Guardaré tu última sangre 39 Millán
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39 Millán

La puerta del despacho del inspector se abrió de golpe y Ariza salió a toda velocidad.

—¿Dónde vas tan rápido? —le preguntó Teo al cruzárselo.

—Me llama el comisario jefe.

—Que no te pase nada.

Ariza sabía tan bien como su compañero que esa llamada no suponía nada bueno. El comisario jefe nunca se metía en nada porque nada le importaba salvo las peticiones del ministerio, que, afortunadamente, cada vez eran menos.

Ya en el ascensor camino de la última planta intentó recordar la última vez que le había visto.

Se dio cuenta de que fácilmente podía haber pasado más de un mes.

Salió y recorrió un par de pasillos flanqueados por despachos con gente de la que no tenía ni idea de a qué se dedicaba, probablemente tampoco ellos mismos lo supieran.

Al fondo, el despacho del comisario jefe y delante su secretaria, tan estirada como siempre.

—Pase, inspector Ariza, le está esperando.

Detrás de la puerta, un despacho tan insustancial como todos los demás, pero más grande, con más luz y menos papeles.

—Buenos días, Ariza, siéntese, siéntese —le dijo mientras se levantaba lo justo para estrecharle la mano por encima de la mesa.

—Buenos días, señor comisario.

—¿Cómo va el caso del artista sin cabeza?

—Hemos hecho grandes avances: como supongo que ya sabrá, el juez ha dictado prisión provisional para su exmujer después de ver las grabaciones de las cámaras que la sitúan en el lugar de los hechos con algo bajo el brazo que podrían ser los cuadros robados.

—Bien, muy bien, le felicito, una respuesta rápida y eficaz. Ojalá fueran así todos los casos y los procedimientos.

—Gracias.

—Sin embargo, parece que las cosas se van a complicar un poco.

—¿En qué sentido?

—Vengo del Ministerio del Interior, donde me acaban de colocar hace menos de una hora este regalito —dijo mientras le alargaba una carpeta transparente con un sobre y una fotografía dentro.

—¿De qué se trata?

—Véalo usted mismo, pero le aconsejo que no la saque del plástico.

Millán Ariza cogió la carpeta y pudo ver con toda claridad una foto en la que aparecía el cadáver del pintor tirado el suelo ya sin cabeza y, al lado, un lienzo con una pintura de más de dos metros.

Aunque estaba tapado en parte por el brazo y la pierna, se veía que habían pintado el cuerpo de Víctor Palacios en la misma posición que tenía en la foto, con la misma ropa y por supuesto sin cabeza.

—¿De dónde ha salido esta foto? —preguntó Ariza.

—De la redacción de un periódico. Ha llegado esta misma mañana y su director ha tenido la gentileza de entregársela en mano al ministro mismo.

—Supongo que no la publicarán y que se mantendrá bajo secreto de sumario.

—Supone mal, Ariza. Si la evidencia fuera nuestra y estuviera incluida en el sumario, quizá podríamos pararla, pero ha llegado a sus manos antes que al juez.

—Que se lo pida el ministro.

—No sea ingenuo, hombre, si el ministro tuviera que pedirle un favor al periódico no dude que se lo reservaría para otras cosas, seguramente para cuando estemos en plena campaña electoral.

—Podemos pedir una orden judicial.

—Podríamos, pero no serviría para nada; si esta foto no se publica hoy, mañana estaría en otro medio de comunicación. Los estaríamos obligando a renunciar a una exclusiva para nada.

—Ganaríamos tiempo.

—No más de veinticuatro horas, ya sabe cómo funciona hoy en día internet.

—Entiendo —dijo Ariza con resignación.

—Hemos conseguido, bueno, el ministro ha conseguido como un favor especial, que no la publiquen hasta mañana en la edición de papel, así que tiene todo el día de hoy de ventaja.

—Tampoco es una gran concesión, los periódicos necesitan vender papel y nunca sacan exclusivas en las ediciones digitales.

—No le quitemos méritos a la gestión del señor ministro.

—Dios nos libre de hacerlo.

—Hay algo más que venía junto con la foto —dijo el comisario—, si le da la vuelta a la carpeta podrá verlo.

—¿De qué se trata?

—Un trozo de tela, pero no tenemos muy claro lo que es; parece un pequeño lienzo pintado con lápiz y pintura, posiblemente un trozo cortado del que sale en la foto debajo del cadáver. En cualquier caso, como puede ver es original pintado a mano, no es una foto ni una copia. Tendrá que analizarlo.

—¿Cómo ha llegado esto hasta el periódico?

—Llevado en mano por un mensajero.

—Entonces tendrá un remitente.

—Tendrá que investigarlo, pero seguramente será alguien con un nombre falso y con un punto de recogida irrelevante. El dónde, quién y cuándo se los dejo a usted y su gente, pero está claro que la exmujer no ha podido ser.

—Podría haberlo dejado encargado a alguien antes de que la detuviéramos.

—Podría, y estoy seguro de que eso sabrá resolverlo tan bien como ha ido resolviéndolo todo hasta ahora.

—Veremos qué se puede hacer.

—Y ya sabe que tiene hasta mañana. En el momento en que se venda el primer periódico se desatará la locura en las altas esferas.

—Estamos acostumbrados.

—Eso es porque las llamadas de lo más alto no llegan a la segunda planta, pero ya le garantizo que esto se va a convertir mañana en un auténtico infierno, así que aproveche el tiempo.

—Lo haré —dijo el inspector levantándose.

—Manténgame informado.

Ariza se dirigió hacia la puerta después de que el comisario en jefe no hiciera ningún signo de levantarse ni de darle la mano. Cerró la puerta y se fue pensativo por donde había venido, en dirección al laboratorio con la carpeta en la mano.