Guardaré tu última sangre 31 Elsa
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31 Elsa

Mientras subía las escaleras de su casa pensé que hay historias que te buscan y te persiguen por mucho que intentes evitarlas, y esta era una de esas.

Llevaba el dibujo de Víctor bajo el brazo, con la firme intención de devolverlo y cerrar este episodio para siempre.

Ya había cumplido con creces lo que había prometido.

Era momento de pasar página de una historia en la que tenía todas las papeletas para salpicarme si no me quitaba pronto de en medio.

Llegué a la puerta y llamé. Elsa abrió la puerta, pero antes de que pudiera decir nada ya la tenía abrazada a mí comiéndome a besos y me sentía indefensa por no poder soltar el cuadro y porque sus pezones atrapaban los míos.

—Pasa, pasa, Ana, que eres mi ángel. No voy a tener días suficientes en mi vida para agradecértelo.

—No, de verdad que no hay nada que agradecer.

—Siéntate, por favor, dame la chaqueta. ¿Qué quieres tomar? ¿Qué traes ahí?

—Es el dibujo, no puedo aceptarlo, no debería haberlo cogido el día que me lo diste. No supe decir que no en su momento, pero de verdad que no puedo quedármelo.

—¡Qué tontería! ¿Por qué no?

—Es demasiado valioso y tiene que ver con una historia muy complicada.

—Mira, Ana, tú sabes que las cosas tienen el valor que tú quieras darles, y yo sé que ese cuadro tú nunca lo venderías, como yo tampoco vendería los cuadros que me regaló Víctor en vida. Es una manera de decirte lo agradecida que te estoy por tu ayuda.

—Da igual, no puedo, es todo muy raro.

—Olvídate de devolvérmelo, te lo vuelves a llevar y no hay más que hablar. Me voy a poner un vino y a ti otro para celebrarlo.

—Es un poco temprano.

—Si vinieras de donde yo vengo tendrías otra perspectiva de las horas.

—Eso puedo imaginármelo.

—Quítate los zapatos y ponte cómoda —dijo Elsa desde la cocina.

Le hice caso y me descalcé. La verdad es que me sentía cómoda en aquella casa a pesar de tener delante la versión acabada y gigante de mi dibujo.

Era raro pensar que aquellos trazos los había hecho la misma persona que hoy aparecía en el periódico sin cabeza.

Debió de ser un personaje fascinante, y posiblemente no mereciera ese fin.

—Aquí tienes —dijo Elsa acercándome una copa de vino tinto. Brindemos… ¡por la amistad!

Choqué mi copa con la suya sin decir nada y mojé mis labios lo justo. Elsa bebió más que yo y cerró los ojos para saborearlo. Después se sentó a mi lado y estiró sus bonitas y torneadas piernas poniéndolas encima de la mesa. Me atreví a hacer lo mismo. Las mías no tenían nada que envidiar.

—No valoras las cosas hasta que las pierdes —dijo Elsa.

—Yo hace mucho que intento valorarlas antes de perderlas y algunas veces hasta lo consigo.

—No paro de pensar en quién está detrás de toda esta locura.

—¿Y quién crees que podría ser?

—No lo sé, de verdad que no lo sé. Estoy paranoica, me está volviendo loca la idea. Por un lado, creo que tiene que ser alguien conocido, pero por otro no puedo imaginarme a nadie que yo conozca haciendo esa monstruosidad.

—¿Quién se beneficiaría?

—Así, sobre el papel, teniendo en cuenta el testamento, está claro que yo.

—¿Y aparte de ti?

—Nadie. Todo el mundo pierde sin Víctor.

Daniel y Marcelo eran amigos suyos desde hace mucho y les iba mejor con él vivo.

Y yo la que más, aunque no lo necesitaba; solo tendría que esperar una resolución del divorcio y me habría llevado la mitad de lo que había vendido hasta ahora.

Eso es más de lo que necesito para vivir el resto de mis días, no me hacía falta matarlo.

—¿Y su novia?

—No la conozco mucho, es una chica rara, y aunque no termina de caerme bien hay que reconocer que es la que más pierde. Se queda sin pareja y sin trabajo. Víctor no es el novio ideal, desde luego, pero si estaba con él es porque le quería.

—Además tiene coartada, ese día estaba en casa con un amigo. Tiene que haber sido alguien que gana con todo esto, o cree que gana, eso está claro.

—Los coleccionistas ganan, su obra se pondrá por las nubes.

—Pero, además de conocerle a él tiene que conocerte a ti, y un coleccionista es alguien ajeno al artista la mayoría de las veces. La grabación de la cámara no es una casualidad, una mujer a esa hora con ese abrigo y con cuadros bajo el brazo es algo muy preparado.

—Sí, eso está claro, pero también pienso que un coleccionista es alguien que ama la obra de un artista y de alguna manera también al artista. Es antinatural.

—El dinero hace que las cosas más naturales dejen de serlo, te lo aseguro.

—Puede ser. Por cierto, ¿cómo encontraste a la testigo? Me dijo Ariza que fuiste a preguntar uno por uno a la gente de la biblioteca.

—Tuve suerte, ellos fueron por la mañana y a mí se me ocurrió ir por la tarde, a la hora que tú habías ido. Eso y que tu abrigo no se olvida.

Elsa se volvió y me miró a los ojos fijamente, mientras ponía su mano sobre la mía y apretaba.

—Nadie ha hecho por mí lo que tú has hecho. Eso solo lo hace una amiga.

Sentí como el corazón se me ponía a mil por hora y me arrebataba un calor que inundaba todo mi cuerpo. Tuve que hacer esfuerzos para mantenerme fría.

—Un golpe de suerte y estar en el sitio adecuado a la hora adecuada. Cualquiera lo habría hecho.

—Sabes que no, la policía no lo hizo y es su trabajo.

—Sexto sentido de mujer y la suerte del principiante.

Elsa rellenó las copas una vez más, volvimos a brindar y, cuando ella bebió, no pude quitar los ojos de sus labios carnosos rozando el cristal de la copa. Fue imposible no pensar a qué sabrían en ese momento con el vino.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—Sí, pero debería irme.

Su mano volvió a tocar la mía.

—Quédate, no quiero estar sola.

—Tengo trabajo.

—Te contrato en exclusiva para mí.

—De verdad que…

No pude acabar la frase, su boca tapaba la mía y yo nunca he sabido decir que no a unos labios carnosos.