Guardaré tu última sangre 50 Ana
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50 Ana

En el momento en que me despierto por la mañana, ese primer instante en el que lo único que he sido capaz de mover es un párpado, siempre espero que todavía no haya llegado el día siguiente y que aún me queden más horas para dormir.

Lo cierro e intento pensar que todavía estoy soñando para poder seguir más tiempo protegida bajo la sábana.

Cuando ya me convenzo de que no, de que ya no podré dormir más, de que puedo seguir allí, pero tendrá que ser despierta, los abro definitivamente, me incorporo y miro la hora.

Si he dormido más de cinco horas me invade una sensación de descanso y tranquilidad, como si fuera más importante el dato que las horas en sí, pero si no he llegado a ese mínimo de horas la mente y el cuerpo me empiezan a pesar, me doy la vuelta y lo intento otra vez, aunque ya debería saber que no tengo nada que hacer.

Esa noche había dormido ocho horas seguidas y eso hacía que me encontrara genial.

Me incorporé para la segunda fase del despertar: mirar mi cuarto, las paredes, las ventanas, lo que me rodea en la habitación, para comprobar que todo seguía igual que la noche anterior y que las pesadillas y los sueños, sueños eran.

Normalmente no hay sorpresas, nada que irrumpa en el paisaje de cada mañana, para eso dejo la ropa siempre en otro cuarto distinto.

La habitación es para dormir, no para almacenar ropa.

Quiero que cada mañana cuando me levanto lo que vea sea lo mismo que todos los días anteriores.

Eso me da la mínima paz suficiente para salir de la cama y dar el primer paso del día.

No me gustan las sorpresas y hoy había una.

Encima de la mesita estaba el dibujo de Víctor, el hombre del vaso me miraba y yo me quedé mirándole a él un rato. Definitivamente me gustaba, pero no podía aceptarlo. Demasiado valioso y una historia demasiado turbia.

Además, si lo aceptaba condicionaría mi amistad con Elsa, sería como si me hubiera comprado.

No podría pasar de ella si en algún momento no me sentía cómoda o no quería verla.

Y la experiencia ya me había demostrado que, con la inmensa mayoría de la gente, tarde o temprano no me siento cómoda y no quiero verlos.

Mi dosis de humanidad la cubro en la consulta y si no tengo suficiente la busco en la calle, donde puedo medir las distancias.

El resto del tiempo me gusta estar sola.

Me sentía relajada esa mañana. No sé si por haber dormido, por la belleza del cuadro o acaso la adrenalina que había soltado la noche anterior en aquel portal lúgubre.

Daba igual, estaba bien, era un buen comienzo.

Puse un pie descalzo en el suelo con la promesa de que fuera un buen día y me fui directa a buscar el agua de la ducha.

En algún momento llamaría a Elsa para decirle que no podía aceptarlo y pasaría la página de esa historia.