42 Millán
Era incapaz de recordar la última vez que había aceptado cenar con un hombre.
No me gustan las citas y mucho menos si es una cena, es algo demasiado opresivo.
Estás atrapada hasta que se acabe, e incluso un buen rato después si el otro insiste en tomar una copa.
Y mucho peor si no te dejan pagar y te invitan, entonces es más difícil escapar incluso.
No me gustan ni los sitios ni las situaciones con salida difícil, necesito tener siempre una vía de escape despejada.
Por eso evito los ascensores, los túneles y los aviones, y nunca voy ni a conciertos ni a ningún sitio donde haya mucha gente o me sienta atrapada. Es una forma de claustrofobia.
En este caso había aceptado sobre todo por la curiosidad del comentario sobre los chicos del portal, también un poco por saber cómo evolucionaba lo de Elsa y, en parte, hay que reconocerlo, porque Millán Ariza era atractivo, con ese toque de desengaño de los que han tirado la toalla hace tiempo y no tienen la más mínima intención de agacharse a recogerla que tanto me atrae.
El sitio donde me había citado no le pegaba nada, era de cocina creativa y diseño minimalista.
Quizá esperaba el tópico de un policía en un mesón con frasca de vino y mantel a cuadros, así que aquello me había sorprendido.
Llegué, como siempre, un poco antes de la hora y pasé a la mesa a esperarle.
No me gustan las barras de los restaurantes, allí solo está la gente de paso que espera sentarse e ignora a los que los rodean; prefiero las de los garitos, la gente está allí como destino final y se rozan unos con otros.
Millán Ariza llegó puntual y sin haberse cambiado, se notaba la pinta de venir directamente del trabajo, o quizá es que no tuviera otro aspecto que ese.
—Qué puntual —dijo mientras me daba dos besos sin dudar y antes de sentarse.
—Siempre lo soy —respondí todavía rígida por lo extraño del contacto físico con un policía.
—Muchas gracias por aceptar cenar conmigo.
—Gracias por invitarme.
—Nunca había estado en este sitio —dijo el policía abriendo la carta.
—¿Y por qué lo ha elegido?
—¿Me vas a llamar de usted también aquí?
—Perdona. ¿Por qué lo has elegido?
—Pensé que te gustaría. Un sitio refinado para una señorita refinada.
—¿Quién ha dicho que lo sea?
—Esas cosas no se dicen ni se cuentan, se ven. Pura genética, colegios caros y buena educación.
—¿Cree que los modales no se aprenden, que son hereditarios?
—Una parte se puede aprender, pero hay otra parte más sutil que se lleva en la sangre. Y eso no implica que se herede de modo obligatorio, hay veces que salen hijos morenos de padres rubios.
—Cuánto sabe del tema, podría escribir un tratado sobre eso.
—¿Podría o podrías? Me gustaría que me trataras como a un amigo, aunque no lo sea —insistió Ariza.
—Podrías —le respondí con una sonrisa.
—Mucho mejor.
El camarero se nos acercó con la libreta en la mano.
—¿Saben ya los señores qué van a tomar?
—¿Qué te apetece? —preguntó él.
—Elige tú por mí, yo soy de poco comer.
—Tomaremos una parrillada de verduras al centro para compartir y de segundo el pescado del día. ¿Qué tienen?
—Merluza y lenguado —respondió el camarero.
—Yo el cogote de la merluza —dijo el policía.
—Yo tomaré el lenguado a la plancha, bastante hecho, por favor.
—¿Y de beber?
—Una botella de Godello, si te parece bien —dijo mirándome.
—Buena elección.
Mientras el camarero se alejaba, Millán me miró con una sonrisa.
—Te habrá parecido extraño que quisiera cenar contigo.
—La verdad es que sí.
—Los policías también necesitamos relacionarnos y hacer amigos.
—Nadie lo diría.
—No te cae muy bien la policía, ¿verdad?
—Digamos que no es mi colectivo favorito, pero entiendo la función que hacéis y que la gente con la que tratáis os contamine el carácter.
—Sí, los delincuentes pueden llegar a ser muy difíciles.
—O vuestros mismos compañeros y jefes, también.
—Sí, no te voy a quitar la razón, pero tú tampoco te relacionas con gente muy normal.
—Los problemas mentales son una enfermedad como otra cualquiera, como los trastornos digestivos o las lesiones del aparato locomotor, solo que la sociedad los penaliza y los rechaza más, pero no por eso son diferentes al resto, la gente que los sufre es tan normal como los demás.
—No me refería a tus pacientes.
—¿A qué te refieres entonces?
—No sé, al resto de tu gente —dijo Ariza.
—No me conoces de nada y menos aún a mi entorno.
—Llevas razón, no te conozco, discúlpame, eran simples suposiciones.
—¿Me estás intentando decir algo?
—No, de verdad que no.
—Venga, puedes ser sincero, no soy una muñequita de porcelana.
—Eso ya lo sé.
—Pues venga, adelante, no dejes las cosas a medias.
—¿De verdad quieres que sea sincero?
—Sinceridad extrema siempre, por favor.
—Los tres chicos del portal que te comenté describieron con bastante detalle a la persona que los atacó. Uno de ellos pudo ver que era mujer y su pelo blanco debajo de la gorra.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunté.
—Nada, solo asociación de ideas.
El camarero se acercó con una botella y una cubitera con hielo tapada con una servilleta. La dejó al lado de la mesa y abrió la botella.
—¿Quién lo va a probar?
—El caballero —me adelanté.
Millán hizo un gesto de aprobación después de probarlo y el camarero nos sirvió a los dos. Devolvió la botella a la cubitera y nos dejó solos.
—Tengo una curiosidad sobre ese caso que has comentado antes.
—Ya me imaginaba que te interesaría —dijo Ariza con una sonrisa.
—No es por nada, es que algo he leído en prensa.
—Pregunta lo que quieras.
—¿Cuántos eran los chicos?
—Tres —contesto Ariza—, aunque me parece que no es eso lo que quieres saber.
—¿Qué hacían tres chicos en un portal? —dije sin hacer caso a su comentario.
—Parece ser que se escondían de una carga de los antidisturbios.
—¿Y la mujer?
—Supongo que lo mismo.
—Y si ella era una mujer y estaba sola, ¿no crees que estaba en inferioridad de condiciones?
—Seguramente —dijo el policía mientras saboreaba el vino.
—Entonces, mi pregunta es: ¿quién era la víctima?
—Bien visto. Me gusta cómo tu cabeza analiza y disecciona. Según ellos, se escondían de una carga policial cuando entró la chica y esta los agredió sin cruzar palabra.
—¿Una chica entra en un portal detrás de tres chicos para agredirlos? ¿Eso qué te parece a ti como policía?
—Eso me parece que no se sostiene mucho, la verdad.
—Entonces, ¿cuál es tu opinión de lo que pasó?
—Sin tener todos los datos, y por lo que contaron, mi impresión es que eran unos niñatos que habían salido con ganas de bronca, se metieron en una manifestación que se descontroló, vieron que los antidisturbios era mucho para ellos, así que salieron por pies y se escondieron.
Una chica tuvo la idea de esconderse en el mismo sitio, y, al encontrarla sola y en un lugar donde nadie los veía, decidieron cambiar de diversión, pero tuvieron mala suerte.
—Entonces, ¿crees que recibieron lo que se merecían? —pregunté.
—Sin ninguna duda.
—Pues caso cerrado, ¿no?
—El caso nunca estuvo abierto, solo era curiosidad personal.
—¿Personal o policial?
—Personal. Al buscar en la base de datos de la comisaría chicas de pelo blanco relacionadas con episodios violentos no aparecieron muchas entradas, pero sí algunas y todas de la misma persona.
—Se supone que si no tienes antecedentes penales no puede haber datos tuyos.
—No puede haber datos tuyos a nivel judicial y público, pero entenderás que en una comisaría se quedan archivadas todas las denuncias y detenciones. Eso no tiene ningún valor administrativo, pero es fundamental para nosotros.
—Entiendo —dije después de probar el vino.
—Los chicos iban a presentar denuncia.
—¿Y por qué no lo hicieron?
—Hablé con ellos y les expliqué que si lo hacían tendrían que coincidir contigo y conmigo en la calle.
—¿Conmigo? ¿Qué tengo yo que ver en esa historia?
—Con la chica del pelo blanco, quería decir —dijo Ariza sonriendo.
—Fue un detalle por tu parte, poco profesional, pero un detalle.
—Ahorrando dinero al contribuyente y tiempo a la justicia.
—Bien visto.
El camarero regresó, esta vez con la bandeja de verduras a la plancha.
—¿Les sirvo?
—No, puede ponerlo en el centro, nosotros lo haremos —le dije para que nos dejara solos.
Millán siguió con el tema sin que yo tuviera que volver a sacarlo.
—Me sorprendió mucho toda esa información que salió de ti en nuestros ordenadores.
—¿Para bien o para mal?
—No sabría decir. No te pega nada estar relacionada con tanta violencia.
—Aborrezco la violencia.
—La verdad es que en ningún caso aparece que la iniciativa fuera tuya.
—Así es.
—Pero también es verdad que la reacción siempre fue un poco exagerada.
—La sociedad está tan acostumbrada a los excesos de los hombres con las mujeres que se le ha quitado hierro o incluso se ha llegado a ver como lo normal.
Si un hombre agrede verbalmente o con actos a una mujer no está bien visto, pero tampoco es para tanto: pobre, no supo controlarse.
Pero si una mujer agrede a un hombre, o, mejor dicho, se defiende de la misma manera que actúan ellos, eso hace tambalearse el superego colectivo de los tíos.
—Puede que lleves razón.
—No es que pueda, es que llevo razón —le dije asintiendo con la cabeza.
—Llevas razón. Vale.
—¿Para esto querías cenar conmigo?
—No, quería cenar contigo porque hacía tiempo que una mujer no me llamaba tanto la atención como para dar este paso.
—Me lo tomaré como un cumplido.
—Mejor tómatelo como un hecho.
—¿Qué tal está Elsa? —pregunté mientras el policía me servía la verdura.
—¿Desviando la conversación? —respondió.
—No, simple curiosidad.
—Pensaba que no querías saber nada del tema.
—No quiero involucrarme, pero eso no implica que no me interese por alguien que ha sido mi paciente.
—¿Ya no lo es?
—No es posible cuando hay implicación personal.
—Entonces, ¿yo podría serlo si alguna vez tengo un problema?
—Obviamente, no.
—¿Ya estamos implicados?
—Implicación es que tu vida interactúe con la de la otra persona, sea al nivel que sea, no hace falta que sea afectivo. Cualquier conexión o coincidencia ya es interactuar. Esta cena, sin ir más lejos.
—Vaya, tendré que buscarme otra terapeuta si tengo algún problema.
—No creo que a ti te sea útil un terapeuta.
—¿Por qué no?
—Demasiado cínico para abrirte, demasiado escéptico para escuchar y demasiado autosuficiente para aceptar lo que te digan.
—Eso ya casi es un diagnóstico.
—Solo es una primera impresión, ya que has esquivado mi pregunta.
—¿Qué pregunta? ¿Sobre la mujer del pintor?
—Es la única que te he hecho.
—Está bien, mañana la llevaremos ante el juez para que decida qué hacer con ella, y, si no la ingresa en prisión preventiva, tendremos que soltarla.
—¿Y qué crees que hará?
—¿A partir de aquí existe el secreto profesional?
—¿Eres consciente de que es la tercera vez que me lo preguntas? No debería hacer falta aclarar ese punto, para mí la confidencialidad existe las veinticuatro horas del día, sea lo que sea, pero si te quedas más tranquilo, sí, entre lo que hablemos tú y yo siempre existirá el secreto profesional.
—Me tranquiliza.
—Entonces, ya puedes contestarme.
—Pues te seré sincero, no tengo ni idea, cada juez es un mundo. No tenemos evidencias directas porque en la grabación no se le ve la cara, y un corte de pelo y un abrigo no son lo suficientemente concluyentes, aunque lleve los cuadros bajo el brazo.
—¿Solo tenéis eso? ¿Nada más? ¿Huellas, testigos…?
—¿Por qué te interesas tanto por ella?
—Algo me dice que es inocente.
—¿Qué te hace pensar eso?
—¿Crees que Elsa es una mujer inteligente? —le pregunté mirándole a los ojos.
—Aunque no he hablado mucho con ella, parece que sí.
—Una persona inteligente sabe a estas alturas que las aceras están llenas de cámaras de seguridad y nunca se le ocurriría ir por la calle con los cuadros robados.
—Eso tiene sentido, tengo que reconocerlo —dijo el policía.
—Y lo más importante es que he visto a mucha gente llorar, y con el tiempo he aprendido a distinguir las lágrimas verdaderas de las que no lo son.
—Te creo, pero eso no es una razón.
—Hay otra.
—¿Cuál?
—¿Habéis abierto ya el testamento de Víctor?
—Sí. Ayer nos llegó una copia de la notaría.
—Elsa es la heredera universal, ¿no?
—Así es. Te veo bien informada para no querer involucrarte.
—Si Elsa es la heredera, los cuadros que había en el estudio que estuvieran sin vender serían para ella.
—Supongo —respondió el policía.
—Entonces lo que me pregunto es: ¿quién roba algo que ya le pertenece?