Guardaré tu última sangre 59 Millán
16%

59 Millán

—¡Vaya dos jacas, jefe! ¿De dónde han salido?

—No seas bruto, Teo, son la viuda del pintor y una amiga suya. Entra y cierra la puerta.

—Qué cara de mala leche tiene la del pelo blanco.

—Esa es la amiga, un carácter difícil pero buena gente.

—Entonces, ¿la viuda es la del abrigo que parece un ajedrez?

—Sí, esa es.

—De verdad, me he equivocado de oficio, debería haberme hecho artista.

Tendrías que ver a la novia del pintor. Una muñeca, guapísima y muy jovencita, aunque, si te soy sincero, yo me quedo con la ex.

Aunque se dan un aire las dos, lánguidas, delgadas, elegantes, el mismo estilo, solo que la nueva con diez años menos y rubia.

—Un clásico —respondió Ariza—. ¿Has podido hablar con ella?

—No. La he visto, pero no podía hablar, estaba ingresada en el hospital, todavía inconsciente, le habían dado algo para que durmiera y no se enteraba de nada. Por lo visto ha tenido una crisis nerviosa cuando se ha enterado de la historia.

—¿Cuándo podremos hablar con ella?

—No lo sé, supongo que pronto. He estado hablando con un amigo suyo, un tal Ramiro, compañero de facultad con pinta de pringado. Estaba con ella cuando le dio la crisis, fue el que llamó a la ambulancia.

—¿Vive con ella?

—No, debe de ser de fuera, pero está pasando unos días aquí.

—¿Qué te ha dicho?

—Poca cosa, que ayer no salieron de casa en todo el día porque ella estaba con jaqueca y que se enteró de lo de su novio por una llamada de teléfono.

—Bueno, al menos ya sabemos por qué no fue a la inauguración.

—Ha quedado en llamar, pero si a lo largo de hoy no lo hace insistiré mañana, no te preocupes.

—Siéntate, Teo, me estás poniendo nervioso.

—¿Te importa que me siente en la ventana?

—Ya sabes que no se puede fumar.

—¿Y quién va a fumar? —dijo Teo mientras abría la ventana, se sentaba en el alféizar, sacaba un pitillo del paquete y lo encendía.

—Un día te vas a meter en un lío.

—Pasarán tantas cosas algún día…

—¿Recapitulamos? —dijo Millán Ariza mientras ordenaba papeles.

—Tenemos a un pintor famoso al que le cortan la cabeza y la exhiben en plena feria de arte delante de la reina —respondió Teo mientras echaba el humo hacia la calle y se ponía cómodo.

—No, fue el día de antes de la inauguración, alguien conocido lo mata en su propio estudio —puntualizó Ariza.

—¿Por qué conocido?

—Porque la cerradura no estaba forzada y no había desorden. Si Víctor dejó entrar al asesino era porque le conocía, si no habría señales de forcejeo y por lo tanto desorden y cosas rotas. Y lo más importante: tenía información del pintor que solo puede tener alguien muy cercano.

—¿Qué información?

—Sabía que aquella noche iba a venir una empresa de transportes a por las esculturas y que a veces el portero se encargaba de abrirles la puerta cuando él no estaba.

—La persona que lo mató, o bien lo sabía, o bien se lo dijeron.

—Bien puntualizado. No tenía por qué ser la misma persona.

—¿A quién tenemos por ahora? —preguntó Teo.

—Marcelo Fonseca, dueño de FonArt, la galería que le representa en exclusiva.

—Los galeristas se llevan una parte de la venta de cada cuadro, ¿no?

—Así es, una buena comisión, un cincuenta por ciento de lo que se paga por cada cuadro. Ya me he estado informando —aclaró Ariza.

—¡Vaya negocio! —respondió Teo—, uno hace todo el trabajo y el otro se lleva la mitad solo por venderlo. Rectifico, no tenía que haberme hecho pintor, tenía que haber sido galerista.

—Así están las cosas en ese mundo, pero, precisamente por eso, si yo fuera galerista y me llevara la mitad de todo lo que gana un pintor que vende mucho y caro, no querría que le pasara nada.

—Eso parece. ¿A quién más tenemos? —siguió Teo.

—Paula Bravo, la novia, discípula y ayudante.

—Otra a la que se le acaba el chollo si pierde al novio. Además, tiene coartada.

—Sigamos. La ex, que ahora dice que seguía casada con él.

—¿No se habían divorciado? —preguntó extrañado Teo.

—Por lo que me acaba de decir, parece que no.

—Habrá que mirar ese testamento entonces cómo queda.

—Sí, a priori parece que sería la más beneficiada económicamente, pero ya sabes que eso no significa nada —aclaró Ariza.

—Depende de lo que diga el testamento.

—Además, dice que el día que ocurrió estaba acompañada.

—¿Por quién? —preguntó Teo.

—No lo ha dicho, se han molestado porque se lo pregunté y se han ido antes de que pudiera averiguarlo.

—Se lo pediremos oficialmente.

—Nos queda todavía otra persona de su círculo más próximo.

—¿Quién? —preguntó Teo.

—Daniel Rincón, amigo y ayudante suyo, y el último que le vio con vida por lo que hasta ahora sabemos —dijo Millán Ariza girándose hacía su compañero—. La mañana del día en que lo mataron. Según el portero llegó a primera hora al estudio y se quedó allí trabajando mientras Víctor iba a la Feria.

—¿Y a qué hora se fue?

—No lo sabemos, nadie le vio salir —respondió Ariza.

—¿No has hablado con él?

—No, aún no.

—¿Y a qué esperamos? —dijo Teo.

—A nada, apaga esa mierda y vamos a averiguarlo.