Guardaré tu última sangre 35 Millán
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35 Millán

—Ana, ¿por qué metes el dedo en la copa? ¿No es mejor pedir que te lo muevan antes de servírtela?

Me reí mientras mezclaba el ron y la coca cola con el dedo.

—Es una vieja costumbre de cuando bebía gin-tonic , en esa época no había cultura de prepararlos como ahora y nunca te los mezclaban, la ginebra se quedaba arriba y el primer sorbo era asqueroso. Podías llamar al camarero y pedir que te lo mezclara bien o bien arreglarlo tú misma.

—Interesante. Eres una caja de sorpresas —me dijo, sonriendo, Millán Ariza.

—Seguro que menos de lo que te crees.

—Seguro que más de lo que creo.

—No hacía falta que me invitaras a una copa —le dije.

—Sea lo que sea lo que me tenías que contar, lo podíamos haber hablado por teléfono, pero era una excusa para verte. Y que conste que yo he intentado invitarte a cenar, has sido tú quien solo me has dejado que fuera una copa.

—Así te quito menos tiempo.

—Hoy he tenido un día de perros, probablemente esta sea la mejor parte del día, bueno, probablemente no, seguro —dijo Ariza.

—Igual no te gusta lo que tengo que contarte, pero creo que te mereces ser el primero en saberlo.

—Esto empieza mal —dijo el policía, dando un sorbo a su copa.

—Depende de para quien.

—Sigue.

—He encontrado un testigo que sitúa a Elsa en el sitio que dijo que estaba.

—¿En la biblioteca?

—Justo allí y justo a la hora que dijo. Elsa no está mintiendo.

—¿Quién es el testigo?

—Una señora que estaba allí esa tarde. Aquí tienes sus datos para localizarla y que lo confirme oficialmente —dije alargando una hoja de papel.

—¿Y cómo ha aparecido esta señora? Ya estuvimos allí y nadie la había visto.

—¿Preguntasteis a los que estaban allí leyendo, o con vuestra cabeza cuadriculada de policías solo lo hicisteis a los empleados y a los que fueron a sacar libros a esa hora?

—No lo sé, esos trabajos de campo no los hago yo. Supongo que preguntarían a todo el mundo.

—Supones mal. ¿A qué hora fueron?

—Por la mañana, creo.

—Elsa estuvo por la tarde. Si quieres coincidir con la gente que estaba en ese momento, hay que preguntar los días siguientes a esa misma hora y no a otra. La gente que va a bibliotecas es de costumbres fijas.

—Ahora me vas a decir que has ido y preguntado a esa hora.

—Ya lo estás diciendo tú.

—No dejas de sorprenderme.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Es una señora que se quedó viuda recientemente y va todas las tardes a pasar el rato en la biblioteca, más por no estar sola que por leer, y le llamó la atención el abrigo de Elsa. Se acuerda de cada detalle de lo que llevaba. Cosas de mujeres.

—Vale, tendremos que hablar con ella, investigar conexiones, que preste declaración y hacer una rueda de reconocimiento. Cosas de policías.

—Me parece razonable.

—¿Cómo sabemos que la mujer con el abrigo a cuadros que vio esta señora es realmente Elsa? Si se trata de una señora mayor quizá no ande bien de la vista.

—¿Cómo sabes que la mujer que aparece en el vídeo de vigilancia es realmente Elsa?

—En cualquier escenario resulta muy extraño que haya dos mujeres a la misma hora y con el mismo abrigo el mismo día, y que una de ellas lleve cuadros bajo el brazo.

—Tampoco sabes si lo que llevaba la chica del vídeo eran cuadros, solo sabes que llevaba algo que tenía esa misma forma, podría ser o no.

—Por si hoy no se hubiera embrollado lo suficiente este caso, lo que me cuentas termina de liarlo todo.

—Pensé que te hacía un favor.

—Sobre todo le haces un favor a tu amiga, pero de paso a mí también me lo haces y te lo agradezco. Mejor que parezca que la testigo la hemos encontrado nosotros a que su abogado nos saque los colores mañana. Pero eso no quita que se esté liando más de lo previsto, y mañana ni te cuento.

—¿Qué pasa mañana?

—En teoría no puedo contarte nada, pero por el favor que nos has hecho con lo del testigo, y teniendo en cuenta que los periódicos de mañana a esta hora ya habrán empezado a imprimirse y ya no será ningún secreto, te diré que un periódico vuelve a sacar este tema en portada con una foto en exclusiva.

—¿Una foto de qué?

—Una foto del cadáver de Víctor recién cortada la cabeza en su estudio junto a un cuadro.

—¿Quién ha hecho esa foto?

—Alguien que estuvo allí esa tarde y se tomó el tiempo de poner un lienzo al lado del cadáver y fotografiarlo.

—Tiene que ser la misma persona que lo mató.

—Eso parece, pero nuestra obligación es no dar nada por hecho hasta que tengamos evidencias.

—¿Estaba la cabeza en la foto? —pregunté.

—Podrías haber sido una buena policía. Haces las preguntas adecuadas.

—Hacer psicoanálisis es prácticamente lo mismo. Investigar y destapar mentiras.

—No, la cabeza no estaba —respondió Ariza.

—Eso quiere decir que esa foto podría haber sido hecha en cualquier momento de la noche hasta el día siguiente.

—En teoría sí, pero es poco probable. Si la hizo el asesino, tendría prisa por salir de allí, y dudo que se arriesgara a volver, y, si no fue el asesino, se estaba arriesgando a parecerlo. En cualquiera de los dos casos no tiene ninguna lógica.

—En nuestros trabajos nada tiene sentido.

—Llevas razón, brindo por la falta de lógica en esta perra vida —dijo Ariza.

Acerqué mi copa a la suya y brindamos justo antes de ver a través del vaso un brillo especial en los ojos del inspector Ariza mientras me miraba.

—¿Qué había pintado en el cuadro? —pregunté.

—Un retrato del propio Víctor, pero sin cabeza.

—¿Pintado por quién?

—Tampoco lo sabemos.

—Qué retorcido.

—Eso no es lo peor. Hay algo más escabroso aún.

—¿Más que pintar un retrato de un cadáver después de matarlo?

—Mucho más —respondió el policía—. Pintarlo con la propia sangre del cadáver.

—No me lo puedo creer.

—Lo es. Junto con la foto venía un trozo pequeño del lienzo y estaba pintado con sangre que coincide con la de Víctor y con la de un pincel que había en el estudio.

—Santo Dios.

—¿Entiendes por qué es un día complicado? —dijo el policía.

—Totalmente. Creo que me voy a pedir otra copa, si no te importa.

—Te lo iba a decir —dijo el inspector apurando la suya y haciendo un gesto al camarero—. Dos más de lo mismo.

—¿Cómo se puede tener la sangre fría de hacer algo así?

—Muy apropiada la frase —dijo, sonriendo, Ariza.

—No quería decir eso, lo siento.

—Lo sé, lo sé. Humor de policía. Yo hace tiempo que dejé de intentar entender las razones por las que la gente hace esas barbaridades. Me limito a evitarlas y a perseguirlas. Es lo mejor para mi salud mental.

—Haces bien.

—Pero en este caso tengo que reconocerte que han ido mucho más allá de lo que había visto nunca y que también te lo he contado para saber tu opinión como psicóloga.

—Psiquiatra. Soy médico.

—Sí, perdona, psiquiatra.

—Así, con tan pocos datos, es complicado saberlo. Cualquier cosa que te dijera sería una elucubración sin base. Está claro que es alguien ambicioso y complejo, y que sabe pintar, pero eso supongo que te lo imaginas tú también.

—Eso ya lo imaginábamos, hay que ser muy enrevesado para montar toda esta historia —dijo el policía.

—Enrevesado o egocéntrico. Sigo pensando lo que te dije el primer día: se trata de alguien que quiere llamar la atención.

—Desde luego, no es una historia que pase desapercibida. La clave es para qué quiere llamar la atención.

—Difícil de saber. Igual es un psicópata —dije mientras movía los hielos de mi copa.

—O solo es una cortina de humo para esconder otra historia —dijo Ariza.

—El que quiere esconder algo siempre es discreto.

—Sí, tiene sentido, me alegro de haber hablado de esto contigo.

—Al final voy a ser una buena policía.

—Ahora mismo te cambiaba por cualquiera de mi equipo.

—Quizá sea hora de irnos, es tarde y mañana tengo un paciente a primera hora.

—Sí, también para mí será un día complicado.

—¿Qué va a pasar con Elsa?

—Si este testigo es fiable, y doy por hecho que lo será, tendremos que soltarla. Supongo que se le retendrá el pasaporte y pasará a arresto domiciliario.

—Cuídala, por favor, estoy segura de que ella no ha tenido nada que ver.

—Descuida, será lo primero que haga mañana —dijo Ariza mientras se ponía la chaqueta—. Tiene suerte de tenerte como amiga.

—No somos amigas, lo habría hecho por cualquiera.

El inspector se quedó pensativo mientras se dirigían a la puerta. Una vez fuera me volvió a mirar a los ojos fijamente de esa manera que tanto me turbaba.

—Eres una mujer extraña. Lo mismo tienes el corazón duro para unas cosas y blando para otras.

—Es la manera de sobrevivir hoy en día. Si tienes siempre una coraza terminas por no sentir nada y pierdes el alma, pero si te abres te desproteges y terminan haciéndote daño. Cada persona tiene que buscar su equilibrio.

—Si no tuviera mañana un día tan raro te pediría que abrieras un poco y me invitaras a tu casa.

—Da igual como sea mañana, ya te dije que nunca invito a hombres a mi casa.

—¿Y ellos te invitan a la suya?

—Algunos, no muchos, pero que me inviten no quiere decir que acepte.

—Entonces, un día te invitaré a la mía.

—Quizá no sea una buena idea en medio de esta locura —le respondí.

—O quizá sea la mejor idea en medio de esta locura.

Ariza acercó su boca a la mía para besarme, pero tuve la rapidez de reflejos para ponerle la mejilla a la vez que yo besaba la suya, aunque aguanté un poco más de lo normal.

El punto justo para que no siguiera adelante ni se sintiera rechazado.

Ariza sonrió y pasó una mano por mi pelo haciendo que me estremeciera de arriba abajo.

—¿Por qué te tiñes el pelo de blanco?

—No es tinte, es mi color de pelo natural y me gusta así, me recuerda cosas que no quiero olvidar.

—Te hace mayor.

—Hace mucho tiempo que soy mayor.

—Quizá los dos lo seamos… Más de lo que nos conviene.

—Eso no se elige —le dije mirándole a los ojos.

—Puede ser, pensaré eso y otras cosas en la cama.

—Buenas noches, Millán, gracias por la copa.

—Gracias a ti por el testigo y los consejos.

—Seguiremos en contacto.

—Puedes estar segura de ello.