Guardaré tu última sangre 25 Daniel
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25 Daniel

La cafetería enfrente de la comisaría no era el bar más elegante de la ciudad ni tenía la clientela más distinguida, pero siempre estaba llena.

Entre los que iban y venían, junto a los habituales de la zona, el negocio estaba asegurado.

La especialidad de la casa eran la desconfianza y las miradas de reojo.

Si se tiene en cuenta la clientela, no podía ser de otra manera.

Millán Ariza apuró su café, dejó la taza en el mostrador y saludó a la persona que esperaba.

—Gracias, Daniel, por dedicarme un rato más.

—De nada, inspector, no me cuesta ningún trabajo y hoy estaba por la zona.

—Soy consciente de que le estamos mareando más de lo normal, pero supongo que entenderá que este no está siendo un caso habitual.

—Sí, soy consciente, ya lo voy viendo yo también.

—Cada día aparecen nuevas informaciones que, en vez de ir aclarando la historia, la complican.

—No se preocupe, en lo que yo pueda ayudar me tiene a su disposición.

—¿Quiere un café o damos un paseo? —preguntó el policía.

—Demos un paseo mejor, tenemos el parque al lado.

—Como prefiera.

Los dos hombres cruzaron la calle y se adentraron entre los castaños de Indias por un camino de grava flanqueado por matorrales de brezo.

—Usted dirá.

—¿Ha visto la foto de Víctor que ha salido en los periódicos?

—La he visto, sí.

—Se la he traído por si acaso.

—No, la tengo bien presente, es algo que no se olvida. He trabajado en ese estudio con él muchos días.

—Precisamente sobre eso quería preguntarle —dijo el policía.

—Yo también tengo una pregunta —dijo Daniel—, ¿la foto que ha salido en el periódico venía junto con el trozo de lienzo que me enseñaron?

—Sí, llegaron en el mismo sobre.

—¿Por qué no me la enseñaron el día que estuve examinando el trozo de lienzo?

—En ese momento todavía teníamos la esperanza de que no se publicase.

—Qué ilusos. No hay nada que venda más periódicos que esas basuras.

—Soy consciente, pero nunca se sabe.

—¿Qué quiere saber? —preguntó el pintor.

—¿Se acuerda de la ropa que llevaba Víctor el último día que le vio?

—Sí, la recuerdo perfectamente, es la misma ropa que lleva en la foto.

—Lo suponía.

—Me imagino lo que está pensando —dijo Daniel.

—Pienso en si el cuadro sobre el que está se pintó antes o después de su muerte.

—Yo creo que se pintó después, aunque esa opinión no me ayude.

—¿Por qué no le iba a ayudar?

—Venga, inspector, que yo estoy siendo sincero con usted.

El cadáver junto a un cuadro que lo retrata con la misma ropa que lleva el día que lo matan conduce de modo directo a que hay alguien que sabe pintar envuelto en la historia.

Yo soy pintor y también la última persona que lo vio con vida antes de que llegara su asesino, y no tengo coartada para esa noche.

—Ya que está siendo sincero, lo seré yo también. Es cierto que eso es una hipótesis, pero no la única, y hasta que no se sepa con certeza lo que ha pasado no se puede descartar ninguna. Pero, entre nosotros, le diré que en este momento es la que menos contemplamos.

—No sé si me tranquiliza o me preocupa.

—Debería tranquilizarle. Ya que estamos hablando los dos a corazón abierto, dígame qué pensó cuando vio el cuadro de la foto. Supongo que como todo el mundo usted tendrá alguna opinión sobre lo que pasó y sobre el porqué de ese cuadro y de todo esto.

—Claro, es imposible dejar la cabeza quieta cuando aparecen cosas que te pillan tan de cerca, pero no consigo llegar a ninguna conclusión clara. Todo me parece tan extraño, tan ilógico, que nada encaja.

—¿Podría ser que ese cuadro fuera parte de algún proyecto artístico, o de la exposición de la feria, y que luego se arrepintiera de enseñarlo y que usted no lo hubiera visto?

—Difícil, las últimas semanas pasaba muchas horas en el estudio, a veces solo, a veces con Paula y a veces los tres, me habría comentado algo o lo habría visto.

—Pero no estaba todo el tiempo.

—No, efectivamente, solo por las tardes.

—Podría ser que ese cuadro lo hubiera estado pintando en los ratos en que usted no estaba y no le hubiera dicho nada.

—Podría, pero sería raro que no lo hubiera visto, los cuadros recién pintados no se pueden esconder, y menos los de ese tamaño, porque se están secando y necesitan que nada los tape ni los toque, al menos tras las primeras horas después de pintar.

—¿Los fines de semana iba a pintar?

—No, solo de lunes a viernes.

—¿Y no podría ser algo que él hiciera cuando estaba solo y, ya seco, lo escondiera porque no estaba seguro de si usarlo o no?

—Por poder, podría ser, pero Víctor me contaba todos sus proyectos y me pedía opinión, aunque luego nunca me hacía caso, pero por alguna razón extraña siempre me consultaba. Supongo que le hacía reflexionar.

—¿Cuántos lienzos y cuadros terminados solía haber en el estudio?

—Según la época, pero no muchos.

—¿Cada día que iba los revisaba todos? —preguntó Ariza.

—No, la verdad que no. Teníamos tanta presión por llegar a tiempo a la inauguración que no nos quedaba tiempo para nada más. Me fijaba en lo que estaba a la vista.

—¿El último día tampoco revisó todos los cuadros?

—El último día el que menos, estuvimos muy liados con la exposición.

—O sea, que si hubiera estado entre ellos usted no lo habría visto.

—Podría ser —dijo Daniel.

—Vale, solo estaba descartando posibilidades.

—Lo entiendo, usted pregunte lo que necesite saber.

—¿Cuánto tiempo se tarda en pintar un cuadro?

—Imposible definir. Depende del estilo.

—¿Cuánto tarda usted en los suyos?

—Semanas, meses.

—¿Y Víctor?

—Víctor tenía otro estilo, cuando pintas con pincelada suelta, o directamente a brochazos y sin importarte el detalle, todo va más rápido.

—¿Cuánto podría tardar?

—Supongo que desde unas horas o un día hasta una semana como mucho, depende de muchos factores.

—Y con ayudante menos.

—Con ayudante mucho menos, y además Paula es muy rápida y segura.

—¿Cuánto cree que se pudo tardar en hacer el cuadro de la foto?

—Poco, no está acabado, solo es la figura sobre fondo blanco.

—¿Cuánto es poco?

—No sé, en torno a una hora, quizá más, quizá menos.

—¿Y cuánto tardaría en secarse?

—Depende de con qué material se haya pintado. El óleo puede tardar días, pero si es pintura acrílica puede secar en horas. Víctor solo usaba acrílico y es lo que hay en el estudio.

—Eso quiere decir que si se pintó en el momento y se lo llevaron no le dio tiempo a que se secara la pintura.

—Depende del tiempo que pasara, si fue inmediato se lo tuvieron que llevar con la pintura aún húmeda, si pasó un cierto tiempo o le dieron con un secador de pelo puede que ya se lo llevaran medio seco.

—¿Y si lo hubieran pintado con algo que secara más rápido que el acrílico?

—No hay nada que seque más rápido que el acrílico.

—Se refiere a pintura, supongo —preguntó el policía.

—Claro, ¿si no con qué iban a pintarlo?

—No sé, mi trabajo es ponerme en todas las situaciones. Una última pregunta para terminar. Como artista, ¿qué intención ve en ese cuadro al lado del cadáver?

—En eso poco puedo ayudarle, yo no soy de la misma corriente que Víctor, yo soy un pintor academicista.

—¿Qué es eso?

—Se llaman así los que siguen las reglas y técnicas de la pintura clásica, o sea, que trabajo como los pintores antiguos.

A mí lo que me preocupa es hacer cuadros que estén bien hechos, con una buena técnica y sobre todo que sean bellos sin más, mientras que a los que hacen arte contemporáneo les preocupa más sorprender, epatar, escandalizar, en definitiva, llamar la atención.

—Vamos, como todo el mundo hoy en día.

—Pues sí, la verdad es que sí.

—¿Qué significado cree que puede tener ese cuadro?

—Ya le he dicho que ese tipo de pintura me resulta muy ajena, y tampoco podría decirle qué había en la cabeza de quien lo haya pintado, y menos aún del que hiciera la foto, eso suponiendo que no sean la misma persona.

—¿Se podría saber por el estilo quién es el autor?

—Se podría especular, pero nunca con seguridad.

Por el estilo está claro que parece obra de Víctor, pero los museos están plagados de cuadros falsificados que nadie ha sido capaz de detectar.

Y cuanto más suelta es la pincelada más fácil es de falsificar.

A nadie se le ocurre intentar falsificar a Ingres o Velázquez, pero sí se han hecho muchas falsificaciones de Picasso o Miró.

—¿Y eso por qué?

—Porque son pintores que no se preocupan de la técnica.

—¿Por qué no?

—Supongo que por comodidad y por economía de tiempo.

Se tarda mucho menos y es más fácil pintar un cuadro a brochazos que con pinceladas finas y con detalle, es más rápido hacer rayajos y manchas que no sabes que son antes que pintar algo concreto que pueda reconocerse, sea una persona o un objeto.

Se pinta más rápido si deformas las figuras que si intentas que tengan una cierta proporción.

—La verdad es que en el fondo siempre he pensado que era así, pero pensaba que algo más tendría que haber y que yo no lo entendía porque no sabía.

—Esa es la gran falacia que la industria del arte ha conseguido que todo el mundo acepte, pero el arte es pura emoción, no hay nada que se deba saber, solo sentir y disfrutar.

—Es la segunda vez que alguien me dice lo mismo en dos días. Curioso que no se hable más de esto —dijo Millán Ariza.

—No se habla porque no interesa, porque entonces el precio lo marcaría el gusto de la gente de a pie, en lugar de los galeristas y casas de subastas, con lo cual el valor de las cosas sería incontrolable. Y lo más importante, porque ya es tarde.

—¿Tarde para qué?

—Para dar marcha atrás a los precios desorbitados en los que se han valorado muchas obras que no valen nada.

Es mejor hacer creer a la gente que hay cosas en el arte que no son capaces de entender ni de percibir, porque eso hace importantes a los eruditos, críticos, comisarios.

La vieja historia del brujo de la tribu.

Conseguía hacer creer a los demás que solo él tenía conocimientos secretos y eso le hacía importante cuando solo era un charlatán, con pócimas y artilugios que no servían para nada.

—Interesante.

—El problema es que esto ya te lo inculcan desde las escuelas y facultades de Bellas Artes, porque al fin y al cabo los profesores son como los críticos y los comisarios: artistas frustrados que no han conseguido hacer nada que valga la pena y necesitan conseguir relevancia de la manera que sea.

—Cuénteme sobre la época de la universidad. Tengo entendido que ya eran amigos entonces Víctor, Marcelo, Elsa y usted.

—Sí, allí hicimos buenas migas y coincidíamos en muchas cosas, pero el tiempo, como a todos, nos ha ido cambiando.

—Pero han seguido siendo amigos.

—No sé si diría tanto, hemos seguido en contacto, aunque los vínculos han sido distintos entre nosotros, pero supongo que algo queda siempre y un cierto afecto nunca se pierde.

—¿Elsa y Marcelo ya no volvieron a pintar?

—No lo sé, pero si lo hicieron ninguno lo ha mostrado públicamente como Víctor y yo.

—¿Ha visto cosas recientes de ellos?

—No, no he visto nada de ninguno de los dos.

—¿Es verdad que Elsa y usted tuvieron una relación en esa época?

—En esa época todo el mundo estuvo liado con todo el mundo. Nosotros dos no fuimos una excepción.

—¿Antes o después que Víctor y ella?

—Antes.

—¿Lo dejaron por Víctor?

—No, para nada, se acabó y empezó otra historia como tantas en aquellos tiempos de locura.

—¿Qué tipo de locura?

—Fiestas, sexo, drogas, revolución, desmadre, lo normal de aquellos tiempos.

—¿Ha hablado con Marcelo recientemente?

—No, hace mucho que no hablamos, no tenemos ya mucha relación.

—Ha desaparecido.

—¿Y eso?

—No sabemos nada de él desde hace días y su ayudante está ilocalizable.

—No tenía ni idea. ¡Qué extraño!

—Sí, mucho, eso no le ayuda nada en medio de toda esta vorágine.

—Espero que aparezca pronto y se aclare todo.

—Yo también, sobre todo por su bien.

Justo en ese momento sonó el teléfono de Ariza. El número era de fuera del país. Se volvió a Daniel.

—Perdóneme, tengo que cogerlo.

El inspector se giró, anduvo unos pasos y cogió la llamada.

—¿Sí?

—¿Podría hablar con el inspector Ariza? —dijo alguien al otro lado de la línea.

—Sí, soy yo. ¿Quién llama?

—Pilar Márquez, la ayudante de Marcelo Fonseca. No he podido llamarle antes porque no he oído sus mensajes hasta ahora, estaba volando y tenía el móvil apagado. Acabo de llegar a Costa Rica.