46 Enrique
El despacho ocupaba casi toda la planta del último piso del edificio donde estaba su holding de empresas.
Detrás de unas grandes cristaleras se veían todos los tejados de la ciudad y, delante, el empresario de pie, en mangas de camisa y con tirantes, hablando por teléfono.
No era muy alto, pero sí robusto dentro de su altura; debía rondar los sesenta, pero todavía mantenía un frondoso pelo gris perfectamente peinado.
Sin colgar, le hizo una seña al subinspector Teodoro Saldaña para que se sentara mientras él seguía de pie escuchando a la persona que hubiera al otro lado de la línea.
Teo no sabía mucho de arte, pero le sonaba que la estatua de bronce de una mujer gorda, de metro y medio de altura, era de algún artista famoso.
Todas las paredes estaban repletas de cuadros, una lata de sopa gigante, una mujer mal dibujada con la nariz doblada y un ojo torcido, todos le sonaban, aunque no sabía de quiénes eran.
Solo pudo reconocer uno de Víctor Palacios al fondo sobre un tresillo, y eso porque llevaba dos días viendo cuadros suyos.
—Dile a ese cabrón que me da igual que tenga un Goya, que estemos a mitad de rodaje y que sea el protagonista, que a mí no me toca los huevos nadie, que suspendo la película y me quedo tan ancho —gritó el empresario por teléfono un instante antes de colgar dando un golpe contra la mesa—.
Discúlpeme, inspector, problemas de trabajo.
—No se preocupe, siento haber venido sin avisar, pero nuestros temas son difíciles de planificar.
—Ya me imagino, no se preocupe, dígame en qué puedo ayudarle.
—Es sobre Víctor Palacios.
—Sí, ya lo he leído, terrible, ha sido terrible.
—Creo que usted compró varios cuadros suyos.
—Sí, ese que tiene a la espalda es de Víctor.
—Según nuestros datos, le compró cinco cuadros a la galería de Marcelo Fonseca.
—No, no es exacto.
—¿No tiene cinco cuadros?
—Tengo cinco cuadros, así es, pero solo tres se los compré al señor Fonseca.
—¿Y los otros dos?
—Directamente a Víctor.
—¿Eso se puede hacer?
—No es ilegal comprar cuadros y que yo sepa no tenían ningún contrato de exclusividad.
—No conozco muy bien el sector del arte.
—En lo que se refiere a la parte económica, es como todos los negocios, siempre hay uno que vende y otro que compra.
—Me habían llegado informaciones de que tuvo algún desencuentro con Víctor Palacios o con Marcelo Fonseca.
—Con Víctor ninguno, nos llevábamos muy bien, era un tío cojonudo.
—¿Y con su galerista?
—Yo con él tampoco tengo ningún problema.
—¿Y él con usted?
—Eso tendrá que preguntárselo a él.
—¿Sabe de lo que le hablo? —preguntó Teo.
—Los cuadros de Víctor son una buena inversión, y por eso se cotizan muy caros en el mercado, ninguno baja ya del millón de euros.
—Sí, eso lo sabía.
—Víctor y yo nos habíamos ido haciendo amigos después del primer cuadro que le compré y coincidíamos mucho, llegamos a tener mucha confianza y hablar de todo, incluso de temas personales.
Cuando me enteré de que el galerista se quedaba con la mitad del precio de cada cuadro le dije que me parecía un abuso.
Yo hago negocios a veces solo con un diez por ciento de margen, y eso con más trabajo e inversión por mi parte.
—Bueno, el galerista se supone que promociona al artista, busca los compradores y gestiona los cobros, sin él no habría ventas.
—Puede que en otros casos sí, pero no en este. Víctor era un relaciones públicas nato, él mismo era su mejor representante y publicista. No necesitaba a nadie.
—Entonces decidieron, con los dos últimos cuadros, saltarse al galerista.
—Así fue. Yo le compré dos por millón y medio, setecientos cincuenta mil cada uno, un veinticinco por ciento más barato para mí y un veinticinco por ciento más de beneficio para él. Las dos partes salíamos ganando.
—Todo eso ¿en efectivo?
—En absoluto, le pagué con un cheque y él me facturó, todo legal.
—Pero había una tercera parte que perdía.
—El que no hace nada no pierde nada. Yo conocía a Víctor de modo más personal y estaba a punto de cambiar de galerista. Fonseca en los últimos tiempos se había relajado, solo se sentaba a cobrar y no hacía nada más.
—¿Cómo sabe que iba a cambiar de galerista?
—Me lo dijo el propio Víctor en una cena, una semana antes de que lo mataran.
—Entonces, ¿la discusión no fue con Víctor?
—Yo no discutí con nadie. Adoraba a Víctor como artista y como persona. Era un tío genial en todos los sentidos.
—¿Con Marcelo Fonseca tampoco?
—Al señor Fonseca no tengo que darle explicaciones y él no se atrevió a pedírmelas. Y de lo que hablaron o pasó entre ellos no tengo la más remota idea.