48 Daniel
Cuando oyó que llamaban a la puerta de su piso, dudó si abrir o no.
Le parecía muy agresivo que hoy en día alguien llamara directamente a la puerta de una casa sin avisar antes, al menos desde el telefonillo del portal.
Solo podía ser un vecino o un pedigüeño que se había colado en la casa, y ninguno de los dos podía prometer nada bueno.
El timbre seguía sonando insistentemente, así que se acercó a escudriñar por la mirilla quién era. Daniel Rincón acercó el ojo al visor y descubrió una figura familiar en el descansillo. Se dio la vuelta, se apoyó sobre la puerta, respiró hondo y siguió dudando.
El sonido del timbre dio paso a unos golpes de nudillos.
—Daniel, sé que estás ahí. Ábreme, por favor.
El pintor abrió la puerta.
—Buenos días, Elsa.
—Buenos días, pensé que me ibas a dejar aquí.
—¿Cómo has entrado al portal?
—Llegaba un vecino en ese momento.
—¿Por qué no has llamado abajo o has avisado antes de venir?
—Porque pensaba que no ibas a querer verme.
—No es que no quiera verte, es que no creo que sea bueno que nos vean juntos.
—¿Me invitas a pasar o me vas a dejar aquí de pie?
—Perdona, pasa, pasa.
Elsa entró y se fue directamente al salón. Daniel cerró la puerta y la siguió.
—¿Me vas a ofrecer algo para beber?
—¿Qué te apetece?
—¿Te tomas una copa conmigo? —contestó Elsa mientras se sentaba en el sofá.
—Nunca bebo tan temprano, pero si tú quieres te la pongo.
—Entonces, nada. Ven siéntate aquí a mi lado.
—No, prefiero sentarme aquí en el sillón.
—¿Cómo estás?
—Mal, muy mal. ¿Y tú? —preguntó Daniel.
—Peor, ya te puedes imaginar.
—Sí, ya supongo… ¿Qué tal te fue en comisaría?
—Bien, lo esperaba peor, han hecho alguna insinuación fuera de lugar, pero el resto bien, yo creo que ha sido porque el comisario conocía a Ana.
—¿Ana es tu terapeuta?
—Sí, la doctora Ana Dema.
—¿Fue contigo?
—Sí, le dije que no quería que vinieran a casa y tampoco quería ir sola.
—¿Qué han insinuado?
—Directamente nada, pero me han preguntado dónde estaba a la hora en que ocurrió lo de Víctor.
—Eso es lo normal, hacen su trabajo. Aquí han estado también. Eran dos, uno alto, el que mandaba, y otro más bajito, su ayudante, pero los dos cordiales.
—El que habló conmigo era más bien alto, se llamaba Ariza de apellido.
—Sí, ese es uno de los que estuvieron. ¿Te preguntaron por mí?
—No. ¿Y a ti por mí?
—Tampoco —respondió Daniel.
Elsa se quedó un rato callada y al poco tiempo miró a Daniel directamente.
—¿No crees que deberíamos retomar la conversación de ayer?
Daniel se quedó callado un momento y desvió la mirada. No contestó.
—No podemos dejar las cosas así —siguió Elsa.
—Al revés. Es lo que creo que deberíamos hacer. Dejar las cosas así.
—Ahora que ya no está Víctor todo será de otro modo.
—Víctor va a estar siempre ahí, Elsa, esto es una maldita pesadilla, no nos lo vamos a quitar de encima nunca.
—Igual con el tiempo…
—Nunca. Tú sabes bien que eso no va a ocurrir nunca —respondió Daniel.
—Creo que esto te está afectando más de lo que imaginaba.
—Víctor está muerto. ¿Cómo quieres que no me afecte?
—Quizá lleves razón y ahora no sea el momento de hablar nada. Pero no en que deberíamos dejar las cosas así.
—No me apetece hablar de todo esto y creo que no deberías haber venido. No creo que sea bueno que nos vean juntos, ayer por poco me pilla en tu casa esa doctora.
—Pero es lo que yo quiero, que estemos juntos —dijo Elsa.
—No era eso lo que me decías ayer.
—Ayer era ayer, hoy es hoy, y lo que importa es cómo va a ser mañana.
—Elsa, me gustaría estar solo.
—Como tú quieras, Daniel, discúlpame por haber venido, necesitaba verte y necesitaba hablar contigo.
Daniel continuó callado mirando al suelo sin levantar la cabeza.
—No insisto más, me voy —siguió Elsa, levantándose—. No hace falta que me acompañes, conozco la salida.
Elsa se dirigió a la puerta y un momento antes de salir del salón se giró.
—El tiempo y el silencio no van a borrar lo que ha pasado, convéncete.