65 Víctor
Vivía en el mismo sitio donde trabajaba, un barrio antiguo y céntrico que en diez años había pasado de ser un nido de yonquis, ladrones, putas y camellos a convertirse en la zona de moda.
Los antiguos comercios de barrio habían sido engullidos por las tiendas de diseño y las tabernas con mostrador de zinc por gastrobares con estrella.
La cocaína había desalojado al caballo y los artistas a las mujeres que fumaban en las esquinas.
Los delincuentes de la noche habían dejado su sitio a otros de día, mejor vestidos pero de la misma calaña, idénticos trapicheos, pero ahora más letales, fondos buitre en lugar de drogas.
Los mismos perros con un collar más caro.
El estudio de Víctor Palacios estaba en la planta baja de un edificio que debió construir alguna familia pudiente cuando les iba bien y del que se deshicieron cuando llegaron tiempos peores.
El local fue durante un tiempo un taller de chapa y pintura, aunque ahora lo habían remozado.
Al igual que había sucedido con el barrio, seguía teniendo el mismo uso, pero con más glamur y dinero.
Cuando llegó el inspector Millán Ariza, saludó al policía de uniforme que estaba en la puerta y entró en un gran espacio diáfano que hacía las funciones de estudio, salón, cocina y dormitorio, según donde miraras.
Las paredes eran blancas y el suelo de hormigón pulido, todo lleno de manchas de pintura de todos los colores, especialmente en la zona de trabajo, donde estaban los caballetes, lienzos en blanco, mesas con pinceles, botes de pintura y herramientas.
De las vigas todavía colgaban las poleas y las cadenas que en su día tuvo el taller de coches.
Por las paredes, algunos bastidores sin lienzo y otros en blanco a la espera de ser pintados.
En las mesas, varias esculturas de cabezas a medio acabar y una ya terminada con los rasgos de Víctor Palacios, con un acabado y un nivel de detalle impresionante, casi idéntica a su cabeza real, la que había rodado por el suelo en la Feria de Arte.
Había que acercarse mucho para notar la diferencia entre una y otra.
Al otro extremo del estudio había un espacio distinto al resto, en la pared una gran chimenea y, enfrente, un amplio sofá, dos sillones y una mesa baja sobre una mullida alfombra.
Al lado, separada por una barra, una cocina con restos de comida y platos y vasos sucios.
Más allá, detrás de un biombo, una cama de matrimonio de pie, apoyada contra la pared, y junto a ella, en el suelo, lo que el inspector ya sabía que se iba a encontrar: un cuerpo humano sin cabeza.
A su lado vigilaba un agente de uniforme, y agachados junto al cadáver los de la policía científica lo inspeccionaban todo, cogiendo muestras y haciendo fotos.
Mientras Ariza contemplaba la escena, otro policía de paisano entró por la puerta con un traje todavía más viejo y deslucido que el suyo.
—Hola, Millán.
—Hola, Teo. ¿Dónde estabas?
—Hablando con el portero.
—¿Se puede saber qué demonios ha pasado aquí?
—Si quieres el titular: alguien ha perdido la cabeza. Pero si quieres los detalles, es pronto para saberlo. A los de la científica les queda todavía un buen rato, siguen recogiendo muestras y haciendo pruebas.
—¿Por qué está la cama contra la pared? —preguntó Millán Ariza.
—El cuerpo estaba debajo y hemos tenido que levantarla para inspeccionarlo, pero tranquilo, que antes se quitaron las sábanas y se mandaron al laboratorio.
—¿Estaba el cuerpo debajo de la cama?
—Sí, la falta de lesiones en el cuerpo nos llevan a pensar, de manera preliminar, que pudo sufrir un golpe o un disparo en la cabeza, y después de cortársela, lo empujaron debajo de la cama para que no estuviese a la vista.
Por eso cuando vinieron los transportistas a recoger las piezas que faltaban para la exposición no lo vieron.
—¿Y quién les abrió la puerta?
—El portero. Tenía llaves del estudio.
—¿Habéis pedido ya las imágenes de todas las cámaras del barrio?
—Ya las tenemos y hay dos personas que han empezado a visionarlas.
—¿Algo más? —preguntó Ariza.
—Sí, en la mesa está la escultura de su cabeza, la que tendría que haber ido en lugar de la cabeza real.
—Ya, ya la he visto. Da mucha grima. ¿Se sabe cómo le decapitaron?
—Ni idea, pero según el forense el corte es muy limpio.
—¿Llevaba encima su teléfono?
—No, y no aparece por ningún lado.
—¿Huellas dactilares?
—Demasiadas, hay por todos lados —contestó Teo.
—¿Suyas?
—Suyas y de al menos siete u ocho personas más. Hasta que no las pasemos por la base de datos no sabremos quiénes, pero seguro que la mayoría son de los ayudantes del pintor, del portero y de los empleados de la agencia de transportes que vinieron a recoger las esculturas.
—¿Dónde está el portero?
—Fuera, en la portería, le están terminando de tomar declaración.
—Hagamos una cosa, necesito que vayas a ver a la novia del pintor. La he llamado y está ingresada en el hospital, vete y averigua qué le ha pasado y si ya se ha enterado de la historia. Yo mientras hablaré con el portero.
—¿Cómo se llama la novia?
—Paula Bravo. Hay un amigo con ella, que es el que me ha cogido el teléfono.
—Vale, jefe, me voy para allá, pero, antes de irme, hay algo que deberías saber.
—¿Qué?
—No había apenas sangre.
—¿Cómo que no había sangre? Le han cortado la cabeza, debería haber litros por el suelo y por todas partes.
—Ya, eso mismo pensamos todos, pero no. Aparte de la poca que quedaba en el cadáver, solo las salpicaduras y algunas pequeñas manchas pequeñas diseminadas por el suelo, como si se hubieran caído de algún recipiente que alguien llevaba. Ni rastro en la cocina o en el baño.
—No es posible.
—Lo es. El que lo mató se tomó la molestia de esperar a que se desangrara y llevarse toda su sangre.