64 Elsa
Con mis pacientes tengo normas estrictas y siempre las cumplo.
No queda otra. Algunos son personas maduras y actúan como tales, pero otros son como niños pequeños egoístas y caprichosos, bulímicos del afecto, y si les das la mano se terminan tomando el brazo hasta el cuello.
Es importante mantener una mínima distancia entre médico y paciente para que nunca pierdan la perspectiva de dónde estamos, y quiénes somos el uno y el otro.
Que no olviden que ellos tienen un problema y yo solo los ayudo, pero nada más, como lo haría un fontanero si tuvieran un grifo roto.
Ellos tienen las emociones rotas y yo intento reconstruirlas.
No hay más, no soy ni su amiga ni su confidente. Ellos han acudido a mí, no yo a ellos.
Una de esas normas es nunca coger el teléfono fuera de horario laboral y hoy ya me la había saltado.
Otra norma es nunca ir a casa de un paciente y estaba a punto de saltármela, pero que al exmarido de una paciente le corten la cabeza creo que es una razón más que suficiente para hacer una excepción.
Al fin y al cabo, para eso están las reglas, para saltárselas.
No me parecía que Elsa estuviera en condiciones para moverse de casa y a mí me apetecía salir.
Además, no vivía lejos y con mi Vespa estaría allí en diez minutos.
Me gusta moverme en moto por la ciudad; es peligroso, pero la mezcla de adrenalina con la sensación de libertad hace que merezca la pena.
Además, la hora de comer es una buena hora para circular, la gente no perdona sentarse a la mesa y las calles se vacían.
Era un momento perfecto para moverse, despejarse y que me diera el aire en la cara.
Al llegar a la dirección que me había dado me sorprendió el estado del edificio.
Mientras le ponía el candado a la moto pensé que a la ex de un pintor famoso le pegaba vivir en un sitio mejor.
Estaba en una buena zona y era un edificio antiguo pero descuidado y sin ningún encanto.
Los vecinos no habían repintado la fachada desde hacía muchos años, si es que alguna vez lo habían hecho.
Quizá en algún momento tuvo un color bonito, pero el tiempo, la contaminación y la desgana habían teñido de gris todo el edificio.
Llamé a la puerta y alguien me abrió el portal sin preguntar quién era. Entré y busqué el ascensor sin éxito. No existía. Era un quinto piso, así que me armé de paciencia y subí las escaleras. Mis glúteos no pestañearon.
Al llegar al rellano me encontré la puerta entreabierta. Supuse que Elsa no había tenido la entereza de esperarme.
Crucé la puerta y saludé.
—¿Hola?
—Ana, pasa, estoy aquí, en el salón.
Cerré la puerta detrás de mí, entré y la encontré tirada en el sofá llorando desconsoladamente.
Al verme llegar se incorporó, se abrazó a mí y arreció el llanto, noté como sus lágrimas me bajaban desde el cuello hasta la espalda.
La rodeé con mis brazos sin mucho convencimiento y le di un par de palmaditas en la espalda.
Me sentí extraña. A la gente le encanta tocarse, pero a mí me incomoda profundamente salvo que sea alguien de mucha confianza o yo haya bebido más de la cuenta, y este no era ninguno de los dos casos.
—Gracias por venir, Ana, no sabes cómo te lo agradezco —acertó a decir entre sollozos.
—Tranquila —le dije mientras le cogía la mano y me la llevaba de vuelta al sofá. Vi que había una manta y se la puse sobre las piernas. No porque hiciera frío, si no para que tuviera la sensación de sentirse arropada.
—Ha sido horrible.
—Cuéntame qué ha pasado.
—Alguien ha matado a Víctor.
Di por hecho que Víctor sería su marido y no la interrumpí.
—Le han cortado la cabeza y la han expuesto en la Feria de Arte Contemporáneo sin que nadie se diera cuenta hasta el momento de la inauguración.
—Perdona que te interrumpa, Elsa. ¿Cómo es que nadie se percató que había allí una cabeza humana?
—Había muchas más.
—¿Más cabezas humanas?
—No, esculturas hiperrealistas hasta el mínimo detalle, tanto que parecían reales, y la suya estaba colocada como las demás, por eso nadie se dio cuenta que la suya era de verdad.
—Entiendo.
—Justo cuando estaban inaugurando la exposición, su cabeza empezó a perder sangre y en ese momento fue cuando advirtieron que no era una escultura.
—¡Qué horror! —dije al imaginarlo.
Elsa volvió a llorar y hundió la cabeza entre sus manos.
La dejé, era lo que mejor le podía sentar y nada que le dijera podría ayudarla después de lo que había pasado.
En ese momento me fijé en el salón y pensé que no tenía nada que ver con el edificio.
Paredes blancas con grandes cuadros, todos del mismo estilo, por lo que supuse que serían de su exmarido.
Debían valer una fortuna, y más ahora, después de lo que había pasado.
Sin embargo, el resto del mobiliario era barato, con buen gusto, moderno y acogedor, pero de mala calidad y con algún nombre sueco impronunciable.
—Esto no puede estar pasando —siguió diciendo Elsa.
—Deberías intentar dormir. Te he traído algo que te ayudará.
—¿Pastillas?
—Sí, en algunos momentos son necesarias.
—No puedo, no te he llamado para eso, necesito que me hagas un favor.
—Por supuesto, lo que quieras —le respondí.
—La policía quiere hablar conmigo y me han dicho que venían a casa, pero no me apetece que vengan. Me han dicho que entonces tengo que ir yo a comisaría y no tengo fuerzas para ir sola, y no tengo familia ni amigos que puedan acompañarme. ¿Vendrías conmigo?
Por unos instantes no supe qué decir. Las comisarías terminan apareciendo en mi vida tarde o temprano, debe ser una maldición de la que no me puedo librar.
Desde la noche en que aquellos borrachos me fueron pasando de uno a otro en el coche hasta hoy, he tenido que visitarlas más de lo que me habría gustado y nunca porque yo quisiera, siempre es porque los problemas me buscan y más de una vez me terminan encontrando.
Odio esos sitios, por como son y donde están, odio su ambiente, la gente que hay dentro, el aire que se respira, la decoración.
No puede haber un lugar que me produzca más rechazo que una comisaría.
Por eso podía imaginar el desamparo de Elsa ante la perspectiva de ir sola.
—Claro, te acompañaré, no te preocupes, seguro que será rápido y, cuanto antes lo pases, antes podrás empezar a olvidar. Aunque también puedes decir que vengan y yo estoy aquí contigo.
—No, mejor vamos. No me gusta que vengan extraños a casa.
—Lo que sea más fácil para ti, no es momento de complicar las cosas sin necesidad.
Volvió a abrazarme con fuerza mientras me besaba en la mejilla y sentía sus pechos contra los míos, por unos instantes un calor que me venía desde más abajo borró la ternura y la compasión. Con delicadeza la aparté y me levanté del sofá.
—Necesito ir al baño. ¿Dónde está?
—La puerta de la izquierda.
Me dirigí hacia allí con la cara encendida mientras Elsa se tumbaba a seguir llorando.
Cerré la puerta, abrí el grifo y dejé correr el agua fría.
Miré a ver si tenía rímel y sombra entre sus cosas y al comprobar que sí metí la cara en el agua helada.
No podía estar pasando. No puede atraerme alguien que está sufriendo, no tiene ningún morbo, pero no habían sido imaginaciones mías comprobar que ella tampoco llevaba sujetador y que sus pezones estaban duros como los míos.
Todo aquello era muy extraño, volví a meter la cara en el agua y aguanté la respiración mientras notaba como el frío me endurecía la circulación de la cara y me refrescaba la mente.
Saqué la cabeza y me miré en el espejo mientras las gotas bajaban por mis mejillas.
Me sequé y limpié la cara con el papel higiénico.
Abrí su rímel y me retoqué mientras pensaba que también eran baratos los productos de cosmética que usaba.
En aquella casa solo había dinero en las paredes.
Lista. Puse cada cosa en su sitio, tiré el papel, respiré hondo de nuevo y salí de allí con la intención de que no se notara nada. Elsa había dejado de llorar y me miraba fijamente con los ojos enrojecidos y muy abiertos. Por un momento pensé que se había dado cuenta del efecto de su abrazo.
—¿De verdad me acompañarás? —dijo.
—¿A qué hora tienes que ir?
—Ya. Me han dicho que era muy urgente que hablasen conmigo lo antes posible. Por eso te he llamado, porque tengo que ir ahora y yo sola no me siento con fuerzas, no creo que pudiera soportarlo.
—Si quieres te acompaño, pero ¿no crees que sería mejor que fuera contigo un abogado?
—¿Un abogado?
—Sí, lo que digas va a quedar por escrito y lo tendrás que firmar. Estamos hablando de algo muy complicado que no sabes hasta dónde puede salpicarte.
—¿Estás insinuando que he tenido algo que ver? Yo quería mucho a Víctor; además, últimamente, después de muchas tensiones habíamos conseguido recuperar el afecto y la complicidad.
—No, no quería decir que tuvieras algo que ver, sino que de alguna manera te afectará, siquiera indirectamente. Tampoco conozco los detalles ni tengo información, pero sé que estas historias se pueden complicar, aunque no tengas ninguna implicación.
—No conozco a ningún abogado y tampoco tengo nada que ocultar, así que no me preocupa, quiero ayudar a que se resuelva. Quiero ir, quitármelo de encima ya, pero no sola.
—Entonces adelante, vámonos ya, que a las seis tengo un paciente, pero hasta entonces estoy libre.
—No sabes cómo te lo agradezco, sé que no se le pueden pedir estas cosas a tu terapeuta, pero no sabía a quién acudir. Me das tranquilidad.
—Llevas razón, la terapia es incompatible con estos contactos personales, pero ya que han venido así las cosas te ayudaré.
—Muchas gracias, Ana, muchas gracias.
—Ponte algo formal y te llevo yo.
—¿Qué me pongo? Nunca he estado en una comisaría.
—¿Tienes algún traje de chaqueta?
—No.
—¿Un jersey y unos pantalones oscuros?
—Sí, algo así creo que tengo.
—Pues póntelo y abrígate, que hará frío.
—Tengo un chaquetón de cuadros negros y blancos.
—¿No tienes algo más discreto?
—No, es el que uso habitualmente.
—Lo que sea, pero vámonos ya.
—¿Has venido en coche?
—No, en moto, pero siempre llevo otro casco. Te sentará bien el aire fresco.
Elsa se metió en su habitación y yo me volví a sentar en el sofá. Me fijé en que sobre la mesa había un cenicero con colillas de tabaco negro. Las moví y vi que una de ellas todavía mantenía una pequeña brasa encendida.
—¿Fumas? —le grité mientras se vestía.
—No, pero puedes fumar si quieres —gritó desde su cuarto.
Me quedé pensando quién sería esa persona que tenía confianza para fumar en su casa, pero no para acompañarla a comisaría.