la de Moore que ya estaba allí todo el año.

Para el interior se había dejado a la vista la colección de pintura contemporánea.

En los baños había dos falsificaciones, una de Warhol en el de caballeros y otra de Monet en el de señoras.

Era parte del juego ver quién se daba cuenta, y lo más importante, si se atrevía a decírselo.

La mayoría eran incapaces de distinguirlos y solo se quedaban con el escándalo o la anécdota de haber compartido inodoro con la historia del arte.

—Tu colección sobrecoge, Enrique.

—Gracias, señora condesa, un placer compartirla con alguien como usted que sabe apreciarla.

—Pero eres cruel.

—¿Y eso?

—Poner esos preciosos nenúfares en el baño. ¡Qué crimen!

—Mírelo desde otro punto de vista. ¿En qué sitio es más necesaria la belleza y dónde si no se podrían disfrutar con tanta concentración?

—Mi querido amigo, siempre tienes la respuesta adecuada.

—Y usted un gusto tan exquisito.

—Adulador.

—Permítame unos instantes, que tengo que recibir al cónsul.

En la pared más grande del salón hoy estaba el mejor cuadro de Víctor Palacios de todos los que tenía Zarza en su colección.

Era un homenaje al pintor desaparecido, hasta hoy habitual e imprescindible en esas fiestas durante los últimos años.

Esa noche, además de estar en la pared, también lo estaba en boca de todos.

—El cuadro que hay sobre el sofá creo que es de Víctor Palacios, el pintor ese al que le cortaron la cabeza —dijo una de las invitadas.

—¿Tú crees? —respondió la amiga que la acompañaba al tocador.

—Estoy segura, el propio artista me estuvo explicando lo que significaba cuando me lo presentaron en la fiesta del año pasado.

—¿Y qué tal con él?

—Bien, acabé la noche en su estudio.

—¿En su estudio o en su cama?

—En ambos.

La banda había pasado de Benny Goodman a Count Basie y la gente empezaba a salir a la pista de baile. Los invitados, como una gran masa de color blanco, palpitaban entre las burbujas y la sección de viento. Los camareros, todos de negro, estaban atentos a cualquier capricho.

Por las escaleras hizo su aparición una rubia deslumbrante que consiguió que todas las miradas se volvieran hacia ella.

Unas de deseo, otras de envidia, pero ninguna indiferente.

Paula Bravo había elegido para esa noche un vestido palabra de honor que dejaba a la vista unos hombros perfectos.

El propio Enrique se acercó a ofrecerle la mano para que terminara de bajar la escalinata.

—Mi querida Paula, siento que el color de este año sea tan poco apropiado, ya era tarde para pedirles otro a los invitados.

—No te preocupes, Enrique, a Víctor no le habría gustado que cambiaras nada.

—Incluso me planteé suspenderla.

—Él no te lo habría perdonado.

—Eso pensé yo también —dijo el empresario.

—Gracias por invitarme este año.

—Siempre has estado invitada.

—Lo sé, pero Víctor me dejaba en casa con la excusa de que era un momento de relaciones públicas y trabajo.

—No andaba desencaminado.

—Siempre tuve curiosidad por saber cómo eran tus fiestas.

—Espero que a partir de ahora te conviertas en una habitual.

—Muchas gracias —dijo Paula.

—Me alegra que hayas juntado fuerzas para venir, no sabía si tendrías el ánimo suficiente.

—La verdad es que no mucho, pero el ánimo es un músculo y como tal se moldea con esfuerzo y disciplina.

—Verás que como homenaje a Víctor he puesto en el salón el mejor cuadro que tengo suyo.

—Sí, lo he visto, él estaba orgulloso de esa pintura.

—Me dijo que fue una de las primeras en las que le ayudaste.

—Sí, y me encanta volver a verlo, pero yo no hice gran cosa, solo ayudarle en lo básico.

—Él no decía eso —dijo el empresario.

—¿Qué te contaba de mí?

—Que le habías cambiado la forma de pintar, que tenías un gran talento y que mucho de lo que había en sus últimos cuadros era tuyo.

—Vaya, está bien que lo reconociera y sobre todo que se lo dijera a alguien.

—Seguro que a ti te lo decía todos los días.

—Víctor no era igual en casa que en la calle, y menos para los agradecimientos, pero yo tampoco necesitaba que lo hiciera, me lo demostraba de otra manera.

—Seguro que sí.

—Al que no veo es a Marcelo, ¿estaba invitado?

—Por supuesto, pero no ha confirmado su asistencia, así que mucho me temo que no vaya a venir, está muy raro últimamente. Pero sí han venido otros galeristas y muchos pintores. Ven, acompáñame que te los presente.

En ese mismo momento un coche negro con los cristales tintados aparcaba en la puerta. Uno de los aparcacoches se acercó raudo a estacionarlo cuando un tipo alto, con una chaqueta negra, la cabeza rapada y una gran cicatriz en el ojo salió del coche.

—No lo aparques, déjalo aquí, no voy a estar mucho tiempo.

Entró en la casa con la seguridad que da conocer el camino. Enfiló por un pasillo lateral hasta la cocina, la atravesó y salió al jardín por la misma puerta por donde lo hacían los camareros. Se acercó a uno que estaba a punto de salir con una bandeja y le dijo al oído:

—Dile a don Enrique que ha llegado Iván.

—Yo soy camarero, no recadero —le respondió este.

El hombre alto de la cicatriz no respondió. Se limitó a atravesarlo con la mirada mientras subía una ceja y se mordía el labio.

—¿Perdón?

—Era una broma, lo siento, ahora mismo se lo digo —rectificó el camarero.

Iván se quedó en la puerta esperando. A lo lejos vio a su jefe que le hacía señas para que se dirigiera a la zona ubicada detrás de la orquesta. Se dirigió allí bordeando el jardín para no llamar la atención entre los invitados.

—Perdone que le interrumpa, pero me dijo que viniera a verle fuera la hora que fuera, que no usara el teléfono.

—Has hecho bien, ¿alguna noticia?

—He encontrado al galerista.

—¿Dónde estaba?

—En una casa en la sierra.

—¿Cómo has dado con él?

—Haciendo guardia en la puerta de su piso de la ciudad. Tardó un par de días en dar señales de vida, pero al final apareció y le seguí hasta esa casa.

—¿Has hablado con él?

—Sí, dice que no sabe nada de ese cuadro, pero tenía otros allí.

—¿Otros de quién? —preguntó el empresario.

—De ese mismo pintor. Les hice fotos.

Iván sacó el móvil y Enrique pudo ver los cuadros de Víctor Palacios que Marcelo había sacado de la galería

—Qué hijo de puta. Sabía que intentaría quedárselos.

—¿Qué hago entonces, jefe?

—Ninguno de esos cuadros es el que busco, ya lo sabes, el que yo quiero es el cuadro de la foto que te di, el que salió en el periódico.

—Ese no estaba en la casa y lo he buscado a conciencia.

—Aunque no esté allí, Marcelo es el único que pude saber quién lo tiene y dónde está.

—Él dice que no, que no tiene ni idea ni de quién es, ni dónde encontrarlo.

—¿Dónde está ahora Marcelo?

—Lo dejé en esa misma casa.

—Se escapará —dijo el empresario.

—Imposible, lo he dejado esposado a una columna.

—No quiero que nada me relacione con todo esto.

—No se preocupe, le he dicho que me envía un coleccionista ruso.

—Perfecto, pero me extraña que después de verte y decirle eso no haya cantado.

—Tengo dudas de que sepa algo —dijo Iván.

—Ya te he dicho que él lo sabe perfectamente, estoy seguro. ¿Le has presionado?

—Bastante, pero no he conseguido nada.

—Pues sigue hasta que te lo diga.

—Eso es lo que necesitaba saber. ¿Algún limite?

—El límite es conseguir ese cuadro al precio que sea.