Guardaré tu última sangre 62 Nemesio
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62 Nemesio

La portería de la casa donde se encontraba el estudio de Víctor Palacios era pequeña, lo justo para una mesa y un par de sillas.

En una de ellas estaba el portero, enjuto y mayor, con el pelo blanco y un mono de trabajo azul oscuro, gesto descompuesto y manos temblorosas.

En la otra silla un policía de paisano le tomaba declaración.

Millán Ariza saludó al policía de uniforme de la puerta y entró.

—Buenos días, soy el inspector que lleva este caso —dijo estrechándole la mano—. Necesitaría saber un par de cosas.

—A sus órdenes. Nemesio Pradera, conserje de esta finca.

—Creo que ayer por la tarde vinieron de una agencia de transportes a llevarse varias esculturas y que usted les abrió la puerta.

—Así es, yo tengo copia de las llaves del estudio, el señorito Víctor me las dejó porque es muy despistado y a veces se las olvida dentro, también para cuando le traen paquetes o vienen a recogerlos y él no está, en ese caso yo me encargo de abrirles.

—¿Esta vez le avisó él de que venían a recoger las esculturas?

—Sí, me dijo que vendrían sobre las ocho y que les abriera la puerta para recoger dos bultos porque él no estaría en el estudio.

—¿Se lo dijo en persona?

—No, me mandó un mensaje. Cuando no está me llama o si está muy liado me manda un mensaje al móvil.

—¿A qué hora le avisó?

—No recuerdo, pero espere que lo mire, nunca borro los mensajes.

El portero sacó unas gafas de pasta negra del bolsillo de la chaqueta, se las puso en la punta de la nariz, cogió el móvil y buscó durante unos instantes.

—«Me entró el mensaje a las siete menos cuarto —dijo levantando la cabeza».

—¿Qué decía?

Volvió a dirigir la vista al móvil y lo leyó:

—«Esta tarde vendrán a recoger dos esculturas de mi estudio, por favor, ábrales la puerta. Las dejo donde siempre».

—¿Recuerda la última vez que le vio?

—¿Al señorito Víctor?

—Sí.

—Lo recuerdo perfectamente, ayer mismo.

—¿A qué hora?

—Antes de comer. Ayer se fue muy temprano, sobre las nueve de la mañana, y no volvió hasta la hora de comer. Esa fue la última vez que le vi en persona.

—¿Alguien vino a verle después de ese momento?

—No, hasta que llegaron los transportistas ya no vino nadie al estudio.

—Qué pena, habría sido de mucha ayuda si hubiera visto a alguien.

—Le he dicho que después de que el señorito Víctor regresara no vi a nadie, pero antes sí.

—Sí ¿qué?

—Que antes sí vino una persona.

—¿Antes de que volviera?

—Antes de que se fuera a primera hora de la mañana.

—¿Quién vino tan temprano?

—Daniel, su ayudante, llegó antes de que el señorito Víctor saliera, él mismo le abrió la puerta y estuvieron un rato dentro, luego él se fue y el señorito Daniel se quedó trabajando en el taller y ya no le vi irse, así que no sé hasta qué hora se quedó.