60 Marcelo
Ese día tuvo suerte y pudo aparcar la furgoneta que conducía justo delante de la puerta de su galería.
FonArt no estaba en un barrio acorde con su clientela, la mayoría de los vecinos ni sabían qué había detrás de aquellas paredes grises con solo una pequeña placa de metal, pero tampoco les preocupaba mucho.
Desde que el museo de arte contemporáneo había abierto sus puertas cerca, el barrio estaba cambiando para mejor, y ellos lo agradecían.
La fontanería ahora era una tienda de pañuelos de seda pintados a mano y el colmado de toda la vida se había convertido en una librería donde se vendían café y copas con wifi en lugar de libros.
La galería estaba cerrada. Marcelo Fonseca sacó su teléfono e hizo una llamada. Al poco alguien desde dentro subió la persiana metálica.
—Hola, Pilar, ya puedes cerrar —dijo una vez que había entrado.
—¿Cómo te encuentras? Ya me he enterado de todo.
—Mal, ya te puedes imaginar.
—El teléfono no para de sonar, y esta mañana había dos periodistas en la puerta, pero te he hecho caso y no he abierto ni he respondido a ninguna llamada.
—Mejor así —dijo mientras dejaba la chaqueta en la silla.
—¿Qué más puedo hacer? No sabía si irme o quedarme.
—Nada, irte a casa, cerramos.
—¿Para siempre?
—No, mujer, solo lo que queda de semana, en señal de duelo y para que no nos vuelvan locos. Tómate estos días libres y vuelve el lunes.
—Me gustaría ayudarte.
—Muchas gracias, pero ahora no hay nada que puedas hacer, la galería tiene que cerrar y yo lo que necesito es estar solo, voy a resolver un par de temas urgentes y me iré fuera unos días.
—Como tú digas, pero si necesitas algo, lo que sea, ya sabes que puedes llamarme a cualquier hora.
—Lo sé, muchas gracias, pero no creo que haga falta.
La chica cogió su abrigo, su móvil y la mochila y se dirigió a la puerta.
—Deja bajada la persiana cuando salgas, ya cerraré yo cuando me vaya —dijo Marcelo.
—Vale, nos vemos el lunes, cuídate y mucho ánimo.
Una vez que Marcelo oyó que había salido se dirigió a la trastienda de la galería, un espacio grande atestado de cuadros por todas partes.
Fue hasta una esquina donde había una silla y la llevó al centro de la estancia.
Se sentó y se quedó pensativo mirando un par de cuadros que había en la pared de la izquierda.
Al cabo de un rato, sus ojos empezaron a volverse vidriosos y una lágrima se deslizó por la mejilla.
Después de tantas horas por fin pudo llorar con tranquilidad y sin testigos.
Escondió la cabeza entre las manos y lloró como un niño dejando que salieran las emociones contenidas.
De súbito se puso en pie y, con los ojos enrojecidos, agarró la silla y la estampó varias veces contra una columna hasta hacerla añicos.
Cuando quiso darse cuenta ya solo tenía un trozo del respaldo en la mano, el resto sembraba el suelo del almacén.
Lo dejó caer y se dirigió al cuarto de baño, abrió el grifo y se echó agua por la cara y la nuca.
El frío le hizo reaccionar y se incorporó para encontrarse a sí mismo frente al espejo, donde vio una cara desencajada que no reconocía como suya.
Sin quitar la mirada de sus ojos rojos levantó un puño amenazante que consiguió parar segundos antes de que el espejo acabara como la silla.
Marcelo salió del baño, volvió al almacén y empezó a separar algunos de los cuadros hasta un total de seis, todos de gran formato.
Uno a uno los fue envolviendo en plástico de burbujas y los llevó hasta la puerta.
Aunque eran grandes, al ser lienzos de tela todavía sin enmarcar eran fáciles de transportar y pudo hacerlo solo.
Cuando los tuvo todos junto a la entrada, apagó las luces y subió otra vez la persiana.
Se asomó a la calle y esperó a que no pasara nadie.
Era la hora de comer y la calle estaba desierta.
Abrió la parte de atrás de la furgoneta y los fue cargando con mucho cuidado, uno al lado de otro.
Cuando ya estaban todos, los tapó con una manta, los ató, los sujetó con cintas y cerró el portón.
Volvió a la galería, recogió su chaqueta, apagó la luz, conectó la alarma, echó el cierre y salió.
Se subió a la furgoneta y se volvió a mirar los cuadros para asegurarse de que estaban bien.
El último se había destapado un poco y un trozo quedaba al descubierto.
Durante unos instantes se quedó mirando la firma de Víctor Palacios en la esquina del cuadro.
Un escalofrío le recorrió la columna. Lo tapó, se aseguró de que estaban bien sujetos, se giró para arrancar y lentamente se puso en marcha perdiéndose por las callejuelas del barrio.