Guardaré tu última sangre 33 Daniel
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33 Daniel

Entró en su casa con el periódico bajo el brazo, cerró la puerta y avanzó por el pasillo mirando la portada fijamente.

Al llegar al salón ojeó las páginas interiores y lo tiró al suelo con rabia.

De una manera irracional empezó a darle patadas, lo que hizo que volaran todas las hojas por la habitación, hasta formar una alfombra de noticias al aterrizar.

Le interrumpió una llamada. Sacó el teléfono del bolsillo y decidió contestar.

—¿Daniel? —preguntaron al otro lado de línea.

—¿Sí?

—Soy Elsa.

—Elsa, ¿te dejan llamar?

—Acabo de salir.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Cómo ha sido?

—Luego te lo cuento, necesito que vengas y hablemos.

—Ya te dije que no creo que sea bueno que hablemos durante un tiempo.

—Lo sé, pero tengo algo importante que contarte que nos afecta a los dos, y yo no puedo salir, estoy en arresto domiciliario hasta nueva orden del juez.

—¿De qué se trata?

—Mejor en persona. ¿Puedes venir a casa?

—Siempre te sales con la tuya, claro que iré.

Daniel colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesa.

Se levantó hacia donde tenía colgada la chaqueta y sacó un paquete de tabaco del bolsillo.

Se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió.

Dio una calada larga y se acercó a la estantería, alargó la mano, sacó un libro y lo abrió.

Dentro había una llave. Se quedó con ella y devolvió el libro a su sitio.

Mientras seguía fumando se dirigió al pasillo y abrió la segunda puerta con la llave.

Encendió la luz y pudo ver una estancia donde solo había cuadros sobre las paredes y una silla en el centro.

Se sentó en ella y miró los cuadros durante un buen rato hasta que acabó el cigarrillo.

Apoyó la cabeza sobre sus puños y los brazos sobre las rodillas, luego empezó a llorar amargamente.