51 Pilar
La galería FonArt seguía cerrada. Desde que ocurrió lo de Víctor había un goteo incesante de periodistas y fotógrafos en la puerta, aunque la mayoría terminaban marchándose aburridos al cabo de un rato.
Al día siguiente del revuelo en la Feria de Arte Contemporáneo ya no quedaba ninguno.
Marcelo Fonseca había vuelto a primera hora de la mañana, pero mantenía la puerta cerrada para evitarse problemas.
Alguien llamó al timbre y, como todas las veces anteriores, hizo caso omiso.
Al poco insistieron dando golpes con los nudillos en la persiana metálica de una manera más insistente de lo habitual.
Nervioso, Marcelo se acercó a ver quién era y pudo ver por la mirilla a Pilar, su ayudante. Decidió no hacer nada y esperar.
—Marcelo, soy yo, Pilar, ábreme, por favor.
Por unos momentos dudó, pero al final decidió que no era bueno que estuviese allí si venía alguien de la prensa, y como no parecía que hubiera nadie más, subió la persiana lo suficiente para que pudiese entrar.
—¿Qué haces aquí? Te dije que te tomases toda la semana libre.
—Lo sé, perdona, es que ayer con las prisas al irme me dejé la agenda encima de la mesa y la necesito. La recojo y me voy, no te preocupes.
—¿Por qué no me has llamado?
—Lo he hecho, pero tienes el móvil apagado.
—Es verdad, perdona, te la traigo ahora mismo.
—No te molestes, yo voy a por ella.
—No, no te preocupes, tengo un cliente un poco especial que está eligiendo un cuadro y prefiero no interrumpirle —mintió el galerista.
—Como tú quieras, es color crema, tamaño cuartilla y creo que la dejé en la mesa junto al teléfono fijo.
—Voy a por ella y te la traigo, espérame aquí.
Mientras Marcelo se perdía en la trastienda, Pilar se quedó mirando pensativa las paredes de la galería.
No llevaba mucho tiempo allí, pero le gustaba el trabajo.
Le dejaba tiempo libre para pintar y le permitía conocer gente del mundillo del arte, aprender cómo funcionaba.
Por ahora había estado en pruebas, pero esperaba que muy pronto la hicieran fija.
Sabía que Marcelo estaba contento con su trabajo porque cada vez la dejaba más tiempo sola e incluso ya había conseguido vender algunas obras importantes sin ayuda.
Marcelo volvió con su agenda y un sobre.
—Aquí tienes tu agenda.
—Gracias, perdona que te haya molestado, pero es que necesitaba algunos teléfonos que solo tenía en esta agenda.
—No te preocupes.
—¿Nos vemos el lunes?
—No, me alegro de que hayas venido porque de eso quería hablar. Entre ayer y hoy las cosas se han complicado más de lo que esperaba y he decidido cerrar durante una temporada. Necesito más tiempo para ordenar mis ideas y decidir cómo enfocar el futuro.
—¿Eso quiere decir que no vuelvo el lunes? ¿Me estás despidiendo?
—No, no es eso, solo se trata de unos meses, pero no te preocupes, que te pagaré por adelantado lo que cobrarías en ese tiempo.
—Pero si la galería va muy bien y yo creía que estabas contento con mi trabajo.
—Y lo estoy, pero esto me está desbordando y necesito un tiempo. Cuando todo se calme, las cosas volverán a ser como antes.
Pilar se quedó sin saber qué decir mientras los ojos le empezaban a brillar.
—Toma —dijo Marcelo alargándole un sobre—, aquí tienes el total de lo que ibas a cobrar este año.
Seguro que todo esto se olvidará antes de lo que imaginas y volveremos a abrir, aprovecha para hacer ese viaje por América que siempre has querido hacer.
No tengo que decirte que serás la primera persona a la que llame.
—Esto es mucho dinero, tampoco hacía falta.
—Sí, sí que hace falta, has hecho un gran trabajo y no hemos tenido oportunidad de llegar a firmar tu contrato, así que quiero compensártelo y agradecértelo.
—Gracias, Marcelo, he estado muy bien aquí. Si cambias de opinión, avísame, ya sabes que cuentas conmigo.
—Lo sé, te llamo si hay novedades.
Pilar se acercó a Marcelo, le abrazó y después se dirigió a la puerta, levantando la persiana, como tantas veces había hecho.
—Hasta pronto, Marcelo, ojalá que cambies de opinión.
—Adiós, Pilar, suerte en todo.
Marcelo volvió a cerrar la persiana y se quedó un instante de pie respirando hondo.
Consultó el móvil y volvió a la trastienda.
Al cabo de unos minutos, más golpes en la persiana le volvieron a sacar de sus pensamientos.
Mientras volvía a la puerta iba mascullando entre dientes.
Levantó la persiana de golpe y allí de pie se encontró al inspector Ariza.
—¿Interrumpo?
—No, no, en absoluto.
—Por la cara que ha puesto me ha dado esa impresión.
—No, para nada, es que pensé que se trataba de otra persona.
—Le he intentado avisar por teléfono de que tenía que hablar con usted, pero lo tiene apagado.
—Sí, lo siento, es que no paran de molestarme de todos lados.
—Imagino. ¿Puedo pasar?
—Por supuesto, qué descortés, pase por favor.
El inspector Ariza entró y el galerista volvió a bajar la persiana.
—Así que esta es su galería —dijo mirando los cuadros que había colgados.
—Sí, un pequeño rincón de belleza en el barrio.
—¿De quién es esta exposición?
—No es de una sola persona, es una colectiva, quiero decir, que es de varios pintores, no de uno solo. Los días que coinciden con la feria hacemos una exposición con todos nuestros artistas.
—¿Cuál de estos cuadros es de Víctor?
—Ninguno.
—Pero Víctor Palacios es uno de los artistas a los que usted representa.
—Sí, precisamente por eso, ya que le habían seleccionado para el pabellón no me parecía bien que les hiciera sombra a los demás aquí. Es una manera de promocionar y darles relevancia al resto. Los artistas son como prima donnas, son muy envidiosos entre ellos, aunque nunca lo reconocen en público.
—Entiendo. Explíqueme un poco cómo funciona esto.
—¿Qué quiere saber?
—Cuando se vende un cuadro, ¿cuánto va para el artista y cuánto para el galerista?
—Mitad y mitad. Cincuenta por ciento.
—Pero en otros sectores como el cine o la música ese tanto por ciento de representación no es tan alto.
—Porque aquí, además de la representación y la gestión, también tenemos los gastos de la galería.
—¿Cuánto tarda un pintor en preparar una exposición?
—Depende, entre medio año y un año, a veces más.
—¿Y cuánto dura una exposición?
—También depende, pero una media de un mes.
—O sea, que un artista tarda un año en ganar lo mismo que usted en un mes.
—Las cosas no son tan simples. Una exposición está abierta un mes, pero se tarda mucho más en prepararla, a veces años, y luego yo trabajo todo el año para ellos, promocionándolos, buscándoles clientes, paseando su obra por ferias de arte, gestiono las ventas y los cobros, que no es cosa fácil, y a veces hasta toca hacer de niñera y madre.
—Sí, pero al final, si usted hace diez exposiciones al año, gana igual que los diez artistas juntos.
—Es una manera de verlo muy sesgada, también un editor gana tanto como todos sus escritores y una casa de discos tanto como todos sus músicos.
—Perdone mi desconocimiento, solo intento hacerme una idea de cómo funciona este mercado, espero que no le molesten mis comentarios.
—¿Está pensando en dejar la policía y montar una galería?
—No parece mal negocio.
—No es oro todo lo que reluce, hay artistas que dan mucho prestigio, pero también mucho trabajo, y luego no venden.
—¿Víctor vendía?
—Víctor vendía muy bien, era un gran artista.
—¿En cuánto se vendía un cuadro suyo?
—Depende de la época y del tamaño.
—Alguno reciente.
—Ya había conseguido pasar la barrera del millón de euros, por debajo de ese precio ya nunca vendíamos nada.
—¿Producía mucho?
—Últimamente sí, antes era muy lento, no cubría la demanda de su obra, pero desde que le ayudaban Paula y Daniel la cosa cambió.
—¿Vendía todo lo que pintaba?
—Prácticamente.
—¿Y con el arte no pasa como con otras cosas, que el exceso de oferta hace que bajen los precios?
—Podría pasar, alguna vez ha ocurrido, pero no con Víctor.
—Lo que parece lógico es que después de lo que ha pasado su obra se revalorice.
—Sí, es muy probable.
—¿Cuántos cuadros tenía Víctor disponibles para vender en este momento?
—No muchos, la exposición le había absorbido los últimos meses.
—¿Cuántos exactamente? Usted era su representante, nadie mejor para saberlo.
—No se crea que es tan fácil controlar la producción de un artista. Un galerista puede aconsejarle, pero al final él tiene la prerrogativa de decidir qué hace y qué obras saca o no a la venta. La última palabra es suya.
—No ha contestado a mi pregunta —dijo el inspector Ariza muy serio.
—Supongo que los que hay en la Feria de Arte Contemporáneo y los que él tuviera en su estudio.
—¿Aquí no tenía ninguno en depósito? Un galerista siempre tiene obra de sus artistas, imagino.
—No, como le dije antes, la obra de Víctor se vendía muy bien y llevaba tiempo trabajando solo para su exposición en la feria.
—Entiendo.
—¿Algo más en lo que le pueda ayudar? No tengo el ánimo para estos temas.
—Ya que me lo ofrece, sí hay algo que nos puede ser muy útil.
—Usted dirá.
—Una lista de todos los cuadros que ha vendido Víctor en el último año, el precio y los compradores.
—Pero eso es una información muy personal.
—Mucho más personal es matar a alguien.
—Me gustaría pensarlo.
—No hay problema si necesita pensárselo, pero en ese caso pediré una orden judicial para ayudarle a aclarar ideas, y en esa orden incluiremos muchos más datos laborales, financieros y personales de usted y de todos sus clientes, aparte de lo de Víctor.
—No se ponga así, no quería entorpecer nada; no era por mí, es que hay muchos clientes a los que no les gusta que salga su nombre a relucir y que se sepa lo que tienen en casa, pero supongo que esto es una causa de fuerza mayor.
—Lo necesito antes de comer, puede enviármelo al correo que aparece aquí —dijo Ariza abriendo su cartera y entregándole una tarjeta al galerista.
—No se preocupe, lo tendrá en un rato.
—No lo dudo —dijo el inspector Ariza saliendo por la puerta sin despedirse, mientras Marcelo permanecía de pie, callado y pensativo viendo cómo se alejaba.