34 Enrique
El Picasso que tenía en el despacho no le pareció gran cosa la primera vez que lo vio, pero le gustaba por lo que representaba. No la modelo, sino el momento en que se hizo con él.
Cuando Enrique Zarza se decidió a comprar el holding de su principal competidor, sabía que en ese momento no había otro postor que tuviera la liquidez necesaria para llegar hasta donde él estaba dispuesto a pagar.
Por supuesto, fue una cantidad muy inferior a su precio real, pero había elegido el momento justo en que su competencia había perdido un gran contrato y les vencían dos créditos a los que no podían hacer frente y que no habrían conseguido renegociar.
Quizá porque él se había sentado días antes con los bancos y los había obligado a elegir entre una u otra empresa.
Para la banca la opción estaba clara. Si seguían dando apoyo financiero a su competidor, siempre existiría la duda de si este podría devolverlo o no, pero lo que era seguro es que perderían a Zarza, y su solvencia estaba fuera de toda duda.
Sin embargo, si cortaban el grifo del crédito, matarían dos pájaros de un tiro, conservarían las empresas de Zarza y, si este compraba al otro, cobrarían sus créditos y seguirían teniendo los dos grupos como clientes.
Quien fuera el dueño de cada empresa era algo irrelevante, lo importante era el negocio. La elección estaba clara.
El proceso había sido duro, muy duro, como siempre que alguien negocia en inferioridad de condiciones con otro que carece de escrúpulos.
Cuando ya parecía que se había llegado a un acuerdo, el peor de los posibles, por supuesto, los dos presidentes de las dos compañías se quedaron a solas para firmar.
Enrique disfrutó viendo como el que había sido su gran competidor, y por lo tanto enemigo, durante tantos años rubricaba el acuerdo por el que vendía a precio de saldo sus empresas.
Ya solo quedaba su firma para que aquella pesadilla acabara, pero él seguía pensativo mirando a la cara a su contrario sin hacer ademán de firmar.
—¿Algún problema? Hemos aceptado todas vuestras condiciones.
—No estoy convencido que sea un buen acuerdo —dijo Enrique Zarza.
—¿Qué problema hay ahora? Te llevas el trabajo de toda una vida.
—Y tú un buen dinero por ello.
—Mucho menos de lo que vale.
—Las cosas valen lo que se paga por ellas, y que yo sepa esta es la mejor oferta.
—Porque me has cerrado la financiación a mí y a otros posibles inversores.
—Las cosas hay que comprarlas si tienes dinero, y si no, no las compres.
—¿Vas a firmar o no? No perdamos más el tiempo.
—Me lo estoy pensando.
—¿Qué más quieres, Enrique? Te he vendido todo lo que tengo.
—Todo no.
—No pienso incluir mi casa.
—Ni yo te lo pediría. Tampoco tiene ningún valor para mí.
—¿Entonces?
—Quiero ese cuadro que tienes encima de tu sillón.
—Ese cuadro ha pertenecido a la familia durante muchos años, es un regalo que le hizo el mismo Pablo Picasso a mi abuelo.
—Si fuera algo personal estaría en tu casa, pero si está en tu despacho es parte de la empresa.
—Porque significa mucho para mí y me gusta tenerlo cerca.
—Sin embargo, tiene la nariz torcida.
—Es su estilo.
—He comprado una empresa y quiero todo lo que haya en esa empresa, salvo tú.
El silencio que se hizo en ese momento era interminable y frío como un glaciar.
—De acuerdo, Enrique, tú ganas. El cuadro se queda.
Enrique Zarza esbozó una sonrisa, desenroscó el capuchón de la pluma y firmó cada una de las páginas del acuerdo.
Una vez que terminó abrió la cartera, sacó un cheque y lo dejó junto a una de las copias del contrato, guardándose la otra.
Se levantó y se puso la chaqueta lentamente.
Se dirigió hacia donde estaba el cuadro y sin pestañear lo descolgó.
—Me lo llevo ya.
—Eres un miserable.
—Puede, pero soy un miserable con un Picasso bajo el brazo y tus empresas en mi cartera —fue lo último que dijo antes de cruzar la puerta.
Años más tarde había terminado por cogerle cariño al cuadro, no porque le gustara, él seguía viendo una nariz deforme y unos ojos descolocados y saltones, sino por lo que significaba, y sobre todo por lo que se había revalorizado.
A partir de ahí empezó a invertir en arte, siempre aconsejado por buenos asesores.
Era algo con lo que disfrutaba y lo único que sentía es que los cuadros feos fueran los que más subían de precio.
Pero tampoco le gustaban las carreteras ni los edificios que construía y eso no suponía un problema.
Desde muy pequeño aprendió a diferenciar el valor monetario de las cosas y el valor que para él tenían.
Los cuadros de Víctor tampoco le emocionaban, pero Víctor le caía bien y era de los pocos artistas que no le trataban displicentemente.
El primer cuadro se lo compró cuando todavía no se habían disparado los precios.
Sus cuadros eran una buena inversión y él era un tipo divertido para beber juntos.
Ya le aportaba más que muchos otros artistas que había tenido ocasión de conocer en persona.
Por eso no pudo evitar sentir una cierta pena cuando vio su cuerpo sin cabeza en las páginas de un periódico. Pero su olfato para los negocios era mayor que su compasión.
—Carmen, busca a Iván y dile que quiero verle —dijo por el teléfono.
Se quedó mirando la foto y luego los cuadros que cubrían las paredes hasta que alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dijo el empresario.
Por la puerta apareció un hombre alto, delgado pero fuerte, con varias cicatrices en la cara y la cabeza afeitada.
—¿Quería verme? —dijo con un fuerte acento eslavo.
—Sí, Iván, pasa, tengo una tarea importante, de las que son especiales.
—Entiendo. Algo solo entre usted y yo.
—Entiendes bien.
—¿De qué se trata?
—Mira esa foto del periódico.
—Sí, la he visto esta mañana.
—¿Ves ese cuadro que hay debajo del cadáver?
—Sí, lo veo.
—Quiero que me lo consigas al precio que sea.
—Me pongo a ello, pero necesito saber por dónde empiezo.
—Habla con Marcelo Fonseca, el galerista. Él tiene que saber algo, aunque te diga que no. Apriétale si hace falta, y sobre todo date prisa, el tiempo corre en contra.
—Descuide, si el señor Fonseca sabe algo me lo dirá.
—No me cabe la más mínima duda.