Guardaré tu última sangre 66 Ana
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66 Ana

Me dejé caer en el diván como una piedra.

Al marido de una paciente le habían cortado la cabeza.

Estas cosas no ocurren en la vida real. Yo estoy acostumbrada al horror inventado, el que solo existe en la mente de mis pacientes.

Lucho y convivo con él a diario, lo veo crecer y desaparecer entre las paredes de mi consulta.

Sé cómo manejarlo y no me da miedo. Pero esto es otra cosa, esto es el horror real, el que se puede ver, oler y tocar, el que cuando retiras la mano la tienes manchada de sangre, el que no avisa, el que no se entiende, el que de verdad deja heridas que no se curan en un diván ni con pastillas.

Elsa había empezado a venir hacía poco a la consulta.

Había contactado conmigo a través de un antiguo paciente y desde el primer momento simpatizamos: edad similar, creativa, mente inquieta y con una oscura carga del pasado que todavía no había salido a la luz; solo llevaba dos sesiones, era pronto.

En muchas cosas me recordaba a mí, aunque físicamente no teníamos nada que ver.

Yo seguía sin querer teñirme mi precoz pelo blanco y ella conservaba su brillante pelo moreno, aunque las dos lo llevábamos corto, ella liso en capas y yo de punta.

Su cuerpo era perfecto, me di cuenta en seguida.

Una hora en la consulta es muy larga y la distancia con el paciente corta.

Saltaba a la vista que estaba esculpido en horas de gimnasio caro, esos donde se suda poco y se aprende dietética, mientras que yo era delgada y fibrosa de naturaleza y me sentía más cómoda en gimnasios de barrio, esos donde la gente ya llega sudada y lo que se aprende es a pegarse.

Ella era muy elegante, con ese aire desenfadado y casual de la gente de buena familia que siempre está ideal, aunque se hayan puesto lo primero que han encontrado en el armario.

Horas y horas eligiendo ropa cara en tu adolescencia es un máster que te deja un poso que no te quita una vida bohemia ni unos amigos zarrapastrosos; el buen gusto y la habilidad de elegir y conjuntar siempre están ahí por mucho que se intente esconder.

Yo sin embargo seguía vistiendo siempre de negro fuera donde fuera y a cualquier hora.

Traje chaqueta, falda o pantalón para la consulta y jeans con jerséis de cuello alto o camisetas para la noche.

Porque me sentaba bien el contraste con mi pelo blanco y por la comodidad de no perder tiempo comprando o eligiendo cada día.

En algún sitio leí que muchos hombres de éxito, como Obama o Jobs, siempre vestían el mismo modelo y que no había otra cosa en su armario, salvo las mismas prendas repetidas muchas veces.

Al cabo del año ahorraban mucho tiempo que luego invertían en tomar decisiones brillantes.

Yo seguramente no era una mujer de éxito, porque el tiempo que ahorraba en elegir ropa siempre era para tomar malas decisiones en mi vida personal.

Menos mal que en el trabajo había conseguido crear una burbuja de estabilidad y sensatez que me servía de asidero y descanso para el resto de mi vida, un refugio diario con reglas inamovibles y un objetivo marcado: que mis pacientes salieran mejor que entraban.

Y lo había conseguido, ellos día a día iban a mejor mientras que yo, fuera de la consulta, iba a peor, pero a cambio mi prestigio como psiquiatra iba en aumento y yo tenía una pequeña isla de cordura, un remanso de paz donde reponerme de las tormentas de la noche.

Quizá por eso no quería cambiar nada y todavía seguían allí los libros de mi padre y los sillones donde saltaba de pequeña.

De pronto me di cuenta de que no había encendido lo que acababa de liar.

Muy propio de mí, perderme en mis pensamientos sin ir a ningún sitio.

Salí al balcón y le acerqué la llama del mechero.

Aspiré bien fuerte sintiendo como el humo entraba hasta el último alvéolo de mis pulmones y aflojaba mi cuerpo y mi mente.

Cerré los ojos, mientras una ligera brisa bordeaba mi cara.

Las buenas caricias son tan escasas que siempre hay que aceptarlas, aunque sean del viento.