Guardaré tu última sangre 55 Nemesio
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55 Nemesio

El portero decidió que la jornada ya había dado bastante de sí y era hora de retirarse.

Días y días sin que pasara nada, solo el aburrido trasiego de gente, limpiar la finca y alguna queja de un vecino…

Y de repente la policía, los periodistas, la televisión, las ambulancias, los fotógrafos.

No había visto nada igual en los treinta años que llevaba trabajando allí.

Así que pensó que era hora de cenar y esperar que amaneciera un nuevo día más tranquilo.

Apagó las luces de la portería y cerró la puerta.

Mientras echaba la llave oyó una voz a sus espaldas.

—Nemesio, menos mal que le pillamos aquí todavía.

Eran dos de los policías que habían hablado con él por la mañana, acompañados por el ayudante del señorito Víctor.

—Don Daniel, buenas tardes, no le esperaba ya.

—Hola, Nemesio, yo tampoco esperaba que nos viésemos hoy, pero estos señores han insistido.

—Necesitamos que nos abra el estudio otra vez —dijo Teo.

—Han puesto esos adhesivos en la puerta y me han dicho que no se puede entrar bajo ningún concepto —respondió el portero.

—¿Quién se lo ha dicho? —siguió Teo.

—La policía.

—¿Y quiénes somos nosotros? ¿Los bomberos?

—Lleva razón, señor inspector, discúlpeme, que hoy ha sido un día muy raro. Les abro ahora mismo.

Mientras el portero volvía a abrir la portería y buscaba las llaves, Teo separaba con cuidado el adhesivo que sellaba la cerradura.

—Despejado, ya puede abrir.

Por debajo de la cinta, fueron entrando uno a uno.

—¿Dónde estaban los cuadros? —preguntó Ariza al encender la luz.

Daniel se quedó mirando un momento todo el estudio y señaló una pared donde había varias maderas amontonadas.

—Allí, eran esos, pero se han llevado los lienzos y han dejado los bastidores.

—¿Puede que Víctor los enviara a algún sitio esa misma tarde o vinieran a recogerlos?

—Imposible, nunca les habría quitado la tela así.

Si los hubiera vendido, prestado o enviado a cualquier sitio irían como estaban, montados en el bastidor para protegerlos —dijo Daniel acercándose a examinarlos—; además, no los han desmontado, simplemente los han cortado con una cuchilla, los bordes del lienzo que iban grapados al bastidor siguen todavía ahí.

Víctor nunca haría eso, no tiene ningún sentido.

Alguien que tenía prisa por llevárselos los cortó con una cuchilla.

Los dos policías se volvieron hacia el portero.

—Nemesio, ¿puede ser que se los llevaran los transportistas que vinieron por las esculturas?

—Seguro que no. Solamente las cabezas esas que el señorito Víctor puso junto a la puerta. Yo estuve todo el tiempo con ellos, cuando alguien viene a traer o llevarse algo no me separo de él ni un instante.

—No solo los cuadros, tampoco están los bocetos —continuó Daniel—. Estaban en esa mesa que hay junto a la ventana.

Teo se acercó a la mesa y levantó los que quedaban.

—Aquí solo hay papeles en blanco.

—¿Seguro que esos cuadros estaban aquí ayer?

—Cuando yo me fui y dejé solo a Víctor los lienzos estaban montados en sus bastidores en el mismo sitio de siempre, de eso estoy seguro.

Teo contó uno a uno los bastidores donde todavía quedaban los bordes del lienzo grapados a la madera.

—Hay cinco bastidores con la tela cortada, o sea, que se han llevado cinco cuadros.

—No, solo se han llevado tres cuadros —puntualizó Daniel.

—Pero hay cinco bastidores.

—Sí, pero dos de ellos estaban en blanco, preparados para pintar sobre ellos. Todavía no los había empezado, al menos ayer al mediodía, y dudo que esa tarde se pusiera a pintar con todo lo que tenía al día siguiente.

—¿Y para que iban a llevarse cuadros en blanco? Eso no tiene ningún valor.

—¿Para envolver los otros? —apuntó Teo.

—No tiene sentido —siguió Daniel—, allí en la esquina hay plástico y papel para envolver. Habría sido más rápido y llamaría menos la atención.

—¿Cuánto vale en este momento un cuadro de Víctor Palacios?

—Depende del tamaño y de la época, pero no menos de un millón de euros.

—Tres millones de euros ya es una buena razón para matar —dijo Teo, mientras todos guardaban silencio.

—Más de tres millones —puntualizó Daniel—, todos los bocetos juntos podrían llegar a valer otro millón más.

—Sí, cuatro millones es una buena razón, pero eso no explica el montaje de la cabeza.

Alguien que solo quiere robar intenta llamar la atención lo menos posible y que el riesgo sea el mínimo —dijo Ariza—; lo último que se le ocurre es organizar todo el lío de cambiar la escultura por la cabeza verdadera. En todo esto hay algo más.

—Como casi siempre, llevas razón, jefe —dijo Teo—, esto no es normal.

—Nemesio, ¿no vio usted a nadie salir del portal con un rollo bajo el brazo ayer por la tarde? —preguntó Ariza.

—¿Un rollo?

—Sí, como del tamaño de una alfombra enrollada.

—No, me acordaría seguro.

—Si las telas eran del tamaño de esos marcos de madera, solo los pudieron sacar enrollados.

—¿Estuvo toda la tarde en la portería?

—Sí, ya se lo dije esta mañana, toda la tarde, desde que acabé de comer hasta que vinieron los del transporte, que sería sobre las ocho de la tarde.

—Todo debió ocurrir a primera hora de la tarde, porque quien lo hiciese necesitó tiempo para desmontar los cuadros, y luego tuvo que salir del estudio en el lapso que pasó desde que mandó el mensaje hasta que vinieron a recoger las esculturas.

—Déjeme pensar, esa hora estuve todo el rato en la portería, pero, ahora que caigo, hubo un momento que tuve que salir porque me avisaron de que había un problema en el sexto y se salía el agua, así que subí a ver qué pasaba.

—¿Cuánto tardó en arreglar la avería?

—Nada, porque no había avería. Estuve en el sexto y todos los grifos estaban bien, había sido una falsa alarma.

—¿Me deja ver las llamadas de su teléfono?

—Claro, aquí lo tiene.

Millán lo cogió y entró en el menú de mensajes y llamadas recibidas.

—Entre las siete menos cuarto, cuando llegó el mensaje avisándole para que abriera la puerta, y las ocho, hora en que llegaron los transportistas, solo hay una llamada a las siete y diez, y es desde un numero oculto.

La persona que mató a Víctor usó su móvil para primero enviarle el mensaje y luego ocultó el número saliente para llamarle y hacerle subir, así pudo salir sin ser visto.

—O sea, que estuve hablando con el asesino —dijo Nemesio con cara de espanto.

—Eso parece. ¿Recuerda qué voz tenía?

—Ronca, como de alguien mayor con problemas respiratorios. Pensé que era doña Ofelia, la del quinto.

—Probablemente forzó la voz, o puso un vaso o un pañuelo. Quien fuera lo tenía muy preparado como para ser tan torpe de hablar con su voz de siempre —apuntó Teo.

Durante unos instantes todos se quedaron callados.

—Lo que ahora es muy importante es que este robo no trascienda —dijo Ariza, muy serio. —¿Queda claro? Antes teníamos un asesinato y ahora tenemos además un robo de obras de arte.

—No se preocupe, no pensaba hablar de este tema con nadie, y ahora mucho menos —respondió Daniel.

—Y por mí tampoco se preocupe, que yo soy una tumba —continuó Nemesio.

—Daniel, ya que estamos aquí, ¿ve algo que estuviera distinto a como lo dejó ayer?

—Así de entrada, todo parece que está igual salvo los cuadros y los bocetos.

—Tómese su tiempo, no tenemos prisa.

Nemesio torció un poco el gesto, pero no dijo nada. Daniel echó un vistazo a su alrededor hasta que se quedó mirando la mesa de trabajo.

—El pincel.

—¿Qué pincel?

—El que está encima de la mesa.

—No lo toque, ¿qué le pasa?

—Está sucio. Ningún pintor deja un pincel sin lavar después de usarlo, y menos los que pintan con acrílicos, en un par de horas se seca la pintura y ya hay que tirarlo. Víctor era muy cuidadoso con eso.

—¿Qué son acrílicos?

—Pintura que se disuelve con agua, tarda mucho menos en secarse que el óleo, para el que se usa como disolvente el aceite de linaza. Cada pintor usa un tipo de pintura u otro según lo que le guste rectificar lo que ha pintado.

—¿Lo que tiene ese pincel es acrílico?

Daniel se acercó a examinarlo teniendo mucho cuidado de no tocar.

—Así a primera vista no sé qué es, pero seguro que no es pintura.

—¿Y qué puede ser?

—Ni idea, parece como salsa seca.

Teo se acercó también a verlo y, poniéndose muy serio, respondió rápido:

—Creo que ni pintura ni salsa, mucho me temo que ese pincel de lo que está manchado es de sangre seca.