57 Daniel
Millán y Teo aparcaron el coche y echaron un vistazo a su alrededor, la zona era todo lo contrario a la de Víctor Palacios.
Este trabajaba en pleno centro, en un loft de doscientos metros de una casa señorial rehabilitada, y Daniel Rincón en la periferia, en el sexto piso de un bloque de vecinos de un barrio donde los edificios solo se diferencian unos de otros por el número del portal y donde la gente no pasea, solo anda de su casa al metro, ida y vuelta.
Los dos policías llamaron a la puerta y esperaron. Les abrió un hombre con aspecto de intelectual entrado en carnes y años, de estatura media, gafas de concha, pelirrojo con barba y pelo rizado.
—¿Daniel Rincón?
—Sí, soy yo.
—Buenas tardes, soy el inspector Millán Ariza, del Cuerpo Nacional de policía, hemos hablado hace un momento por teléfono, este es mi ayudante, el subinspector Teodoro Saldaña.
—Adelante, pasen —respondió Daniel apartándose y mostrándoles el camino con un gesto de la mano.
—Bonitos cuadros —comentó Teo mientras avanzaba por el pasillo.
—¿Le gustan?
—Sí, nada que ver con lo que hemos visto esta mañana en la feria de arte.
—Es otro estilo. No se pueden comparar, yo soy más clásico.
—Claro que se pueden comparar —dijo Teo, acercando su roja nariz a uno de ellos—. Yo aquí sé lo que hay en el cuadro, en los otros solo veo manchas y cosas raras que no sé qué cojones son.
—Vengan, si les gustan les enseñaré más, este es mi estudio —dijo abriendo una puerta en mitad del pasillo.
Los dos policías pasaron a una habitación no muy grande, con las persianas bajadas y dos tubos de neón en el techo, muchos cuadros en las paredes y en el suelo, y uno a medio acabar sobre el caballete. Casi todos eran retratos, escenas mitológicas y algunos desnudos.
—¿Por qué tiene las persianas bajadas? Vive en un piso con mucha luz. ¿Por qué no la aprovecha?
—No me escondo de nadie, si es lo que está pensando.
La luz natural no es buena para pintar, cada día es distinta del anterior, y conforme pasan las horas va cambiando y te vuelve loco con las tonalidades; además, el sol destroza la pintura.
Los tubos de neón tienen una luz blanca, neutra y constante, es la mejor para pintar.
—Están muy bien sus cuadros —dijo Teo.
—Muchas gracias, me alegra que le agraden, no es un estilo muy habitual hoy en día, pero es el tipo de pintura que me gusta.
—No me esperaba así su estudio —dijo el inspector Ariza.
—Supongo que si han estado en el de Víctor este les parecerá muy pequeño, pero para pintar no se necesita más. La belleza no depende del tamaño, muchos de los mejores cuadros de la historia del arte se podrían llevar debajo del brazo.
—¿Vive usted aquí?
—Sí, esta es mi casa. Vivo solo, vengan al salón, que estaremos más cómodos. ¿Qué puedo ofrecerles?
—Nada, gracias, no estaremos mucho rato —dijo Ariza mientras volvía a salir al pasillo y seguía al pintor.
En el salón los dos policías se sentaron en el sofá mientras el pintor lo hacía a su lado en un sillón con orejeras.
—Ya se imaginará a qué venimos.
—Supongo que será por lo de Víctor.
—Sí, así es.
—Todavía no termino de creérmelo. Qué horror. ¿Cómo puede haber gente capaz de hacer algo tan demencial?
—Si viera lo que nosotros vemos habitualmente, no le parecería tan raro —replicó Teo.
—Ya me imagino, pero todas esas cosas las vemos tan lejanas e irreales cuando salen en la televisión o en los periódicos que cuando nos toca a nosotros nos cuesta aceptarlo y asimilarlo. Pero bueno, díganme cómo puedo ayudarles.
—Con información.
—Encantado de hacerlo si eso les sirve de ayuda, ustedes dirán.
—Por los datos que tenemos hasta, ahora usted fue la última persona que vio con vida a Víctor Palacios.
Daniel se quedó pensativo unos instantes antes de contestar.
—Creo que no, o, mejor dicho, estoy seguro de que no.
—Ah, ¿no?
—No, la última persona que le vio con vida fue la persona que lo mató.
—Buena respuesta, y lleva razón, mi pregunta no ha sido muy exacta, no quería decir eso.
—No se preocupe, lo he entendido, solo quería puntualizarlo antes de seguir. Pero es muy posible que sí, que fuera yo la última persona que vio antes de a su asesino.
—¿A qué hora fue exactamente?
—Ayer por la mañana, sobre las nueve. Fui a su estudio porque me había llamado la noche anterior para dar unos últimos retoques a las esculturas.
Me explicó lo que quería y me dejó trabajando solo, él se fue a ver qué tal iba el montaje de su exposición.
Volvió sobre las dos de la tarde, revisó cómo me había quedado, lo comentamos, le pareció bien y lo dio por acabado.
—¿Qué le pidió que hiciera?
—Retocar los ojos de la escultura con su cabeza.
Quería que estuvieran más abiertos. No terminaba de gustarle, decía que no se le parecía, pero supongo que es lógico, nosotros nos vemos de manera diferente a como nos ven los demás.
Estuvo cambiando detalles hasta el último momento.
Creo que la dio por buena porque había que llevarla a la feria, si no todavía estaríamos dándole vueltas.
—¿Cómo le encontró?
—Por la mañana bien, pero cuando volvió de la feria antes de la hora de la comida le vi raro y nervioso. La exposición era muy importante para él. Se jugaba mucho y quería que todo fuera bien.
—¿Raro, en qué sentido?
—Creo que había bebido y, además, al llegar se puso una copa. No era habitual en él beber por la mañana.
—¿Cómo sabe que había bebido?
—Le olía el aliento.
—¿Cuántas copas se tomó con usted?
—Conmigo solo fue una, pero coincidimos muy poco rato, todo lo que yo había hecho le pareció bien y me fui porque ya no me necesitaba y era tarde.
—¿Se acuerda de si al salir se cruzó con alguien?
—Que yo recuerde no, a esa hora la portería está cerrada, y tampoco entró o salió nadie de la casa en ese momento.
—Tengo una duda, ¿en qué ayudaba a Víctor? Yo pensaba que los pintores lo hacían ellos todo.
—No necesariamente, muchos tienen ayudantes, siempre ha sido así. Velázquez, por ejemplo, llegó a tener más de diez personas trabajando con él, entre ayudantes, oficiales, colaboradores y discípulos. Hasta tenían un nombre: los velazqueños.
—Lo que se aprende en la poli —dijo Teo.
—Es una práctica muy habitual —continuó Daniel—, casi todos los pintores de un cierto renombre tienen ayudantes, sobre todo si trabajan en formatos grandes.
El mismo Velázquez empezó siendo ayudante de otro pintor, que se llamaba Francisco Pacheco y terminó siendo su suegro.
Ahora las cosas siguen funcionando igual, muchos pintores cuando triunfan no dan abasto para producir toda la obra que el mercado les demanda, y recurren a ayudantes.
—¿Había algún colaborador más aparte de usted?
—Sí, Paula Bravo, su novia, también trabajaba en el taller.
—¿En qué consiste exactamente el trabajo de un ayudante?
—Es distinto en cada caso. En el mío, yo le ayudaba en las cosas que tenían que ser realistas y necesitaban mucho detalle. En este caso en las esculturas de las cabezas. Paula le ayudaba en las pinturas, en los cuadros grandes.
—Hábleme de las esculturas de las cabezas.
—Se hacían sobre una base impresa en 3D.
—¿Cómo impresa?
—Impresa con una impresora de toda la vida, pero en tres dimensiones; lo que sale no es un folio plano, sino un objeto sólido hecho de polímeros con los mismos detalles que el original.
Se hacen fotos a la persona desde diversos ángulos, se modela en un ordenador y se imprime.
Luego se le da color y se ponen los detalles para que parezca real.
—¿Y quién lo pintaba y le ponía los detalles?
—Yo.
—Perdone la ignorancia en temas de arte: si la cabeza la hacía una máquina y usted es quien la pintaba y le ponía los detalles, y Paula pintaba los cuadros, ¿qué es lo que hacía Víctor?
—La idea era suya, elegía los modelos y supervisaba la idea global.
—O sea, lo que dice el refrán —intervino Teo—: unos cardan la lana y otros se llevan la fama.
—No, no es así, en el arte lo importante es la idea, el concepto. Es como un edificio: hay una persona que lo piensa y lo diseña, que es el arquitecto, y otros ponen los ladrillos, eso sí, siguiendo sus indicaciones.
—¿Paula estuvo ayer en el estudio?
—No, que yo sepa, o al menos no coincidimos.
—¿Su parte ya estaba acabada?
—Sí, desde unos días antes. Su trabajo, lo que era pintura, o sea, los cuadros, ya estaban acabados y entregados y creo que ella tenía visita en casa esos días, o al menos eso me parece recordar que comentó en algún momento.
—¿Desde cuándo conoce a Víctor?
—Desde los tiempos de la facultad, ya hace muchos años.
—¿Y qué tal se llevaban en el terreno personal?
—Muy bien. Víctor tenía un carácter difícil, pero a mí siempre me respetó mucho a nivel personal y creativo.
—Entonces, ¿por qué no estaba usted el día de la inauguración? Las obras eran también suyas, al fin y al cabo.
—Lo pensé hasta el último momento, pero al final no junté fuerzas, estaba agotado por el maratón de trabajo de los últimos días, y por otra parte llevaba mucho atraso en el trabajo de mis propias obras.
Las últimas semanas había tenido que dedicarles a las esculturas de las cabezas más tiempo del previsto.
Además, no me gusta lo que se organiza para las inauguraciones, y menos para la Feria de Arte Contemporáneo.
Demasiada frivolidad y tontería para mi estómago.
—Su exmujer, Elsa, tampoco estuvo. Si se llevaban tan bien es raro, ¿no?
—Elsa no sé por qué no estaría, eso se lo tendrán que preguntar a ella, pero supongo que no se sentiría cómoda por Paula, creo que no tenía buena relación con ella.
—Paula tampoco estuvo.
—No lo sabía, estaba invitada, como todos.
—No se moleste por lo que voy a preguntarle. ¿Adónde fue ayer después de salir del estudio de Víctor?
—Me vine a casa directamente, estaba muy cansado.
—No quiero que se sienta comprometido ni piense que esto nos va a condicionar, pero necesitaríamos saber si tiene algún dato o sabe de alguien que tuviera algún conflicto o enfrentamiento con Víctor en fecha reciente.
—Que yo sepa, no.
—Sabemos que es un tema delicado, pero cualquier información en ese sentido nos ayudaría muchísimo.
—Lo entiendo, pero no se me ocurre nadie.
Víctor tenía la virtud de levantar grandes pasiones y también grandes rechazos, eso es muy habitual en este mundo, pero no lo suficiente como para llegar tan lejos.
Lo que han hecho es una monstruosidad fuera de toda lógica, y de una crueldad infinita.
Por más que lo pienso, ni puedo entenderlo ni se me ocurre una razón para ello.
—Bueno, no queremos molestarle más, ya suponemos que estará muy afectado, pero tenemos que pedirle un último favor.
—Ustedes dirán.
—Necesitaríamos que nos acompañara al estudio.
—No creo que pueda soportar ver el cadáver de Víctor.
—No, tranquilo, ya lo habrán retirado.
—¿Es imprescindible que vaya? Todavía es pronto para enfrentarme a algo tan cercano: los recuerdos, el sitio, sus cuadros.
—¿Qué cuadros? El estudio está lleno de lienzos en blanco y bastidores, pero no hay ningún cuadro —replicó Millán Ariza.
—¿Cómo que no hay ningún cuadro? Víctor tenía varios cuadros acabados en el estudio, ayer al menos estaban allí y no tenía ninguna otra exposición a la vista donde pudiera haberlos mandado. Eran los trabajos anteriores a la exposición.
—¿De cuántos cuadros estamos hablando?
—Mínimo tres.
—¿Dónde guardaba Víctor los cuadros que iba haciendo?
—Una parte los tenía Marcelo en el almacén de su galería para su posible venta, pero algunos los guardaba Víctor en su estudio para enseñar a las visitas.
—Pues, cuando nosotros hemos llegado hoy, en el estudio solo estaban los bastidores sin tela y lienzos en blanco, no había ningún cuadro.