Guardaré tu última sangre 37 Daniel
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37 Daniel

Por primera vez en su vida estaba sentado en la sala de espera de una comisaría.

Salir de su casa le costaba mucho trabajo, allí tenía todo lo que necesitaba, como mucho acudía al estudio de su amigo Víctor porque trabajaba allí ocasionalmente, le conocía desde la facultad y era un entorno familiar, lleno de pinturas, lienzos y pinceles, su hábitat natural.

Antes de ir a comisaría pensó que aquello iba a ser más duro y que solo iba a encontrar criminales, putas o traficantes, pero la gente que entraba y salía, sola o acompañada de agentes, era de lo más anodina, gente normal como la que te cruzas en el metro todos los días.

Como tanta gente, había visto demasiadas películas, o acaso los malos no tenían aspecto de tales.

—Señor Rincón, gracias por venir —oyó decir a Millán Ariza mientras se acercaba a saludarle.

—¿Tenía otra opción? —dijo Daniel levantándose y estrechándole la mano.

—Claro, siempre hay más opciones.

—Discúlpeme, no quería decir eso, encantado de poder colaborar.

—Acompáñeme, necesitamos que nos ayude en el laboratorio.

—Espero no tener que ver nada desagradable.

—No, tranquilo. Es solo un trozo de tela.

—Solo soy un pintor, no soy especialista en nada.

—Y justamente eso necesitamos, la opinión de un pintor experto, porque se trata de una tela pintada.

El inspector Ariza abrió la puerta y entraron a una sala blanca que podría ser perfectamente la de un hospital. Muchos botes, tubos, aparatos, lámparas, paredes y personas con batas blancas, algunos con mascarilla y casi todos con guantes.

Encima de una mesa junto a la pared, bajo un foco y una gran lente, estaba el trozo de lienzo que acompañaba a la foto que habían recibido en el periódico.

—Tome, estos guantes están sin usar, póngaselos, por favor —dijo la persona que había junto a la mesa.

—¿De qué se trata? —dijo Daniel mientras se ponía los guantes.

—Eso es justamente lo que queremos que usted nos diga, qué cree que es.

El pintor se acercó a la tela y lo primero que hizo fue darle la vuelta y mirarla bajo la lente.

—Es un lienzo imprimado de los que se usan para pintar.

—Sí, eso imaginábamos —dijo Ariza.

—Es el mismo con el que trabaja Víctor.

—¿Podría haber estado en el estudio?

—Podría, pero también es verdad que es un lienzo muy común que usan muchos pintores. Es imposible saberlo. No sé si este trozo estaba en el estudio o no, pero sí es cierto que es el mismo que él usaba y que todos los que hay en el estudio son como este.

—¿Usted también trabaja con este tipo de lienzo?

—No, yo uso lino belga porque se notan menos los hilos de la tela.

—Como verá, hay una parte que está pintada ¿Qué le parece que puede ser? Parte de un cuadro o un estudio preliminar.

—Imposible saberlo siendo tan pequeño, podría ser cualquier cosa.

—De los cuadros que se llevaron, ¿recuerda si había algún retrato con la cabeza cortada al estilo de los de la exposición?

—No, seguro que no, me acordaría. ¿Por qué me lo pregunta?

—Pensamos que esto puede ser un trozo de uno de esos cuadros.

—Los cuadros sin cabeza ya estaban todos en la exposición, no quedaba ninguno en el estudio. Los que había y ya no están eran anteriores.

—Muchas gracias, esa información nos ayuda mucho.

—De nada. ¿Solo era esto?

—Nos gustaría saber también qué opina de las pinceladas.

Daniel le dio la vuelta y se quedó mirando unos instantes el dibujo.

—Parece que lo ha pintado alguien con experiencia. El trazo es firme y seguro. No implica que quien lo haya hecho sea bueno, pero sí parece que se trata de alguien que pinta habitualmente.

—¿Podría ser de Víctor?

—Difícil saberlo. El trazo sí podría ser suyo, aunque es complicado afirmarlo con un trozo tan pequeño. Con estas pinceladas tan anchas se trabaja cuando son cuadros de gran tamaño, y algo tan pequeño dice poco.

—¿Entonces?

—No lo digo por el trazo, que es similar al de Víctor y podría ser de él, es por la pintura. Conozco bien los materiales que utilizaba, y no es ningún color que recuerde haberle visto usar nunca, tampoco la textura, ni la consistencia.

—¿Quién podría haber pintado esto?

—Imposible de saber, cualquiera podría haberlo hecho. Eso sí, parece de alguien con experiencia, como le dije antes, pero el fragmento es demasiado pequeño para identificarlo. Supongo que aquí tendrán tecnología para buscar huellas y analizarlo.

—Sí, por supuesto, hemos tomado muestras y ya estamos en ello, pero necesitábamos el punto de vista de un artista.

—Pues eso es todo lo que se me ocurre decirles, que no es gran cosa. La tela es del mismo tipo que la de los lienzos en blanco que había en el estudio de Víctor, y quien la haya pintado tiene un trazo que indica experiencia.

—Suficiente para nosotros, ha sido muy útil.

—¿Me necesitan para algo más? ¿Puedo quitarme los guantes ya?

—Claro, claro, ya hemos acabado, puede quitárselos.

—Por cierto, ¿han aparecido? —preguntó el pintor.

—¿El qué? —respondió Ariza.

—Los cuadros y los dibujos que se llevaron del estudio.

—No, y sigue siendo secreto sumarial, por lo que le insisto en lo que ya le dije, que no lo comente con nadie, por favor. El hecho de que fueran los últimos cuadros sin vender que tenía Víctor, aparte de los de la exposición, los hace especialmente valiosos, como podrá imaginar.

—No eran los últimos cuadros sin vender de Víctor.

—¿Cómo dice? —dijo el policía girándose hacia Daniel.

—Que los cuadros que se llevaron y los de la exposición no eran los últimos. Había más. Víctor, desde que le ayudaba Paula, su novia, producía mucho.

—¿Dónde había más?

—Supongo que en la galería. Ya se lo dije, aunque no podría afirmarlo con total seguridad.

—¿Qué le hace pensar que había más cuadros en la galería?

—Por pura lógica, los cuadros terminados o estaban en el estudio o estaban en la galería. ¡Ah! Y por una llamada de la chica de la galería.

—¿Alguien más trabaja con Marcelo Fonseca?

—Claro, tiene una encargada para cuando él no está, Pilar. Justo hará un par de semanas llamó al estudio para preguntar por la fecha y el nombre de algunos cuadros. Supongo que era porque estaban allí y los estaba catalogando.

—Pensaba que él llevaba la galería solo.

—Siempre ha tenido una ayudante. Esta última es una chica muy competente y agradable. También pinta y estudia Bellas Artes.

—¿Cuántos cuadros cree que podía haber en la galería?

—No sabría decirle exactamente, porque le pasé con Víctor y habló con él, pero por lo que le oí decir supongo que fácilmente habría unos cinco o seis cuadros.

—¿Seis cuadros aparte de los que había en la exposición y en el estudio?

—Sí, yo calculo que en ese momento Víctor tenía sin vender los seis de la galería y los tres del estudio, aparte de la exposición. Los guardaba por si iba bien la feria y los vendía todos, por tener más disponibles.

—¿Cómo dijo que se llamaba la chica que trabajaba con Marcelo Fonseca?

—Pilar, pero no sé el apellido.

—¿Tendría su teléfono?

—Aquí no, pero en casa tengo su número personal. Si quiere, cuando llegue le llamo y se lo doy.

—Sí, por favor, hágalo en cuanto llegue. Necesitamos hablar con ella. Muchas gracias, señor Rincón, no se imagina lo útil que nos ha sido. Le acompaño a la salida.

—No se preocupe, recuerdo el camino.

Los dos hombres se despidieron y, una vez cerrada la puerta del laboratorio, al girarse, el inspector Millán vio que desde el fondo se acercaba un hombre con la misma bata blanca que los demás y unos papeles en la mano.

—¿Esos son ya los resultados del análisis? —preguntó Ariza.

—Sí, ya los tenemos. Ese trozo de tela no está pintado con pintura como suponíamos.

—¿Con qué lo han pintado?

—Con sangre, con la misma que había en el pincel que encontramos en el estudio, y las dos coinciden con el ADN de Víctor Palacios.