41 Marcelo
Esa noche estaba lloviendo, lo justo para que la gente desapareciera de las calles y el suelo se convirtiera en un espejo de farolas y neones.
Marcelo Fonseca volvía a casa esquivando los charcos cuando una berlina de lujo con los cristales tintados se situó a su lado.
Una ventanilla se abrió y pudo ver el ceño fruncido de Enrique Zarza.
—¿Algún problema con el teléfono? —preguntó sin salir del coche.
—He tenido que apagarlo porque no paraba de sonar —contestó Marcelo.
—Hay soluciones más fáciles que eso, solo tienes que quitarle el sonido.
—¿Cómo me has encontrado?
—Es una parte fundamental de mi trabajo, encontrar a gente. ¿Te llevo?
—Prefiero dar un paseo —dijo el galerista.
—Tenemos que hablar.
—Acompáñame y hablamos por el camino, podemos pasear un rato.
—Está lloviendo —respondió el empresario.
—Ha parado y no hay gente, se ha quedado una noche perfecta.
Sin decir palabra el empresario subió el cristal de la ventanilla y automáticamente el coche se paró.
Del asiento delantero salieron dos metros de guardaespaldas que abrieron la puerta trasera.
Enrique salió y empezó a andar al lado del galerista.
El guardaespaldas les dejó alejarse una distancia prudencial hasta empezar a seguirlos a su paso.
—¿Cómo se te ocurre darle mis datos a la policía?
—No me quedó otra, iban a traer una orden judicial, así que mejor darle una parte de la información voluntariamente que no forzar un registro y que encuentren cosas que no nos interesa que encuentren.
—¿Qué datos tienen míos exactamente?
—Solo que has comprado cinco cuadros de Víctor y lo que has pagado por ellos.
—¿Solo eso?
—Nada más.
—¿Seguro?
—Te pasaré una copia del documento que les di para que sepas la información exacta que tienen y estés tranquilo.
—¿Por qué no me avisaste de que ibas a facilitar esa información?
—¿Cómo te aviso, por teléfono? ¿Y si los tenemos intervenidos? Además, que tengas cuadros tampoco es una información grave; es algo público, los tienes en sitios donde los puede ver mucha gente, tampoco te supondrá ningún problema.
—Déjame que yo decida lo que es o no es para mí un problema.
—Disculpa si te he creado uno, pero creía que te lo evitaba.
—Deberías haberles dicho que solo eran tres.
—Fueron cinco, Enrique.
—Pensaba que ese tema ya estaba aclarado, que los dos últimos eran un tema entre Víctor y yo.
—Tenía un acuerdo de exclusividad con Víctor, yo era su galerista y de todo lo que se vendía yo me llevaba una comisión.
—Los dos últimos me los vendió él directamente.
—Si él prefería hacer mi trabajo a pintar cuadros era una opción personal, pero eso no cambia las condiciones.
—No había nada firmado —dijo Zarza.
—Ya sabes que un acuerdo verbal consolidado tiene los mismos efectos legales que un contrato por escrito.
—Eso es discutible.
—No vamos a volver sobre el tema, me debes la comisión de los dos últimos.
—Sabes que nunca la vas a cobrar y que vas a perder a un buen cliente.
—Un cliente que te puentea no es un buen cliente.
—Un galerista que no maneja la información de sus clientes con discreción tampoco es un buen galerista.
—Hay mucha información que me callo, Enrique, y tú lo sabes, y por ahora lo seguiré haciendo.
—¿Por ahora? —dijo el empresario parándose en seco.
—¿Tienes algo más que decirme? Es tarde y tengo que volver a casa.
—No, solo asegurarme de que eres consciente de lo que te traes entre manos.
—Soy consciente, Enrique.
—Entonces, no tenemos nada más que hablar.
—Que tengas una buena noche —dijo Marcelo mientras se alejaba.
El empresario se quedó en el mismo sitio sin responder y al momento se le acercaron el coche y el guardaespaldas para abrirle la puerta. Se montaron y el coche arrancó tan silencioso como había venido.