Guardaré tu última sangre 28 Valerio
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28 Valerio

El plató de televisión bullía con los gritos y las carreras propios de los momentos previos a un directo.

El público esperaba expectante, dos maquilladoras daban los últimos retoques al presentador y a su invitado, los cámaras se colocaban en sus posiciones y varias personas con carpetas y auriculares pululaban de un sitio a otro.

—Estamos en cabecera, entramos en diez —gritó el regidor mientras todo el mundo desaparecía y el silencio se hacía absoluto—: ocho, siete, seis, cinco…

—continuó hasta que él también se cayó y marcó los últimos segundos con los dedos hasta llegar a cero y señalar al público, que rompió al unísono en un largo aplauso.

El largo brazo de una grúa con una cámara en el extremo sobrevoló por encima de sus cabezas hasta llegar a la mesa del escenario donde había dos hombres sentados charlando, allí se paró justo enfrente del presentador.

Cuando la cámara se detuvo en un plano corto, este giró la cabeza hacia el objetivo.

—Buenas noches, un día más con todos ustedes en la sección El Foco de la Noticia. Esta noche nos acompaña el profesor Valerio Pedraza, académico y catedrático de la Facultad de Bellas Artes, para hablar sobre el reciente crimen del pintor Víctor Palacios.

El presentador se giró hacia el hombre que tenía a su izquierda, sentado en la mesa.

—Buenas noches, profesor Pedraza. Gracias por acompañarnos en El Foco de la Noticia.

—Buenas noches. Encantado de estar aquí.

—Además de ser catedrático, tengo entendido que es asesor de la policía en delitos relacionados con el arte.

—Yo no diría tanto; para ser exactos, digamos que en alguna ocasión el Ministerio del Interior me ha dado la oportunidad de aportar alguna opinión o peritaje en casos relacionados con el mundo del arte.

—¿Qué le parece el homicidio de Víctor Palacios?

—Puedo decirle lo que me parece cualquier asesinato, sea de quien sea y por la razón que sea: el mayor horror que pueda comerte el ser humano, algo abominable.

Quitar una vida es algo que está muy lejos de la más básica humanidad y fuera de toda lógica y razón.

Da lo mismo que sea una persona anónima en un país desconocido de África o un artista famoso en una de las capitales mundiales del arte.

—Sí, desde luego, pero siempre impacta más si se trata de alguien conocido y si este además es un artista y se descubre el cadáver delante de la reina y un ministro del Gobierno.

—Impacta lo que vemos y vemos lo que los medios de comunicación nos ponen delante. Ya sabe aquello de ojos que no ven… Pero ante la muerte todos los seres humanos somos iguales.

—¿Qué le parecía Víctor Palacios como artista?

—Como artista me parecía que tenía algunos aciertos y muchas obviedades, pero como fenómeno mediático me parecía muy brillante.

—¿Quiere decir que era mejor comunicador que artista?

—No era eso exactamente lo que quería decir, pero lo suscribo igualmente.

—Parece poco admirador de su obra.

—No tengo nada en contra de su obra, lo que no soy es un gran admirador de en lo que se ha convertido el arte contemporáneo.

—Curiosa opinión viniendo de un académico y catedrático de Bellas Artes.

—Precisamente por eso, los profesores deberíamos ser los primeros en marcar la diferencia entre lo bueno y lo malo y en dar la voz de alarma ante el fraude artístico.

—¿Qué entiende usted por fraude artístico?

—Pues la obra sin valor ni talento que se muestra y se vende como si lo tuviera.

—¿Cree que hay mucho de eso hoy en día?

—Demasiado. Solo hay que darse una vuelta por las ferias de arte moderno para comprobar que la gran mayoría de lo que se puede ver responde a dos patrones: o son ideas recicladas de otros artistas anteriores, o son simplezas sin valor acompañadas de una teoría intelectual que intenta darle un sentido que no tiene.

—¿Y por qué nadie lo dice?

—Porque nadie quiere oírlo y porque no interesa, hay demasiado dinero gastado por particulares e instituciones como para reconocer que se ha despilfarrado en tonterías sin valor.

Y no solo lo que se ha gastado hasta ahora, es también lo que se sigue gastando.

El arte mueve demasiado dinero para que alguien se atreva a cuestionarlo.

—Sin embargo, hay mucha gente erudita que respalda el arte contemporáneo.

—No confunda gente erudita con gente conocida.

—¿De verdad cree que el arte no vale lo que se paga por él?

—Las cosas tienen un valor monetario y un valor artístico.

El valor monetario lo fija el mercado y eso no es cuestionable.

Si hay mucho tonto con mucho dinero que no sabe qué hacer con él y se lanza a comprar de una manera desmedida algo que escasea, esto sube de precio independientemente de que sea necesario o valioso.

—¿Me está diciendo que se han inflado los precios?

—No lo dude, el arte contemporáneo es una de las mayores burbujas financieras del siglo xx y lo peor es que sigue creciendo en el xxi.

—¿Estamos entonces ante una gran estafa?

—No se puede hablar de estafa cuando algo es consentido y voluntario.

—Pero habrá gente con buena voluntad.

—Ese es el problema, que siempre que hay gente con buena voluntad automáticamente aparece alguien que se quiere aprovechar de ella. El arte actual es una gran burbuja que en algún momento terminará como acaban todas las burbujas.

—¿Explotando?

—O en el mejor de los casos, desinflándose poco a poco.

—¿No cree entonces que haya nada con talento en el arte actual?

—Por supuesto que lo hay, y mucho, pero casi nunca se corresponde con lo que trasciende y se consagra y, lo que es peor, tampoco se corresponde con los precios que se pagan.

—¿Y eso por qué?

—Porque no se compra talento ni originalidad, se compra exclusividad y moda.

Estamos hablando de gente con mucho dinero y poco criterio que compra aquello de lo que habla todo el mundo, especialmente si es algo que está fuera del alcance de la mayoría.

Con eso matan dos pájaros de un tiro: por un lado, poder aparentar, y, por otro, intentar dar una imagen de sofisticación.

Eso es lo que mueve las compras, no los gustos, el talento o el criterio propio.

—Vaya, dicho así suena como si los compradores de arte fueran nuevos ricos sin cultura ni conocimientos.

—No todos, pero sí muchos, desgraciadamente los más activos y con más poder adquisitivo.

Gente que no pestañea en gastarse millones en un cuadro.

Cosa que por otro lado es lógica si ese dinero no le ha costado trabajo alguno, ya que viene de un braguetazo, de dar patadas a un balón, de heredar o especular en bolsa.

—¿Cree que Víctor Palacios era un artista fetiche de este público?

—Podría ser, pero la verdad es que no sé quién compraba o dejaba de comprar su obra, así que no puedo afirmarlo.

—¿Podría tener esto que ver con su muerte?

—Con su muerte, sobre todo, tiene que ver la crueldad y la locura, y lo que haya detrás se me escapa, como podrá comprender.

—¿Ha visto el cuadro que estaba en la foto que han publicado los periódicos con el cadáver de Víctor Palacios?

—Sí, he tenido ocasión de estudiarlo detenidamente.

—¿Y qué le parece?

—Una continuación más del horror y del mal gusto del que la hizo, y del que la publica.

—¿Tiene alguna teoría de quién puede ser el autor?

—¿El autor de la foto? No tengo ni la más remota idea de quién puede ser.

—No, me refería al autor del cuadro que aparece en la foto junto al cadáver.

—De la autoría del cuadro no tengo la más mínima duda.

—¿En serio? ¡Vaya primicia! ¿Quién cree que es el autor?

—Ese cuadro está pintado por el mismo Víctor Palacios.