Guardaré tu última sangre 53 Ana
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53 Ana

Llegué a casa después de soportar a dos pacientes seguidos, dejé el dibujo apoyado delante de la televisión y me tiré en el sofá sin cambiarme de ropa.

Dudaba de si debía quedármelo o no. Desde el punto de vista material no tenía que haberlo aceptado nunca, aquello seguro que valía muchos miles de euros, infinitamente más de lo que hubiera cobrado por todo el tiempo que le había dedicado a Elsa aplicando tarifas de consulta.

Y, además, podría ser un problema hasta que todo se solucionara, o si el testamento no estaba claro.

Pero por otro lado me gustaba, y mucho; era un hombre con el pelo blanco, con una copa en la mano detrás de una barra y al fondo una ciudad de noche.

Aquel dibujo no podía ser más yo misma, y mucho más bonito que el cuadro para el que sirvió de boceto.

Me consolé pensando que siempre estaba a tiempo de devolverlo, y que llegado ese punto ya había agotado mi cupo diario de pensar.

Definitivamente, ese día no era para quedarse en casa, demasiadas sorpresas en una única jornada.

Los imprevistos me alteran, me desasosiegan y me quitan la paz y el sueño.

En esos casos ya sé lo que tengo que hacer: huir de mí misma, y para eso nada mejor que echarme a la calle.

Me levanté, me di una ducha rápida y me enfundé mi uniforme de salir sola.

Pantalones anchos, botas de montaña, camiseta y sudadera.

Una gorra que tapara mi pelo blanco y unas gafas de pasta sin graduar como parapeto desde donde mirar sin ser vista. Todo de color negro, para no variar.

Cuando salgo a la calle quiero ver y oír a la gente porque eso hace que deje de mirarme y de oírme a mí misma. Pero para que funcione necesito pasar desapercibida, ser anodina, no llamar la atención, que nadie sepa si soy joven o madura, pobre o rica, hombre o mujer, en definitiva: ser invisible.

No sé el tiempo que estuve dando vueltas, ni lo que fumé ni lo que bebí, porque hay cosas de las que no me interesa llevar la cuenta, pero no fue poco, lo suficiente para empezar a sentirme bien.

Una de las calles por las que deambulaba desembocaba en una plaza donde había una gran multitud gritando.

Siendo la zona que era, y por las banderas y la pinta del grupo, debía de tratarse de los restos de una de las muchas manifestaciones que había durante esos días.

No me importaba lo más mínimo lo que querían, algo de razón tendrían y algo de sinrazón también, como todos, lo importante era la multitud que aglutinaba.

El ser humano se diluye cada vez que se integra en un grupo, deja de ser él mismo y se convierte en parte de un algo mayor no necesariamente bueno.

En el fútbol, en conciertos, en manifestaciones, las personas desaparecen para convertirse en la bestia.

Y me gusta la bestia, es un ejercicio meterse dentro y graduar hasta dónde me confundo con ella y hasta dónde dejo que me posea.

Poco, lo suficiente para no ser una extraña y poder vivirlo todo desde sus tripas.

Grité lo que todos gritaban e hice lo que los demás hacían, levantaba los puños cuando había que levantarlos y saltaba cuando tocaba saltar.

Hasta ahí bien, pero la bestia es la bestia y necesita sangre, aunque no tenga hambre; la necesita porque sí, solo por saborearla, olerla y ver su color. Es su naturaleza animal.

Parte del grupo empezó a romper papeleras primero y contenedores después. Pero eso no era suficiente, enseguida pasaron a los escaparates de las tiendas cercanas. Ese fue el momento en el que la noche se pobló de sirenas y luces azules.

Como un torero frente al toro, la bestia aguantó delante del peligro y lo miró a los ojos, pero solo durante unos instantes.

Enseguida apareció un ejército de antidisturbios detrás de las luces, armados hasta los dientes, como siempre, cubiertos con cascos, un escudo en la mano y una porra en la otra, y vestidos de un azul oscuro, que a esas horas era casi negro.

La bestia empezó a correr y yo dentro de ella. Ese era el momento que había esperado en secreto. El chute de adrenalina del peligro compartido, el mismo que sienten los que corren delante de los toros o los que cabalgan sobre una ola tres veces más grande que ellos.

Corrí y corrí hasta que vi que la cosa empezaba a complicarse más de la cuenta, momento en que me metí en el primer portal que encontré abierto.

Esperé unos instantes hasta que comprobé que la bestia se alejaba y la calle se calmaba.

Fue entonces cuando oí el jadeo de una respiración detrás de mi espalda.

Mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y donde antes había un fondo negro ahora había tres siluetas con tres pares de ojos que se clavaban en mí.

—Hoy parece que es tu noche de suerte —dijo el que estaba en el centro.

—¿Por? —me limité a preguntar.

—Te has escapado de la pasma y eso tiene premio.

—¿Qué premio?

—Bueno, un premio no, tres premios que vas a poder disfrutar enseguida.

—Mira, no os conozco de nada, pero no quiero problemas.

—No son problemas, cielo, son placeres —dijo el que estaba a la derecha mientras se iba moviendo lentamente hasta que se puso a mi espalda. Ahora tenía dos delante y uno detrás.

Si hubiera echado a correr les habría dado la espalda y esa hubiera sido mi perdición.

El toro se debe tener siempre de frente, pero a uno lo tenía ya a mi espalda bloqueándome la salida.

Aquello no tenía buena pinta. Aunque era de noche, había luz suficiente para ver dónde estaba situado cada uno.

Miré de reojo y calculé la posición y la distancia a la que estaba el que tenía detrás.

La poca luz que entraba de la calle por el portón entreabierto era suficiente para proyectar su sombra y me avisaba tanto de si cambiaba de posición como si se desplazaba.

Esperé a que se acercaran un poco más los que tenía delante, a que estuvieran a la distancia exacta donde yo los necesitaba.

Cuando estaban ya a un metro les pregunté:

—¿Cuál va a ser el primer premio?

—Yo mismo, muñeca —dijo el más alto.

Antes de que pudiera terminar la frase, ya tenía mi bota incrustada en las pelotas, casi al mismo tiempo que el de su lado se encontraba mi puño en la tráquea.

Mientras uno caía de rodillas y el otro se agarraba la garganta intentando respirar, levanté la pierna haciendo que un perfecto arco de bailarina llevara la otra bota hacia la boca del que estaba detrás.

Por un momento pude ver la sangre mezclada con saliva volar a cámara lenta, pero no debió ser suficiente porque el tipo continuaba de pie cerrándome la salida.

—Serás hija de puta —fue lo único que tuvo tiempo de decir antes de recibir una segunda patada en el plexo solar que sí le llevó directo al suelo.

Pasé por encima de él sin inmutarme, y solo antes de salir me volví para ver cómo se retorcían.

—Espero que os hayan gustado vuestros premios.