29 Elsa
Su cuerpo estaba sobre el mío, su lengua en mi boca y su mano en mis pechos. Yo ardiendo y dudando entre salir corriendo o darle la vuelta y subirme encima de ella. Una vez más, estómago y cabeza iban cada uno por su lado y luchaban entre ellos.
Una llamada de teléfono hizo sonar la campana. Salvada. Me incorporé para coger el teléfono.
—Perdona, es hora de trabajo, necesito ver quién es.
—Tranquila, no tengo prisa, estoy en arresto domiciliario, no puedo salir de aquí.
Ver el nombre de Millán Ariza en la pantalla en ese momento y en ese estado me perturbó más aún. No estaba preparada para responder, pero me sirvió para detenerme a respirar.
—¿Urgente? —preguntó Elsa.
—No es urgente, pero es importante, luego devuelvo la llamada.
Elsa hizo ademán de acercarse a mí y yo me levanté antes de que siguiera.
—Me gustas mucho, Elsa, pero creo que no es el momento.
—¿Por qué no es el momento?
—Estás en medio de un lío importante que tiene que aclararse y, aunque yo no lo quiera, me he convertido en parte de todo esto. Tenemos que simplificar las cosas, no liarlas más.
—¿De verdad es por eso o es que hay alguien?
—Si no tienes pareja siempre hay alguien, pero eso no tiene nada que ver.
—Yo no quiero pareja, Ana, a mí me gustan los hombres.
—No necesitaba esa aclaración, a mí me gustan las personas y tampoco busco pareja.
—Siempre llevas razón, perdóname, no quería ofenderte.
—¿Por qué la gente cree que es ofensivo pensar que te gusta alguien de tu mismo sexo? Me ofendería que pensaras que soy ladrona o mentirosa, pero que me guste un tipo de personas u otro no me ofende. Siempre me gustan las mismas.
—¿Cuáles te gustan?
—Depende de para qué: para incorporarlas a mi vida, que tengan sano el corazón y el cerebro, y para irnos a la cama, que tengan la chispa y la energía que necesito ese día.
—Cada día me gustas más, Ana.
—Te lo agradezco, pero soy una persona muy corriente, a pesar de lo que puedas creer.
—¿Me darás una oportunidad cuando acabe todo esto?
—¿Una oportunidad para qué?
—Para entrar en tu vida y quién sabe si en tu cama.
—Prefiero entrar yo en las camas de los demás, es más fácil la huida.
—La mía está al final del pasillo.
—Gracias por la oferta, quizá otro día te tome la palabra.
—Seguirá en pie.
—Me tengo que ir —dije mientras me recomponía la ropa.
—Lo entiendo, pero prométeme dos cosas.
—Ya he decidido no prometer nada.
—Entonces, hazme dos favores.
—¿Cuáles?
—Uno, vuelve a verme.
—Lo intentaré, pero no te garantizo nada.
—No puedo salir, estaré por aquí subiéndome por las paredes. Prometo no hacer que te sientas incómoda.
—Vale, quizá en cuanto me ponga al día en el trabajo. Todo este lío me ha descuadrado la agenda.
—Y dos: llévate el dibujo.
—Eso sí que no puedo.
—Entonces, hagamos una cosa. Quédatelo en depósito.
Si cuando todo esto acabe crees que detrás de ese cuadro hay algo que no está claro, me lo devuelves o haces con él lo que quieras.
Si por el contrario el cuadro te gusta y te convences de que fue un regalo limpio en señal de agradecimiento y de lo que te valoro, entonces quédatelo.
—No sé —dije dudando.
—Si no te lo llevas me dejas en casa un recuerdo de un rechazo que estaría viendo cada día. Hazme caso, quédatelo en depósito y ya hablaremos.
—Te hago caso, pero porque voy con prisa y no tengo tiempo para discutir.
—Gracias, no te arrepentirás, y cuando lo mires, míralo con esa mirada tan limpia y bonita que tienes.
—Gracias a ti.
Cogí el cuadro otra vez y me dirigí a la puerta. Era la segunda vez que el dibujo iba a salir por esa puerta bajo mi brazo. Quizá llevara razón Elsa y solo tenía que verlo como una muestra de afecto, no darle más vueltas, pero había demasiadas historias alrededor.
A punto de salir, me giré a darle un beso a Elsa en la mejilla justo cuando ella hacía lo mismo para despedirse y por casualidad su boca volvió a encontrarse con la mía.
Que las lenguas se enredaran fue instantáneo.
El dibujo cayó al suelo al rodear su cintura con mis brazos y acercar mi cuerpo a la llamada del suyo.
Después de besarla un rato infinito, la cogí de la mano y, en vez de cruzar la puerta de su casa, crucé la de su dormitorio.