56 Ana
Algo no encaja. No sé qué es, pero algo no cuadra en la historia de Elsa.
Soy mujer y por lo tanto intuitiva, muy intuitiva, pero además soy psiquiatra.
Mi trabajo consiste en oír y desmontar las falsas excusas que utilizan mis pacientes para hacer lo que hacen y estar donde están.
Deconstruyo y vuelvo a construir vidas. Disecciono argumentos y comportamientos.
Tantos años oyendo historias sin lógica han desarrollado en mí la habilidad para encontrársela y agudizado la intuición.
Soy obsesiva y hasta que todas las piezas de un puzle encajan mi mente no puede parar.
Es por eso por lo que soy buena en mi trabajo y desgraciada en mi vida personal.
Tengo un piloto que se enciende cuando algo no es coherente. Después de dejar a Elsa en su casa la alarma aullaba a todo trapo. Debería haberla apagado y olvidar todo, pero nunca he sabido hacerlo. Algún día aprenderé, quizás así sea más feliz.
La Elsa que encontré destrozada y llorosa en su casa no tenía nada que ver con la que estuvo en comisaría. La primera estaba rota y parecía frágil, la segunda era fuerte y desafiante. La mayoría de las personas que conozco no se recomponen tan rápido. Menos después de un shock tan brutal.
No creía que Elsa tuviera nada que ver con lo que le habían hecho a su marido; no la conocía mucho, pero sí lo suficiente para saber que no habría podido participar ni de lejos, aunque fuera la beneficiaria del testamento.
Era otra cosa, era esa maldita pieza que nunca termina de encajar en el rompecabezas.
Sabía que este era un asunto que no me incumbía y del que tenía que tomar distancia lo antes posible.
En caso de implicarme, solo iba a conseguir quebraderos de cabeza y problemas.
Elsa me caía bien, había cosas de ella que me enternecían y que me gustaban, pero sus pezones contra los míos me habían desarmado del todo y eso no era bueno.
Me habían hecho vulnerable, y eso es algo que no me puedo permitir.
Estaba muy claro, tenía que evitar cualquier contacto en el futuro.
Olvidarme de todo. Había hecho lo que creí que debía hacer y ya está.
Una paciente me había pedido un favor y la había ayudado aun sabiendo que la perdería como paciente.
La situación me obligaba, hice lo que debía. Misión cumplida. Fin de la historia.
Aparqué la moto delante de la consulta. Todavía quedaba un rato para la siguiente cita agendada, así que con el dibujo bajo el brazo me fui al parque que hay enfrente de mi casa a buscar un árbol.
Los árboles me dan paz, fumar hierba sentada en la hierba más aún, y si además puede ser en un sauce es la felicidad.
Apoyé la cabeza en la corteza, acaricié con mi mano la hierba, dejando que sus briznas se colaran y se deslizaran entre mis dedos, me quité los zapatos para sentir la tierra bajo mis pies desnudos, encendí el cigarrito y cerré los ojos para sentir la quietud con más intensidad.
Mal momento para que mi teléfono sonara, así que lo hizo. No lo cogí, le quité el sonido sin mirar de quién era la llamada y volví a recostarme y a cerrar los ojos.
En este momento solo quería tener el humo dentro de mí y abandonarme, ser una raíz más del árbol.
Si hubiera tenido los ojos abiertos habría podido ver que la pantalla de mi teléfono seguía y seguía encendiéndose, pero en ese momento solo había sitio en mi cabeza para la hierba, el viento y el silencio.