Guardaré tu última sangre 26 Ana
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26 Ana

Me corrí con la cabeza de Elsa entre mis piernas, sujetándole el pelo y apretándola contra mí o bien mi cuerpo contra su boca.

Me dejé caer fulminada de placer. En eso, como en tantas cosas, soy muy masculina.

Muchas mujeres pueden seguir y seguir hasta el infinito.

Yo no, una vez que he llegado, necesito un tiempo para mí sola imposible de compartir.

Un orgasmo es como una implosión, un terremoto interno que arrasa con todo, se derrumba el edificio y me quedo sin energía.

Necesito evaluar los daños y reconstruirme.

Cerré los ojos y no quise abrirlos. Sentí a mi lado el cuerpo sinuoso de ella enroscándose en mi cintura.

Sabía lo que me iba a encontrar fuera: mi propia incongruencia.

Y no quería verla. A veces pienso que soy un fraude.

Una persona que no se entiende a sí misma cobrando por entender a los demás.

Es verdad que sobre el terreno los árboles no te dejan ver el bosque, pero eso no quita que sea una incongruencia.

Toda mi vida siempre ha sido una gran contradicción, aunque ahí también estriba mi gran mérito: haber construido un orden sobre el desorden.

Pasado un rato Elsa se levantó y, sin decir nada, salió de la habitación.

Una puerta que se cerraba y el agua de la ducha corriendo a lo lejos me decían que tenía un tiempo para mí.

Abrí los ojos y por primera vez me fijé en la habitación, antes mi atención estaba en otro sitio.

Un ventanal a la derecha dejaba pasar destellos de neón entre las rendijas de unas pesadas cortinas de color crema.

A la izquierda, un armario de arriba abajo ocupaba toda la pared.

A ambos lados de la cama dos mesitas de noche de madera rústica antigua, cubiertas de libros, velas y su móvil cargando.

Delante de la cama había un gran cuadro con una mujer desnuda dentro de una cerradura gigante.

Era bonito e inquietante a la vez. Me preguntaba si era de Víctor.

—¿Te gusta? —me preguntó saliendo de la ducha solo con una toalla en el pelo.

—Sí, mucho, ¿de quién es?

—Mío.

—Quería decir quién lo ha pintado.

—Yo.

—No sabía que pintabas.

—Y no pinto, es antiguo, hace muchos años que los únicos pinceles que toco son los de la sombra de ojos.

—Pues es una pena, lo hacías bien.

—Gracias, me alegro de que te guste, pero no es gran cosa.

—Sí que lo es. ¿Cuánto hace que no pintas?

—En serio como unos diez años, desde que me casé con Víctor, pero de vez en cuando tengo la tentación de ensuciar algún lienzo.

—¿Y por qué lo dejaste?

—No tengo talento.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Eso se sabe.

—No estoy de acuerdo. ¿Qué te decía Víctor?

—Coincidía conmigo.

—¿Tu marido te decía que no tenías talento?

—No de esa manera, pero yo le conocía bien, sabía cuándo algo le gustaba y cuándo no.

—¿Nunca lo hablaste con él?

—Así, abierta y directamente, no.

—¿No te animaba a pintar?

—No, el prefería tenerme a su lado de florero con neuronas.

—¿Tienes algo reciente que pueda ver?

—No, lo rompo todo, si no me termina de gustar prefiero que no exista.

—Estoy segura de que no estaban tan mal. La próxima vez, antes de romperlo enséñamelo, me encantaría verlo.

—Ya veremos, pero seguro que te gustarán más otros talentos que tengo.

—¿Como cuáles?

Elsa me miró sonriente, se soltó la toalla y se metió debajo de la sábana por los pies de la cama.

Su pelo mojado sobre mi piel hizo que un escalofrío me recorriera el cuerpo de arriba abajo.

De repente, sin quererlo me vino a la mente la imagen de Millán Ariza.

Lejos de cortarme la concentración, recordar su cara solo hizo que me excitara más aún.

Volví a cerrar los ojos y me dejé llevar pensando en él.