58 Elsa
La acompañé hasta su casa. Aparqué la moto en la misma puerta y la seguí por las escaleras. Mientras subía detrás de ella y le miraba la espalda no pude evitar pensar el buen efecto que le habían hecho tantos escalones.
Al llegar se quitó el abrigo de cuadros y lo tiró encima de una silla en la entrada.
—Siéntate, y déjame que te invite a tomar algo.
—No, muchas gracias, tengo que volver a la consulta.
—Solo será un momento, no hemos tenido ocasión de charlar con tranquilidad.
—Un vaso de agua y me voy, las escaleras siempre te recuerdan que tienes que dejar de fumar.
Me senté en el sofá y me di cuenta de que el cenicero ahora estaba limpio.
No recordaba que Elsa lo hubiera recogido antes de irnos.
Iba tan cansada que no le di mayor importancia.
Sería que veía tabaco por todas partes. Al poco apareció con un vaso de agua y una botella de cerveza.
Se sentó a mi lado y no pude evitar decirle lo que pensaba.
—Te he visto muy entera en comisaría.
—No me gusta mostrarme débil en público.
—Puedes estar tranquila, era lo último que parecía, pero en estos casos quizá no sea malo, siempre toca el lado paternal de los hombres que te crean débil, que sientan que necesitas protección; una mujer que es fuerte o simplemente lo parece los acojona y les hace desconfiar.
—Puede que lleves razón.
—No sabía que seguías casada con tu ex.
—Sí, era raro, nunca firmamos el divorcio porque nunca nos pusimos de acuerdo sobre las condiciones, todavía estábamos de abogados, pero a la vez él me seguía ayudando económicamente en todo lo que necesitaba.
Eso era muy propio de Víctor, si era decisión suya era muy generoso, pero si le imponías algo se revolvía.
—Muy propio de todos los hombres.
—Si parece una concesión de ellos no supone un problema, pero si es algo que tú consigues o a lo que tienes derecho no pueden soportarlo.
—Las cosas no han cambiado tanto como dicen.
Elsa me cogió las manos y me miró a los ojos fijamente. La mirada se me clavó muy hondo.
—No sé qué habría hecho sin ti hoy. Las fuerzas que he sacado allí eran porque estabas a mi lado, yo sola me habría derrumbado.
—Seguro que no, pero me alegro de haberte sido de utilidad.
—Mucho —dijo Elsa.
—Pero ya sabes que esto tiene un problema.
—¿Cuál?
—No puedo seguir siendo tu terapeuta.
—¿Por qué no?
—Para que la terapia funcione tiene que haber distancia emocional y personal entre médico y paciente, si hay la más mínima implicación ya no funciona.
—Pero si no ha sido nada, solo acompañarme un rato.
—Emocionalmente más que suficiente. No solo es que no funcionaría mi terapia, es que el código deontológico me lo impide.
—No había pensado en eso.
—Yo sí, y estuve dudando mucho, pero pensé que era una urgencia y por eso vine.
—Y lo era.
—Si no encuentras a nadie, yo te puedo presentar a compañeros que te ayudarán lo mismo o más que yo.
—Estoy pensando que si no puedes ser mi terapeuta ahora sí que puedes ser mi amiga.
Me quedé callada por un instante, aquello no me lo esperaba.
—Supongo que sí, que ahora podría ser —fue lo máximo que alcancé a decir.
—Pensándolo bien, casi te prefiero como amiga que como terapeuta, ¿me darás la oportunidad de serlo?
—Lo iremos viendo, la amistad no es algo que se improvise en un día. Se construye poco a poco.
—Quiero hacerte un regalo.
—¿Un regalo? —respondí sorprendida.
—Sí, yo hasta hoy era tu paciente y nuestra relación era estrictamente profesional, así que deberías cobrarme por el tiempo que me has dedicado, pero sé que nunca lo harías.
Elsa se levantó y se perdió por el pasillo y al momento apareció con un dibujo sin enmarcar un poco más grande que el tamaño de dos folios, con la figura de un hombre con el pelo blanco.
—Esto es para ti, en señal de agradecimiento y amistad. Es un dibujo de Víctor, es un estudio preparatorio de este cuadro —dijo señalándome el que presidía el salón.
Había conseguido otra vez que no supiera qué responder. Me quedé mirando el cuadro y el dibujo que tenía en mis manos, eran realmente bellos, pero curiosamente me parecía más bonito el boceto que la obra acabada.
—No sé qué decir… Pero no puedo aceptarlo, debe de ser muy valioso.
—Por eso quiero que sea tuyo, tú sabrás apreciarlo.
—De verdad que no puedo.
—Sí que puedes, es el regalo de una amiga, no me lo desprecies —respondió Elsa mientras me abrazaba, rodeaba mi cuerpo con sus brazos y se tomaba el tiempo suficiente para que el olor de su piel me emborrachara los sentidos.
Cuando me soltó aproveché para cambiar de conversación.
—Un último consejo. Si tienes que volver a hablar con la policía, no lo hagas sin un abogado.
—¿Por qué no?
—Hasta que no se abra el testamento de tu marido, a ojos de la policía estoy segura de que vas a ser una posible sospechosa.
—¿Yo? Pero si no había nadie en este mundo que le quisiera más.
—Son policías, no trabajan con sentimientos, trabajan con datos y hechos. Hazme caso, cualquier cosa que les digas es muy posible que no la interpreten con el mismo sentido que tú le des.
—Me lo pensaré, pero creo que si no has hecho algo malo no tienes nada que temer.
—Gran error, con jueces y policías siempre hay que temer lo peor.
Para ellos cada caso es uno más, como los miles que han tenido antes y los miles que vendrán; son humanos y, lo que es peor, funcionarios, funcionarios de la ley y el delito, pero funcionarios.
Una impresión equivocada o un dato erróneo pueden llevarlos por un camino equivocado y a ti a la tragedia.
—Quizá lleves razón.
—Hazme caso hasta que se abra el testamento.
—No hace falta, salvo que lo haya cambiado en los últimos meses, conozco el contenido.
—¿Qué dice?
—Que yo soy la heredera universal.