Guardaré tu última sangre 43 Valerio
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43 Valerio

—No sé si ha sido buena idea.

—Lo ha sido. Habéis hecho bien en abrir de nuevo la exposición de Palacios.

No tenía ningún sentido tenerla cerrada, esos cuadros y esas esculturas estaban hechos para que los vieran los visitantes de la feria, ese era el deseo del artista y para eso estuvo trabajando, y también por el esfuerzo de los organizadores, sin contar que al resto de los expositores les viene genial.

Millán Ariza contemplaba las colas de gente que esperaban para visitarla.

Se había examinado toda el área al milímetro, limpiado y recogido el desastre, retirado el cadáver, y se habían montado cintas y equipos de seguridad para organizar las colas.

Los cuadros estaban todos y las esculturas también, salvo la que se correspondía con la cabeza de Víctor, que seguía en el estudio y que se había decidido no traer por una cuestión de sensibilidad.

—Gracias por venir, Valerio, necesitaba tener la opinión de un experto, además del dictamen de los peritos de la policía.

—Es un placer, mucho más interesante esto que la facultad.

—Espero no haber interrumpido ninguna clase.

—Ventajas de ser catedrático, siempre puedes delegar en un adjunto.

—¿Qué te parece la exposición? —preguntó el inspector.

—¿Desde qué punto de vista?

—Desde el artístico, yo de estas cosas no entiendo.

—Mi querido Millán, el arte es como el vino o la música, no hay que saber ni entender nada para apreciarlo.

Solo hay dos opciones: te gusta o no te gusta, te emociona o no.

Para apreciarlo y valorarlo no hay que haber estudiado ni ser un experto en nada, solo tener los ojos y el corazón abiertos y la mente limpia.

—A mí es que la mayoría de lo que veo en esta feria me deja frío, y además no me parece que se lo hayan trabajado mucho.

—Y hasta puede que lleves razón. Esas obras están hechas, o deberían estar hechas, para que las viera el gran público, y tú eres el gran público y tu impresión es la que cuenta.

—No creo que mi opinión valga mucho.

—Tu opinión es tan válida como la de cualquiera, y te diré que la comparto.

La mayoría de lo que hay en el arte contemporáneo no tiene gran valor o es una estafa directamente, muchas son malas copias de ideas anteriores con algún cambio, otras son simples tonterías enmascaradas en palabrería sin sentido y algunas pocas excepciones son maravillas y obras de mucho talento y trabajo, pero de verdad que son las menos.

—Vaya, acabas de explicar perfectamente lo que yo pensaba, pero no me atrevía a decir en voz alta por parecer un ignorante.

—Tranquilo, es lo que piensa la mayoría, y la mayoría no suele equivocarse.

—¿Qué te parece la obra de Víctor?

—A mí personalmente no me entusiasma mucho, pero tengo que reconocerle el valor pictórico, sobre todo de un año a esta parte que ha dado un salto cualitativo impresionante, la pincelada se ha soltado sin romper las figuras y la composición es mucho mejor.

—¿Crees que vale lo que se paga por ello?

—Tanto como lo vale un bolso de Louis Vuitton —respondió el catedrático.

—No entiendo —dijo el policía extrañado.

—En arte ya no se paga por el talento o el valor artístico del cuadro, se paga por la exclusividad y la relevancia social.

Los ricos, una vez se han comprado ya dos o tres mansiones, varios coches, el yate y la pareja, para seguir marcando distancias con otros ricos y ver quién la tiene más grande recurren a objetos exclusivos: ropa, joyas, y también arte, que además les sirve para decorar la casa y para demostrar que son más sensibles, modernos y sofisticados de lo que realmente son.

—¿Quieres decir que los cuadros en sí no tienen un valor intrínseco?

—Tanto como el bolso de Louis Vuitton. Sin una aureola de exclusividad no valdría ni de lejos lo que se paga por ello.

Hoy los artistas participan del star system y son como estrellas de rock , fenómenos mediáticos, más por su vida y su presencia en los medios que por su obra. Y en eso Víctor era un experto.

—Supongo que sus cuadros ahora se revalorizarán.

—Revalorizarse es poco, su precio se disparará a la estratosfera. La obra es la que hay, ya no habrá más, y a eso se le suma el morbo de su final.

—¿Cuánto podrá costar un cuadro suyo a partir de ahora?

—Imposible saberlo, depende de cuántos tuviera pintados sin vender, pero no creo que fueran muchos, Víctor vendía con facilidad.

También depende de quién sea el heredero y los planes que tenga, de si se desprende de ellos y a qué velocidad lo hace.

De entrada, es fácil que se multiplique por diez, pero el mercado del arte es como la veleidad y la estupidez de los millonarios, que no tiene límite.

—Su galerista me dijo que ya no vendía ninguno de sus cuadros por debajo del millón.

—Pues a partir de ahí, multiplica y calcula.