63 Teo
El hombre que fumaba sentado en el bulevar frente a la entrada del Hospital Central podría pasar por un viajante de comercio al borde de la jubilación, de no ser porque le delataba el brillo del cazador.
Teodoro Saldaña era de poca altura, pero mucha espalda, la suficiente para que no te apeteciera tener problemas con él.
La cara la tenía poblada de arrugas y el poco pelo que le quedaba seguía siendo negro azabache.
El resto debió perderlo en la misma época que la ilusión y la alegría.
Tenía el bigote poblado y recto, pero el gesto torcido y la chaqueta tan arrugada que parecía que había dormido con ella en ese mismo banco.
Miraba indolente las luces de las ambulancias a través del humo de su cigarrillo y no parecía tener ni prisa ni ganas de hacer otra cosa en todo el día.
Cuando ya estaba a punto de fumarse el filtro, lo tiró al suelo sin molestarse en apagarlo y, respirando profundamente aire sin humo, se puso en pie.
Las urgencias del hospital estaban ese día como siempre, saturadas de enfermos y familiares.
Unos esperaban dentro y otros fuera, pero todos compartían la misma cara de angustia y abatimiento.
Teodoro, Teo, como le llamaba su jefe, el inspector Ariza, esquivó una ambulancia, se acercó a la ventana de admisiones, sacó la placa de policía y la puso encima de la mesa.
—Buenos días, soy el subinspector Saldaña, del Cuerpo Nacional de Policía. Necesito saber si ha ingresado una paciente que se llama Paula Bravo.
La mujer que estaba detrás del mostrador tardó unos instantes en reaccionar, pero enseguida tecleó nerviosa en su ordenador. Después de estudiar la pantalla, apenas consiguió balbucear.
—Está todavía en observación. Pasillo de la izquierda, al fondo.
—Gracias —dijo Teo volviéndose a guardar la placa.
Atravesó una puerta con el rótulo de NO PASAR y fue buscando entre las camillas alguna mujer joven. En ese momento encontró un médico con bata que leía unos papeles. Volvió a sacar la placa y se la mostró antes de preguntarle.
—Estoy buscando a Paula Bravo.
—¿Es usted familiar suyo? —preguntó el médico.
—¿Tiene problemas de visión? —respondió cortante el policía.
—No —dijo extrañado el médico.
—¿No ha visto la placa? Soy policía y es un asunto urgente, necesito hablar con ella ahora mismo.
El médico abrió los ojos, dudó un instante, pero rápidamente miró entre sus papeles.
—Entró hace una hora con una crisis nerviosa asociada a pérdida del conocimiento.
—La primera duda resuelta, ya sabe lo de su novio.
—¿Cómo dice?
—Nada. ¿Dónde la puedo encontrar?
—No creo que esté en condiciones de hablar con nadie.
—Yo no soy nadie, soy policía, y de verdad que necesito verla. Por favor…
El médico se dio la vuelta.
—Sígame.
Teo le siguió, sorteando sillas de ruedas y camillas con enfermos.
Al fondo de un pasillo había una zona con varias camas sin otra separación entre ellas que unas cortinas.
El medico las apartó y entró, el policía le siguió.
Dentro, una joven dormía profundamente; no aparentaba más de veintitantos, las facciones eran dulces, casi de niña, y el pelo liso y rubio le hacía cara de ángel.
—¿Señorita Bravo? —dijo el policía.
La chica no mostró señal alguna de oírle y seguía con los ojos cerrados. Los dos esperaron un rato y, al no mostrar signos de despertarse, el médico hizo señas de salir. Teo le siguió de mala gana.
—Le hemos administrado un fuerte tranquilizante y aunque se despertara no creo que estuviera en condiciones de contarle nada coherente, ingresó con una fuerte crisis.
—¿Sabe por qué?
—No, no hemos conseguido hablar con ella todavía.
—A su novio le han cortado la cabeza.
—¿Lo dice en serio?
—¿Tengo cara de hacer bromas?
—No, por supuesto que no. Dios santo. Ahora lo entiendo, no es para menos.
El policía dudó y al final sacó una tarjeta de la cartera y la metió en el bolsillo de la bata del médico.
—Désela cuando se despierte y asegúrese de que me llama. Le hago a usted directamente responsable —dijo apuntándole con un dedo y guiñando un ojo.
—¿No sería mejor que se lo encargara a la persona que ha venido con ella?
—¿No está sola? Aquí no he visto a nadie.
—Esta zona es restringida, aquí no se permite el paso de familiares, solo enfermos y personal facultativo; si hubiera mirado la señal que había en la puerta se habría dado cuenta.
—No me toque los cojones a estas horas de la tarde que no estoy para tonterías. Lo que tengo entre manos es más urgente que todas sus camillas juntas. Que esos al menos están vivos todavía. ¿Quién ha venido con ella?
—Un chico moreno, de su edad más o menos, con gafas, gorro rojo de lana y una chaqueta de color verde militar.
Teo se volvió sin despedirse, salió a donde esperaban los familiares y no le costó mucho encontrar un chico con esa descripción entre la multitud de gente.
—¿Eres familiar de Paula Bravo?
—No, pero soy amigo suyo.
—¿Tú eres el que la ha traído?
—Sí, estaba conmigo cuando le dio la crisis.
—Ok, tú eres la persona que busco, vamos a la calle, tenemos que hablar.
—¿Es usted médico?
—¿Tengo bata de médico o cara de médico?
—La verdad es que no.
—Pues entonces no soy médico. Sígueme, soy policía.
El chico obedeció sin rechistar, salieron a la calle y se sentaron en un banco del bulevar que había delante del hospital. Teo sacó del bolsillo un paquete de tabaco y le ofreció.
—¿Te apetece?
—No, gracias, no fumo.
—Tú te lo pierdes —dijo el policía mientras lo encendía.
Le dio una calada larga y echó el humo hacia arriba. Con el cigarrillo en la boca rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una libreta y un bolígrafo.
—Hijo, ¿cómo te llamas?
—Ramiro.
—¿Solo Ramiro? ¿No tienes padre?
—Ramiro Tejada.
—¿De qué conoces a Paula?
—Fuimos compañeros en la universidad.
—¿Solo eso? ¿Amigos nada más?
—Hace muchos años tuvimos una relación, pero ahora solo amigos.
—Cuéntame qué le ha pasado hoy a tu amiga.
—Estábamos en su casa y la llamaron por teléfono, no sé quién, se quedó un rato escuchando lo que le decían y solo dijo: «No, no, no…
, no puede ser». No habló más, solo atendía con la cara descompuesta.
De repente se le escapó el teléfono de las manos y empezó a llorar y a gritar como una loca cosas sin sentido hasta que perdió el conocimiento y cayó al suelo.
Me asusté y llamé al 112 . Llegaron en seguida, la montaron en una camilla y la trajeron aquí.
Yo no tenía ni idea de qué estaba pasando hasta hace un momento, mientras esperaba, que he visto en el móvil lo que le ha sucedido a Víctor Palacios.
—Sí, mucha gente pierde la cabeza a diario, pero no de ese modo —dijo Teo.
—Es horrible, a mí todavía me cuesta creerlo; no me extraña que se pusiera así, Paula es muy sensible.
—¿No sabrás, por casualidad, donde estuvo tu amiga ayer?
—Sí, claro que lo sé, estuvo conmigo.
—¿Todo el día?
—Sí, estoy pasando unos días en su casa y ayer no salimos, tenía una jaqueca horrible y apenas salió de la cama.
El policía tiró el cigarrillo al suelo sin apagarlo y sacó una tarjeta del bolsillo.
—Toma, aquí tienes mi teléfono, cuando se despierte dile a tu amiga que tengo que hablar con ella. En cuanto se recupere me avisas. Hoy a cualquier hora o mañana por la mañana a más tardar.
—Descuide, yo se lo diré.
Sin mediar más palabras, Teo se levantó, se guardó la libreta y se alejó por el bulevar, pensativo, mientras encendía otro cigarrillo.