45 Ana
Algún día debería analizar qué extraña relación tengo con las comisarías.
No hay sitio en el que me sienta más incómoda y, sin embargo, que frecuente tanto sin yo quererlo.
Quizá haya alguna energía extraña que me une, alguna deuda pendiente del pasado, vete a saber.
Hago lo posible por mantenerme lejos, pero tarde o temprano termino volviendo.
Mientras esperaba al inspector Ariza en su despacho, pensaba que no me había equivocado con mi primera impresión de aquel sitio.
No había ni rastro de una mínima personalización, ni un detalle que lo humanizara.
Un sillón de piel de imitación, un archivador gris, un perchero con una chaqueta y un paraguas colgando, un ordenador que ya hace años era antiguo, dos teléfonos y una mesa llena de carpetas y papeles.
Salvo un mapa de la ciudad sujeto con chinchetas, las paredes estaban como el alma de los que allí trabajaban, vacías y sucias.
—Gracias por venir, doctora Dema —dijo el inspector mientras cruzaba la puerta y me alargaba la mano para saludarme.
—De nada.
—Como le he dicho por teléfono, hemos detenido hace unas horas a Elsa Nebot en relación con la muerte de su exmarido.
—Marido, nunca se divorciaron —puntualicé.
—Lo que sea. El caso es que a la única persona que nos ha pedido que avisemos aparte de su abogado ha sido a usted, a nadie más.
—¿Por qué a mí?
—Ni la más remota idea. Eso tendrá que preguntárselo usted a ella.
—¿Por qué la han detenido?
—A esa pregunta, en teoría, tampoco puedo contestarle hasta que el juez no la vea, pero si me promete que esa información no saldrá de aquí se lo explico.
—Ya sabe que la discreción es la base de mi trabajo.
—Lo sé y por eso confío en usted. Al parecer, su amiga nos ha mentido sobre dónde estaba en el momento del asesinato de su marido.
—¿Cómo lo saben?
—Revisando las cámaras de los comercios de los alrededores del estudio de Víctor Palacios, han aparecido imágenes que la sitúan a dos calles, justo unos minutos después de la muerte, con unos lienzos bajo el brazo.
—¿Seguro que era ella? Aquí mismo nos dijo que a esa hora estaba acompañada.
—Juzgue usted misma —dijo el policía acercándome una foto en papel.
La cara no se le veía porque la foto estaba tomada desde arriba, pero el corte de pelo, la constitución y la altura eran los suyos, y sobre todo el inconfundible abrigo de cuadros blancos y negros.
—¿Qué lleva bajo el brazo? —pregunté.
—¿De verdad puedo confiar en su absoluta discreción?
—Tiene mi palabra, ya se lo he prometido.
—Ok, el día que mataron a Víctor Palacios también robaron del estudio varios cuadros y dibujos.
—Parece más una alfombra que cuadros.
—Exacto, porque los quitaron de sus bastidores de madera, para poder llevárselos con más facilidad.
—No sé qué decir —dije mientras seguía mirando la foto.
—No es un abrigo muy habitual, y el color y el corte de pelo coinciden.
—Sí, eso parece.
—Lo de los cuadros no ha trascendido a la prensa y no le hemos dicho todavía nada a Elsa, por eso le he insistido tanto en que no comente nada.
—¿De qué tamaño exactamente eran los cuadros?
—Los lienzos eran grandes, como los que hay en la exposición actual, coinciden con la foto.
— ¿Y los bocetos?
—Más pequeños, de tamaño A3, como dos folios, pero no sabría decirle con exactitud. Han desaparecido todos.
Los pensamientos se me agolpaban en la mente sin dejarme pensar con claridad. Tenía en casa un boceto del mismo tamaño de los que habían desaparecido y que me habían regalado al día siguiente del asesinato y robo.
—¿Quiere verla? —me preguntó Ariza.
—No lo sé, yo no tengo nada que ver en todo esto. El día que vine porque ella me lo pidió, la vi muy afectada y pensé que iba a ser un simple trámite.
—Ella ha pedido que la llamemos y poder verla.
—¿Es posible visitarla?
—En teoría no, pero hasta que el juez dictamine si ingresa en prisión preventiva o no, queda a mi libre decisión quién habla con ella.
—No sé qué hacer. ¿Por qué no ha pedido que avisen a su familia?
—Parece ser que viven lejos y no tienen relación, la única familia era su marido y hoy no tenía el móvil encendido.
—No tiene gracia.
—Disculpe, intentaba romper el hielo.
—No se preocupe.
—Visitarla y oírla no la compromete a nada, y lo mismo le dice algo que pueda ayudarnos a nosotros o ayudarla a ella.
El inspector llevaba razón, escucharla no me comprometía a nada y siempre podría ayudarme a poner en orden mis ideas, o por lo menos a ganar tiempo para pensar con más claridad y perspectiva.
—Vale, pero no puedo estar mucho tiempo.
—Ni nosotros podemos dejarla. Solo tiene diez minutos. La acompaño —dijo el inspector levantándose y abriendo la puerta del despacho.
Caminamos junto a un buen número de mesas y atravesamos dos pasillos.
Bajamos en un ascensor en el que iban dos hombres con la misma pinta que el resto.
Chaquetas baratas, gastadas y deslucidas.
Las mismas miradas clavándose en mí, igual que la de todos con los que me cruzaba.
Quería pensar que yo no tenía nada especial, que simplemente eran así con las pocas mujeres que llegaban hasta allí.
Al llegar a la planta sótano salimos a un descansillo.
Me era familiar. No era la primera vez que lo pisaba.
Seguimos por otro pasillo, giramos y en la cuarta puerta el inspector se paró.
Llamó con los nudillos y, sin esperar respuesta, la abrió ofreciéndome con un gesto de su mano la posibilidad de pasar. Entré sola.
—Diez minutos —me recordó el inspector y cerró la puerta.
La habitación estaba tan desangelada como todas las de ese edificio.
Una cámara en una esquina, una lámpara colgando del techo sobre una mesa y dos sillas.
En una de ellas estaba sentada Elsa, llorando.
No se levantó y yo me senté al otro lado de la mesa.
Se aferró a mis manos en cuanto las tuvo a su alcance.
—Gracias por venir, Ana. No tenía a nadie a quien recurrir.
—No te preocupes, aquí estoy.
—Sé lo que estás pensando, pero tienes que creerme, no tengo nada que ver con la muerte de Víctor, yo le quería.
—Tranquila, todo se aclarará —fue lo único que acerté a decir.
—Aunque te resulte extraño, eres la persona en la que más confío.
—Tu abogado es en quien debes confiar.
—Ya ha estado aquí, pero no me da muchas esperanzas a corto plazo. Dice que duda de que me dejen salir con las evidencias que tienen.
—Ellos son los expertos.
—Me ha contado que hay grabaciones mías a la hora en que mataron a Víctor cerca de su casa, pero eso no es posible.
—¿Por qué no puede ser?
—Hace mucho que no voy por su barrio, y a esa hora había ido a una entrevista.
—Entonces, ya tienes tu coartada.
—No es tan fácil, la persona con la que había quedado no vino y me quedé esperando.
—¿Cómo es eso?
—Alguien me llamó el día anterior, una mujer cuyo nombre no recuerdo, pero que dijo que era de una revista de arte, que buscaban colaboradores y que Víctor les había hablado de mí.
Eso era muy de Víctor, siempre cuidando a su gente.
Me citó en la biblioteca del parque a las siete de la tarde y allí estuve esperando más de una hora sin que nadie apareciera.
—¿No te pareció un poco raro que te citara en una biblioteca?
—Un poco, sí, pero tampoco lo suficiente para desconfiar, lo asocié a un sitio relacionado con la cultura y me pareció bien.
—Al ver que se retrasaba, ¿no llamaste para preguntar qué pasaba?
—No tenía su número, cuando llamó pensé que se habría quedado grabado, pero luego resultó que había llamado desde un número oculto.
—¿Hablaste con alguien en la biblioteca?
—No, ¿para qué? No fui a sacar ningún libro, suponía que en algún momento llegaría. Me pasé todo el rato sentada en los sillones que hay en la entrada.
—Qué coincidencia más extraña.
—Ana, tienes que creerme. Yo todavía quería a Víctor, soy la última persona que desearía que le pasara algo malo.
—Que yo te crea o no te crea es lo de menos, Elsa, lo que importa es que te crean la policía y el juez.
—Lo sé, lo sé, estoy segura de que todo se aclarará, pero ahora no estoy bien; por si no tuviera suficiente con lo de Víctor, encima esto.
—Nadie está bien aquí, te lo digo por experiencia, pero seguro que, como tú dices, todo se aclarará, es cuestión de tener paciencia.
—Paciencia, paciencia, estoy harta de tener paciencia en la vida para que luego las cosas no se arreglen —dijo Elsa mientras se le humedecían los ojos.
—Esta vez se solucionará, ya lo verás. ¿Hay algo que necesites o en lo que te pueda ayudar?
—Sí, no me han dejado traer nada de casa. Me vendría bien algo de ropa limpia y un cepillo de dientes.
—Si me dejan traértelo cuenta con ello, y si no intentaré dárselo al inspector Ariza para que él te lo haga llegar.
—Gracias otra vez, no sé qué habría sido de mí sin ti en todo esto, no sé cómo pagártelo.
—Ahora que lo dices, hay algo que había decidido y no tiene nada que ver con tu detención.
—¿De qué se trata?
—No puedo quedarme con el dibujo.
—¿Por qué no? Era mío, me lo dio Víctor cuando vivíamos juntos, puedo hacer lo que quiera con él. ¿No te gusta?
—Me encanta, es precioso, pero no puedo aceptarlo, es demasiado valioso. Yo te he hecho un favor sin esperar nada a cambio, quedármelo sería algo extraño sin conocernos tanto.
—Pensaba que íbamos a ser amigas.
—Los amigos no se hacen en un día, ni con un regalo ni un favor, ya te dije que es algo que se construye poco a poco durante mucho tiempo.
—Sigo queriendo que lo aceptes.
—No puedo, en cuanto salgas te lo daré.
—No me crees, por eso no quieres quedártelo.
—De verdad que lo decidí ayer por la noche, pensaba llamarte hoy para decírtelo, pero las cosas se han precipitado.
—Ana, tienes que creerme, no tengo nada que ver con todo esto.
—Te lo he dicho antes, Elsa, no soy yo quien tiene que creerte, es la policía la que tiene que convencerse de que no tienes ninguna implicación.
—¿Por qué iba yo a querer matar a Víctor?
—Yo no soy quién para responder a esa pregunta, pero supongo que el testamento a tu favor y la demanda de divorcio no ayudan a despejar dudas.
Elsa metió la cabeza entre las manos y volvió a romper a llorar cuando la puerta se abrió y entró el inspector Ariza.
—Se acabó el tiempo, doctora.
—Tengo que irme, Elsa, prométeme que mantendrás la calma.
—Lo haré, pero prométeme tú que me ayudarás.
Durante un instante guardé silencio y no supe qué decir.
—Prométemelo —insistió Elsa sin soltarme la mano mientras Ariza nos miraba acuciante.
—Te lo prometo —no pude evitar decir para poder salir de allí.
La salida hasta la calle fue en silencio, demasiadas cosas en tan poco tiempo. Tenía que poner distancia con todo aquello que ni me iba ni me venía. El inspector Ariza rompió el mutismo.
—Ya hemos estado en la biblioteca enseñando fotos de ella y nadie recuerda nada. Un abrigo así es fácil de recordar.
—¿También lo llevaba ese día?
—En eso, al menos, ha sido sincera y lo ha reconocido.
—De todas maneras, me da igual, he venido porque usted me lo ha pedido, pero esto es un asunto que no me incumbe y del que no me gustaría saber más.
—¿Habría posibilidad de que no me llamara de usted?
—Me siento más cómoda hablando de usted cuando se trata de temas oficiales o laborales.
—¿Y para temas no oficiales?
—No tenemos ningún otro tema que tratar, supongo.
—Me gustaría hacerle una pregunta no laboral ni oficial.
—Usted dirá.
—Fuera de la comisaría —dijo el inspector Ariza.
—Ahora tengo trabajo, ya he perdido hoy mucho tiempo, espero que lo entienda.
—Lo entenderé si me deja llamarla para esa consulta personal.
—Es usted libre y supongo que tendrá mi número.
—Me tomaré eso como un sí.
Habíamos llegado hasta la puerta. Era la primera vez que me acompañaban a la salida de una comisaría, siempre lo habían hecho a la entrada.
—Y tenga cuidado si sale sola a altas horas.
—¿A qué viene ese consejo? Siempre tengo cuidado.
—La noche es muy peligrosa, ayer les dieron una paliza a tres chicos en un portal después de una manifestación, uno de ellos todavía está en el hospital.
Me quedé muda. Primer error.
—Nunca se sabe con quién te puedes encontrar en la calle y cómo puede reaccionar —dijo el policía con una media sonrisa.
Seguí callada y no me despedí. Segundo error.
El silencio y mi cara me habían delatado.
Solo acerté a despedirme con un gesto de la mano.
Aquel comentario me había descolocado. Me puse el casco, arranqué la moto y me perdí en dirección al trabajo.
Iba serpenteando entre los coches a toda velocidad y mi cabeza daba más vueltas aún que los cilindros de la moto.
Llegué a la consulta en un tiempo récord.
La adrenalina de la velocidad me había puesto todavía más acelerada de lo que había salido de comisaría.
Aparqué, guardé el casco y vi que tenía varias llamadas perdidas del mismo número.
Justo en ese momento volvió a sonar. Lo cogí.
—Hola, Ana, soy Millán.
—¿Qué Millán?
—Millán Ariza.
—Ah, perdone, no había caído.
—Ya que has decidido no saber nada más de este caso, me gustaría hacerte una pregunta rápida que no es oficial ni laboral.
—Usted dirá.
—¿Me dejarías invitarte a cenar esta noche sin llamarme de usted?