Guardaré tu última sangre 38 Ana
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38 Ana

Tengo que prometerme a mí misma que nunca más prometeré nada. Da igual que pueda o quiera cumplirlo. No hay que hacer promesas. Las promesas son contratos con los demás, y sobre todo conmigo misma. Si ya es duro fallarle a alguien, resulta insoportable fallarte a ti misma.

Le había prometido a Elsa antes de irme que la ayudaría y ahora tenía dos problemas. El primero era saber cómo podría ayudarla y el segundo cómo hacerlo.

Estaba en la consulta con mi peor/mejor paciente.

Mi peor paciente, porque no le pasaba nada, simplemente era una persona sola que necesitaba que la escucharan.

Había sido honesta con ella, ya le había dicho que estaba bien y no me necesitaba, pero ella insistía e insistía en verme e inventarse nuevos problemas que nunca colaban como tales, pero yo la dejaba hablar porque eso la tranquilizaba.

Tampoco podía negarme a verla porque era amiga de la familia y me habría creado un problema mayor rechazarla.

Mi mejor paciente, porque era la que pagaba las minutas más altas.

Le había ido subiendo las tarifas pensando que así me la quitaría de encima de una manera sutil, pero cuando eres indecentemente rica y necesitas algo, el dinero no es problema.

Además, algunos de mis mejores pacientes me habían venido a través de ella.

Me tomaba sus visitas como horas muertas y las aprovechaba para poner en orden mis ideas.

Hoy era uno de esos días y, por fortuna, no tenía resaca.

Con Millán no había bebido en exceso y en el Karma solo había caído una copa.

En casa del chico ya no había dado tiempo a beber más, sino a quemar calorías, así que me encontraba lúcida y fresca.

Mejor, porque así no caía en la tentación de atormentarme, aunque siguiera sin saber cómo ayudar a Elsa.

Era complicado encontrar una manera de ayudarla. Su abogado era de los mejores y hacía lo que podía. Había pedido la excarcelación por falta de pruebas concluyentes. Millán también me parecía una persona honesta que haría lo posible por aclarar todo.

La cena me había cambiado totalmente la impresión que tenía de él.

Es verdad que desde el primer momento que le conocí siempre hubo una atracción que quise achacar al morbo que conlleva la autoridad y, por qué no reconocerlo, a su buena planta.

A pesar de que no se cuidaba, ni se quería, no dejaba de ser un hombre atractivo, probablemente mucho menos de lo que un día fue, o acaso más, ya que a muchos hombres la edad y el desengaño les favorecen.

Mientras cenábamos luché en todo momento contra la tentación de acabar la noche con él.

Me apetecía demasiado y, sobre todo, me apetecía de una manera irracional, y eso es algo que me aterra.

Puedo caer en los mayores excesos siempre que estén controlados al milímetro, razonados y autoargumentados, pero lo irracional es algo que me perturba porque nunca se puede controlar.

A muchas personas les parecería más irracional acabar en la cama de un jovencito desconocido y tener el cuerpo de este y la imagen de otro dentro de ti al mismo tiempo. Pero eso me parecía controlable, salvaje y satisfactorio a la vez.

Volví a sacar la imagen de Millán de mi cabeza para concentrarme en Elsa mientras mi paciente seguía con su retahíla de historias y yo asentía mecánicamente.

Pensar en Elsa como inocente era la mejor manera de poder ayudarla que conocía y eso me llevaba a intentar explicar su imagen grabada en la calle con los cuadros.

Demasiada coincidencia: o bien Elsa mentía y era ella a la que había cazado la cámara de vigilancia, o bien algo demasiado perverso se había construido en torno a ella.

Según lo que me contó, a esas horas estaba en una biblioteca pública esperando una cita que nunca llegó, así que la única manera de despejar las dudas era encontrar a alguien que la hubiera visto y la recordara.

La policía ya había hecho su labor y no había cámaras de seguridad en ningún rincón del edificio.

El escenario estaba bien elegido. Los empleados tampoco recordaban nada, pero eso tampoco era muy concluyente; cuando trabajas de cara al público y pasan delante de ti cientos o miles de personas al día llega un momento en que las caras se desdibujan, cuando no se convierten directamente en invisibles, como las personas que nos cruzamos cada día en la calle.

Solo quedaba la posibilidad de que un lector se hubiera fijado en su abrigo estridente y lo recordara varios días después.

Y seguro que esa posibilidad la policía la habría descartado por lo difícil e incómodo de una busca tan aleatoria e improbable.

Quizá esa era la manera de ayudar a Elsa: intentar buscar a alguien que ese día hubiera estado en la biblioteca y que la recordara. Una aguja en un pajar.

En las bibliotecas hay dos tipos de visitantes, los que van a sacar libros o los que usan la biblioteca como sitio para estudiar o pasar un rato.

De los que queda constancia de la visita es de los primeros, pero de los segundos nunca queda rastro porque no sacan libros y son precisamente estos, por habituales y más receptivos, los que podrían haberse fijado en otra persona, ya que son los que pasan allí más rato.

A estos habría que preguntarles, pero ¿cómo se les localiza?

Miré el reloj de la pared y la sesión con mi paciente estaba a punto de acabar. Las dos siguientes horas las tenía libres y la biblioteca donde Elsa decía que se encontraba a la hora del asesinato estaba a diez minutos en moto.