Guardaré tu última sangre 47 Millán
33%

47 Millán

Los pies encima de la mesa no era una pose de policía, era una pose de vértebras machacadas por horas mal sentado en coches y despachos.

La espalda ya hacía tiempo que había empezado a pasarle factura y en esa posición no le molestaba.

Más de treinta años en el cuerpo era media vida.

Ya ni se acordaba de aquel jovencito recién salido de la academia con ganas de arreglar el mundo y de presumir delante de las chicas.

Poco a poco fue descubriendo que no estaba en el sitio adecuado para solucionar nada a pesar de tener una hoja de servicios con tantos éxitos como desencuentros con sus jefes.

Le costó mucho, pero al final tuvo que asumir que la policía trabajaba para el poder y que las chicas que a él le gustaban preferían el brillo de un diamante al de una placa.

Dos divorcios, innumerables traslados dentro del cuerpo y tragar mucha bilis habían llevado sus pies a esa mesa tan gris como el despacho y su vida.

Teodoro Saldaña entró como siempre, acelerado y sin llamar a la puerta.

—Puedes pasar, Teo, adelante.

—Vengo del hospital, jefe.

—Ya imagino. ¿Qué tal la chica?

—La chica, bien, una monada, pero me sigo quedando con la ex.

—Preguntaba si había recuperado la memoria.

—Ya lo sé, jefe. Solo te vacilaba para animarte, que es muy temprano y ya tienes cara de ajo.

El subinspector Saldaña fue hasta la ventana, la abrió, se sentó en el alféizar y, como siempre, se encendió un cigarrillo sin preguntar.

—Ponte cómodo, Teo, estás en tu casa.

—Gracias, jefe. ¿Qué son esos papeles que te tienen torcido?

—Estaba estudiando la lista de los compradores de cuadros y no daba crédito a la pasta que tienen algunos y cómo se la gastan.

—La gente es más lista que nosotros.

—O tiene menos escrúpulos. Una buena parte de los clientes de Fonseca tienen investigaciones fiscales abiertas o antecedentes por delitos monetarios.

—Igual son de los que compran arte para blanquear dinero —apuntó Teo.

—No creo que todos, pero puede que algunos sí.

Por lo general, las galerías trabajan de forma legal, pero los artistas a veces venden directamente y sin factura.

Piensa en un cuadro que se venda por un millón de euros, de eso la galería se queda su comisión, que es el cincuenta por ciento del millón.

La otra mitad va para el artista, pero de esa cantidad todavía tiene que pagar impuestos; al final de ese millón que alguien pagó por un cuadro al artista le puede estar llegando solo la tercera parte, unos trescientos mil, el resto se ha quedado en impuestos y comisiones.

Imagina en esa situación que alguien habla con el artista saltándose al galerista y le ofrece comprarle a él directamente sin factura y pagándole en efectivo.

—Difícil resistirse, pero ¿cómo demuestra que el cuadro que ha comprado es suyo?

—Esa es la clave. He estado investigando y la mayoría de las obras de arte no tienen documentación ni facturas.

Son herencias o se venden entre particulares sin que quede constancia.

Un día dejas que le hagan fotos para una revista de arte o decoración o lo prestas a una exposición y en el catálogo lo incluyen como de la colección particular de fulano de tal, y a partir de ese momento es oficialmente tuyo y ya puedes volver a venderlo sin que nadie te pida más garantías.

—Bueno, yo tampoco guardo facturas de nada.

—En ese proceso, un millón de euros ilegal se ha convertido en un millón legal. Es dinero fuera del control del Estado y de los bancos, se revaloriza, te decora la casa y te da un toque de elegancia y prestigio.

—Negocio redondo. Además de lavar dinero, te lava la cara.

—Exacto.

—Jefe, ¿tú crees que Palacios hacía eso?

—No lo sé, es una posibilidad.

—Pero según lo que cuentas el único que podría confirmárnoslo es el artista, y mucho me temo que en estos momentos el nuestro no tiene la cabeza para declaraciones.

Millán sonrió por primera vez en toda la mañana.

—¡Qué cabrón estás hecho!

—¿Es verdad o no? —dijo Teo apagando el cigarrillo en la pared por fuera la ventana.

—Es verdad, pero cuéntame sobre la novia, ¿qué te ha parecido?

Teo se levantó de la ventana, la volvió a cerrar y se fue hasta la silla que había delante del escritorio de Millán Ariza, se sentó y puso los pies como su jefe.

—Parece buena chica. La pobre está destrozada, no es para menos, aunque tiene ganas de colaborar.

Estaba hasta arriba de tranquilizantes, pero ha hecho un esfuerzo para que hablásemos.

Un par de veces ha roto a llorar y aun así ha contestado a todo.

Tiene ganas de que pillemos al que lo ha hecho.

Yo creo que estaba totalmente enamorada de Víctor.

—¿Y qué te ha dicho?

—En resumidas cuentas: que el día que lo mataron estaba en su casa con un amigo que ha venido a visitarla y que no fue a la exposición porque tenía jaqueca.

—Cuánta información, qué gran investigación policial.

—No me toques los cojones, jefe, que ahora viene lo bueno.

—Venga, cuenta, cuenta.

—Parece ser que unos días antes de la exposición Víctor tuvo una bronca con Marcelo, su galerista, a cuenta de un coleccionista.

—Vaya, ya tenemos algo, por fin. Y el coleccionista, ¿te ha dicho quién era?

—No, solo que ya tenía varios cuadros de Palacios.

Millán Ariza se incorporó y rebuscó entre los papeles hasta dar con lo que buscaba.

—Con ese dato solo puede ser uno. La mayoría de los coleccionistas solo tienen un cuadro, pero hay un comprador que en el último año se ha quedado con cuatro cuadros.

—¿De quién se trata?

—Enrique Zarza.

—¿Ese no es el constructor al que le pillaron cien kilos de cocaína en sacos de cemento en una de sus obras? —preguntó Teo.

—El mismo. Pero no consiguieron demostrar que era suyo.

—Sí, ya me acuerdo, consiguió cargarle el mochuelo a uno de sus capataces.

—Pues resulta que, además de constructor y de llevar sacos de cemento de un país a otro, es productor de cine y uno de los coleccionistas de arte más prestigiosos de este país. Su colección es una de las mejores y más valiosas de la ciudad.

—Normal, con tanto cemento, en algo tendrá que invertir.

—Pues no te quites la chaqueta, que nos vamos a hacerle una visita.

—¿Sin avisar?

—Mejor le damos la sorpresa.

Millán se levantó de la silla, cogió su chaqueta y se la estaba poniendo cuando llamaron a la puerta de su despacho.

—Adelante.

Un compañero de la comisaría entró con una foto en la mano.

—Ya casi hemos revisado todas las cámaras de la zona.

—Muy bien —dijo Ariza—. ¿Habéis encontrado algo?

—Puede ser. Hemos encontrado a alguien con un rollo grande bajo el brazo del tamaño que tendrían los cuadros que faltan en el estudio.

—¿A qué hora?

—A las siete y media de la tarde.

—Justo al poco de que el portero subiera al quinto piso por la llamada falsa y dejara vacía la portería —dijo Teo.

—¿Cómo era esa persona?

—Os he sacado una foto del momento exacto, aunque no se le ve la cara, pero lleva un abrigo muy peculiar.

Los dos policías miraron la foto que su compañero les dejó encima de la mesa.

Era de una cámara de la calle, por lo que estaba tomada desde arriba, pero podía verse sin problema a una mujer morena, con el pelo corto y un abrigo de grandes cuadros blancos y negros, como un ajedrez, que llevaba algo bastante grande enrollado bajo el brazo.

Los dos policías se miraron fijamente.

—¿Te suena? —le preguntó Millán a Teo.

—Como para olvidar el abrigo y lo que va dentro.

—Creo que tendrás que ir a ver a Enrique Zarza tú solo.

—¿Por qué yo solo?

—Porque yo tengo que ir a detener a Elsa Nebot.