40 Ana
El inspector Ariza paró el coche en la puerta de mi casa, justo en una zona donde no se podía aparcar. Cosas de policías. Se bajó con un paraguas, me abrió la puerta y me acompañó al portal. Cosas de caballeros.
—Muchas gracias por la cena —le dije.
—Un placer, espero que podamos repetir.
—Todo es posible.
—Todavía es pronto, podías invitarme a tomar una copa en tu casa.
—Mañana madrugo, y además nunca invito a hombres a mi casa. Regla de oro.
—Pensaba que vivías sola.
—Y vivo sola.
—Entonces, ¿quién te impide invitar a alguien?
—Yo misma me lo impido. Todos tenemos nuestras pequeñas normas que dan estabilidad a la vida. Esta es una de las mías.
—No lo entiendo.
—Necesitaría mucho tiempo para explicártelo y es tarde para aburrirte.
—Otra razón más para volver a quedar: explicarme tus normas.
—Ya veremos, pero te agradezco esta noche.
—Que descanses —dijo Ariza mientras me acercaba la cara para darme un beso de despedida en la mejilla casi en la comisura de los labios.
Por pocos milímetros pude sentir el borde de su boca en la mía.
Un leve giro de mi cabeza y se habrían encontrado de lleno, pero aguanté la tentación y las ganas de hacerlo.
—Gracias, buenas noches —respondí mientras me dirigía al interior del portal y le dejaba apoyado en el coche, no sé si esperando a que entrara al ascensor o mirándome el culo, o las dos cosas.
Mientras subía noté que mi corazón iba a mil por hora y que por dentro no estaba seca. Al llegar al rellano me quedé pensativa un instante con las llaves en la mano sin llegar a abrir la puerta.
Volví a guardar las llaves y llamé al ascensor. Bajé y antes de salir miré para asegurarme de que el coche no estaba. Ya se había ido. Salí y paré el primer taxi que pasó.
—Voy al Karma, en la plaza de Santa Lucía.
Las calles estaban desiertas, la lluvia tiene esa ventaja, limpia la ciudad de contaminación y de gente, dos cosas que no me gustan nada.
El taxi pudo parar en la puerta sin problemas.
Pagué y me bajé en dirección al local. El portero me abrió la puerta guiñándome un ojo.
Le devolví el guiño y una sonrisa de propina mientras entraba.
Dentro había la gente justa y la música adecuada, Otis Redding sentado en el muelle de la bahía.
Me acerqué a la barra y solo necesité saludar.
—Buenas noches —me dijo la camarera con su mejor sonrisa.
—Qué guapa estás esta noche —le contesté.
—Me sienta bien cuando te veo cruzar la puerta.
—Y a mí encontrarte cuando lo hago.
—¿Lo de siempre?
—Lo de siempre.
La camarera se volvió para coger mi botella de ron favorito y pude ver esa cintura que tan bien conocía y esas caderas en las que alguna vez me había perdido.
—¿Cerráis a la hora de siempre?
—A la de siempre, pero hoy he quedado. Viene a buscarme una amiga.
—Qué suerte tiene tu amiga.
—Si quieres le mando un mensaje y le digo que no venga.
—No, no me lo perdonaría —contesté mientras sentía los hielos en la yema de mis dedos.
—De verdad que no me importa —dijo la camarera.
—A ti puede que no, pero a mí sí. Otro día te aviso antes de venir.
—Pero si no tienes mi móvil.
—Sabré cómo encontrarte —respondí—. ¿Algo interesante esta noche?
—Poca cosa. El grupo de chicas del fondo de la barra que van muy lanzadas, llevan aquí desde que abrimos, y el chico que está al lado de la columna. Viene con un grupo, pero se desmarca cada poco para beber solo y otear el horizonte.
—Parece mono a esta distancia.
—De cerca también lo es.
—¿Me lo regalas? —pregunté.
—Tuyo es, pero me debes una —dijo la camarera con una sonrisa prometedora.
—Te la debo, y acuérdate de mí esta noche cuando apagues la luz.
—Lo hago siempre —me respondió lanzándome un beso que se quedó el aire.
Me fui directa al chico. Por el camino pude comprobar que le sacaba mínimo diez años, pero el pelo azabache y los ojos verdes hicieron que se lo perdonase.
—¿Te llevas mal con tus amigos?
—Hoy están pesados y me apetecía oír esta canción.
—Diez puntos para ti.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—¿Importa eso?
—No mucho.
—Respuesta correcta—. ¿Vives solo?
—Con mi perro.
—¿Muy lejos?
—A cinco minutos en moto.
—¿Tienes dos cascos y ron en casa?
—Siempre. Y si no lo tuviera lo buscaría para ti.
—Todas las respuestas correctas. ¿Me dejas probarme tu casco?
—Por supuesto, seguro que te queda bien.
—Vámonos —dije mientras apuraba de un trago la copa.
Cuando salía del bar siguiendo al chico me volví hacia la barra y devolví el beso que antes se había quedado en el aire.