Guardaré tu última sangre 61 Ana
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61 Ana

Lo segundo que más odio en el mundo son las comisarías.

Lo primero, los hospitales: curan a los enfermos, pero destrozan al resto, a los familiares y a los que trabajan allí, que no están de paso y tienen que volver un día tras otro.

Los obliga a hacerse un caparazón contra el dolor que al final los insensibiliza, y es algo inevitable, porque se trata de supervivencia emocional.

Por eso elegí Psiquiatría cuando terminé la carrera de Medicina, para no pisar nunca un hospital por voluntad propia.

Las comisarías, sin embargo, nunca pensé que las fuera a frecuentar tanto.

Elsa no era consciente del esfuerzo que me suponía acompañarla y nunca lo sabría; los favores o se hacen o no se hacen, pero no se cuantifican ni se facturan, porque entonces dejan de ser favores.

Aparqué la moto y guardé los dos cascos debajo del asiento. Elsa miraba el edificio inquieta, entre atemorizada y nerviosa.

—¿Estás segura de que no quieres que nos acompañe un abogado? —le insistí.

—Segura, no tengo nada que esconder.

—¿De verdad no quieres que hablemos las dos antes sobre lo que ha pasado? Todavía estamos a tiempo.

—No, no quiero robarte más tiempo, tampoco hay mucho que contar y no hay nada que no puedan saber aquí. Contarlo dos veces sería pasar el doble de sufrimiento, mejor acabar cuanto antes.

—Como tú quieras —le dije—. ¿Entramos?

—Sí, vamos.

La comisaría no había cambiado nada desde la última vez que estuve, las mismas caras torcidas, las mismas paredes sucias y la misma mala energía de siempre.

Un agente en la entrada nos explicó adónde ir, cómo llegar hasta allí y por quién preguntar.

Inspector Millán Ariza. Abrí los ojos, sorprendida.

¡Qué ironías tiene el destino! El único policía del que me acordaba de todos los que había conocido en mi vida.

Quizá porque era el único de mirada limpia, triste pero limpia.

Obviamente, él no me esperaba ni yo suponía que se acordase de mí y menos de mi nombre.

—Doctora Dema, qué sorpresa.

—Inspector Ariza —dije estrechándole la mano—, ella es Elsa Nebot.

Elsa saludó a su vez al policía y me miró con una interrogación en los ojos.

—El inspector y yo hemos coincidido alguna vez anteriormente —le aclaré.

—Encantado, señora Nebot, gracias por venir, siento mucho lo ocurrido y que le hayamos pedido que venga estando todo tan reciente, pero cualquier información que obtengamos en este momento será de más ayuda ahora que dentro de unos días. Siéntense, por favor.

—Lo entiendo —respondió Elsa mientras nos sentábamos— y por eso he venido, para ayudar en lo que pueda a que se aclare este horror y atrapen cuanto antes al monstruo que le ha hecho esto a mi marido.

Pero que conste que no ha sido fácil, por eso le he pedido a Ana que me acompañase, porque no confiaba en mis fuerzas.

—Inspector, si cree que debo esperar fuera, no hay problema. Yo no tengo nada que ver en este caso, solo he venido a acompañar a Elsa, no quería que viniera sola.

—Sin problema, por mí puede quedarse, esto no es un interrogatorio, se trata solo de recoger cuanto antes la mayor cantidad de información posible.

—Gracias —dijo Elsa mientras ponía su mano sobre la mía—, Ana me da muchas fuerzas y con ella me siento más tranquila.

—La doctora Dema es una persona de toda confianza para mí también y estoy encantado de que nos acompañe.

Después de la mirada del inspector mientras decía aquello y al notar la mano de Elsa no fui capaz de articular palabra, luchaba para que no se me notara el calor que volvía a subirme. Me limité a sonreír y callar.

—¿Qué necesita saber? —apremió Elsa.

—Antes que nada, me ha parecido oír que hablaba del señor Palacios como su marido, pero tenía entendido que ya no lo eran.

—Así es, en la práctica ya hace dos años que estábamos separados, pero nunca nos divorciamos, con lo cual legalmente seguía siendo mi marido; pero no lo he dicho por eso, es que en estos momentos lo siento como tal.

—Pero según las informaciones de las que disponemos, últimamente él había rehecho su vida, ¿no?

—Si por rehacer su vida entiende estar con otra mujer, en el caso de Víctor podemos decir que rehacía su vida a diario, pero si se refiere a si había alguna que le durase más de una semana, en ese caso, también se puede decir que había rehecho su vida.

—Entendido, me queda muy claro. Por lo que sabemos, esta persona se llama Paula Bravo y también es pintora.

—Sí, eso tengo entendido.

—¿La conoce en persona?

—No, solo de referencias por terceros.

—¿Uno de esos terceros era su marido?

—Sí, nunca perdimos el contacto del todo, nos llevábamos bien, y más últimamente.

—Para llevarse bien, tenían todavía pendiente una demanda en los tribunales que no había pasado del acto de conciliación previo al juicio.

—Víctor era muy suyo, tenía problemas de autoridad. Le molestaba que le impusieran lo que tenía que hacer y no soportaba la idea de un juicio. Pero es verdad que no habíamos llegado a un acuerdo económico después de la separación.

—Perdone si esta pregunta le resulta incómoda, pero ¿de qué vive usted, señora Nebot? —dijo Ariza mirándola fijamente.

—En este momento no trabajo. Le parecerá extraño, pero Víctor, a pesar de todo, me ayudaba económicamente, como ya le he dicho nos llevábamos bien.

—¿Sabe si tenía enemigos su marido?

—Puede que haya gente que no lo soportara que le tuviera envidia o incluso hasta a alguno le gustaría que las cosas no le hubieran ido tan bien, pero dudo que hubiera alguien que le deseara lo que le han hecho. Es algo que escapa a toda lógica. Por más vueltas que le doy, no consigo entenderlo.

—Doctora Dema, usted que es psiquiatra, ¿qué opina de lo que ha pasado? —dijo el inspector dirigiéndose a mí.

Por un momento guardé silencio, no quería implicarme lo más mínimo en una historia tan escabrosa, pero tampoco quería que pareciera que me era indiferente.

—Me falta información, pero lo que han hecho no responde al perfil de alguien que solo quiera hacer daño, parece más una persona que busca relevancia y notoriedad.

—¿Me está diciendo que la persona que ha hecho esto buscaba salir en las noticias?

—Las cosas nunca son tan simples. Que quería llamar la atención y que esta historia iba a trascender es algo obvio, de no ser así no se habría tomado la molestia de hacerlo de esa manera, y justo ese día y en ese sitio, pero seguramente habrá algo más, la relevancia mediática no lo explica todo.

—¿A qué se refiere?

—Creo que estoy hablando de más —respondí—, como ya le he dicho me falta información, y además es un asunto que no es de mi incumbencia. Si no le importa preferiría mantenerme al margen. Solo he venido como acompañante.

—Sí, lo entiendo, pero lo que ha dicho es muy interesante.

—Sí, yo también estoy de acuerdo con ella —apostilló Elsa.

—Señora Nebot, ¿cuándo fue la última vez que estuvo en contacto con su marido?

—La semana pasada, el martes vino a casa a cenar.

—¿Le vio distinto, preocupado o le dijo algo que crea que puede ayudarnos?

—No, estaba muy ilusionado con su exposición en la Feria de Arte Contemporáneo.

Para él era su gran momento. Llevaba soñando con eso muchos años.

Me estuvo explicando de qué iba su exposición.

Que nadie había hecho nunca retratos partidos, una parte en pintura y la otra mitad escultura y, además, con dos estilos diferentes.

Era una apuesta muy arriesgada, pero esperaba que funcionara y tuviera mucho eco.

—Desde luego, ha dado mucho de que hablar —dijo el policía.

—Lamentablemente, sí.

—¿Quiénes eran las personas que estaban cerca de su marido habitualmente, con las que trataba a diario?

—Mi marido era muy sociable y estaba siempre rodeado de gente, pero eran personas que iban y venían, con las que no profundizaba mucho, él sabía que gran parte del éxito se conseguía con una vida social muy activa y en eso era muy bueno, casi tanto como pintando.

Era un animal social, pero al final la gente cercana era la misma de siempre: Marcelo Fonseca, su galerista; Daniel Rincón, su ayudante y uno de sus mejores amigos, y yo misma también, por supuesto.

—¿Y su novia actual?

—Supongo que en los últimos meses también —dijo Elsa con desdén.

—¿Dónde estuvo ayer por la tarde?

Aquella pregunta me hizo saltar como un resorte.

—Me parece improcedente esa pregunta e impropia de usted, señor Ariza, mi amiga ha venido voluntariamente a colaborar —dije mientras me levantaba—, creo que es hora de irnos, Elsa.

—Sí, creo que es hora de irnos, mi cabeza no da para más, necesito descansar, pero no tengo problema en contestarle, señor Ariza: toda la tarde y toda la noche de ayer las pasé en casa, salvo un rato que salí a una entrevista de trabajo.

En ese momento Elsa se levantó también y las dos nos dirigimos a la puerta.

—No era mi intención molestarla, pero entienda que tenía que preguntarlo.

—No, no se entiende que tuviera que preguntarlo —le corté muy seria.

—En cualquier caso, les agradezco a las dos que hayan venido, a usted, doctora Dema, por su ayuda, y a usted, señora Nebot, por su colaboración. Y si se le ocurre algo que crea que puede ser de utilidad, llámeme, por favor.

—No se preocupe, que lo haré —dijo Elsa volviéndose antes de salir por la puerta—. ¡Ah! Y como veo que le interesa, ayer en ningún momento estuve sola en casa.