Guardaré tu última sangre 67 Millán
4%

67 Millán

El espacio de la Feria de Arte Contemporáneo había pasado de lo divino al infierno en un instante.

Cuadros y esculturas caídas en medio de una moqueta sembrada de papeles, cristales rotos, bolsos, zapatos perdidos y teléfonos por el suelo, algunos sonando.

Todo el perímetro acordonado por cintas de «No pasar.

Policía». Un ir y venir de agentes de uniforme y paisano, servicios médicos, algunos invitados en camilla saliendo en dirección a las ambulancias y los pocos que aún quedaban estaban siendo atendidos allí mismo.

Una estampida, por pequeña que sea, siempre deja heridos.

El pánico y el egoísmo juntos son un arma de destrucción masiva.

Dentro del pabellón había un segundo cordón que aislaba el sitio donde había rodado la cabeza de Víctor Palacios, que todavía seguía allí, sobre una mancha de color rojo oscuro.

Un par de especialistas con guantes inspeccionaban, agachados, cada detalle, mientras otros hablaban entre ellos y alguno hacía fotos.

En una esquina uno de los policías de paisano miraba pensativo aquel batiburrillo de gente.

Era un poco más alto que los demás, con buena planta, zapatos sucios y un traje barato y arrugado que había perdido el brillo si es que alguna vez lo tuvo.

Las bolsas de los ojos y las arrugas de la cara delataban que había cruzado los cincuenta, y las canas lo confirmaban, aunque todavía mantuviera una buena mata de pelo.

En su juventud debió de ser un hombre guapo con muchas muescas en el corazón, pero de aquellas mieles solo quedaba un cierto aire de galán trasnochado, el gesto duro y una mirada de tristeza infinita.

Un compañero interrumpió sus pensamientos.

—¿Inspector Millán Ariza?

—Sí, soy yo —dijo con una voz cavernosa y ronca.

—Ya hemos terminado con el marchante. ¿Quiere hablar con él antes de tomarle declaración?

—¿Marchante?

—Sí, es el agente o representante del pintor, el que se encarga de vender los cuadros y de los temas económicos, también es dueño de una galería de arte.

—Entendido. ¿Cómo se llama?

—Marcelo, Marcelo Fonseca.

—¿Dónde está?

—Allí al fondo, detrás de los paneles rotos, el del traje a rayas que está sentado en una silla. Le hemos dicho que no se vaya hasta que nosotros le digamos.

—Bien hecho, yo me encargo.

El inspector se dirigió, arrastrando su desgana, hacia donde le había indicado el compañero.

—¿Marcelo Fonseca?

Al oír su nombre, este reaccionó levantando la mirada hacia el policía.

—¿Sí?

—¿Es usted el representante del pintor?

—Sí, soy yo.

—Me llamo Millán Ariza y soy el inspector de policía al mando.

Durante unos instantes Marcelo no dijo nada.

—¿Está usted bien? ¿Puede hablar? —insistió el inspector mientras sacaba del bolsillo una pequeña libreta y un bolígrafo.

—Como entenderá, no estoy bien, pero puedo hablar —contestó el galerista.

—Entiendo que en estos momentos es difícil, pero ahora es cuando más necesitamos que nos ayude. Cualquier información o dato que pueda facilitarnos en estos primeros momentos, por irrelevante que parezca, puede ser decisivo.

—¿Qué necesitan saber?

—Es importante que conozcamos todas las personas que habitualmente tuvieran contacto o relación con Víctor Palacios, especialmente las que lo hicieron en las últimas horas y los últimos días.

Hemos estado buscando en nuestra base de datos y no nos consta que tenga familia que viva aquí, solo su esposa.

—Su exmujer. Se llama Elsa Nebot y ya hacía tiempo que no estaban juntos.

—Sí, la tenemos localizada y hemos hablado con ella, pero ahora lo importante son las personas con las que ha tenido contacto en las últimas horas y días.

—Víctor era una persona muy conocida, y muy activa socialmente. Es difícil saber con quién hablaba y con quién no —dijo el marchante, sin levantarse de la silla.

—Pero se supone que es usted su representante, el que lleva sus asuntos.

—Como usted bien dice, se supone, pero Víctor siempre ha ido muy a su bola. Los últimos días han sido una locura, todo el mundo quería verle y todos los medios de comunicación querían entrevistas o declaraciones. Algunas las organicé yo, pero otras las cerró Víctor sin contar conmigo.

—Nos vendría bien una relación de todos los periodistas que hablaron con él.

—Se la pasaré, pero todas las entrevistas se han publicado o emitido ya, es fácil saber cuáles fueron.

—También la gente que trabajaba directamente con Víctor.

—Solo tenía dos colaboradores, Daniel y Paula, su actual pareja.

—¿Tenía pareja? —preguntó el policía.

—Bueno, digamos que era la más habitual y estable. Víctor tenía mucho éxito con las mujeres y siempre había más de una revoloteando a su alrededor. A él le gustaba dejarse querer, pero nunca alardeaba ni hablaba de ello. En ese sentido era un caballero, quizá en el único.

—¿En los demás no lo era?

—Olvide eso último, ha sido una tontería. No sé lo que digo.

—Hábleme de su pareja.

—Paula Bravo, es una pintora muy joven, recién salida de Bellas Artes. Víctor creía que tenía mucho talento y al principio la tenía apadrinada, algo así como su mentor artístico, luego la contrató como ayudante y al final terminaron liados.

—¿Está aquí hoy?

—Yo no la he visto, pero estaba invitada.

—Necesitaríamos saber cómo localizarla.

—Le facilitaré su teléfono.

—¿Y el otro colaborador?

—Daniel Rincón. Era su mejor amigo. Se conocían desde los tiempos de la universidad, estudiaron juntos. También es artista y le ayudaba solo en momentos puntuales, no siempre como Paula.

—¿Está aquí? —preguntó Ariza mientras seguía tomando notas.

—No lo sé, había demasiada gente, pero desde luego también estaba invitado.

—¿Algún otro amigo o conocido habitual?

—Supongo que sí, pero así de cercanos, que ahora mismo recuerde, solo ellos dos, además de su exmujer y yo. Su familia vive lejos y no tenían apenas relación.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Víctor con vida?

—Ayer por la mañana. Estuvo aquí supervisando el montaje de su exposición.

—¿Ya estaban todas las obras?

—No, faltaban las esculturas de tres cabezas.

Me dijo que todavía quería hacerles unos retoques y quería aprovechar la tarde para terminarlas.

Entre ellas la suya, la escultura que acompañaba a su autorretrato, quería decir.

Quedamos en que le enviaría al transportista a última hora de la tarde a recogerlas a su estudio, cuando las tendría ya acabadas.

—¿Notó algo raro en él o le hizo algún comentario que no fuera habitual?

El galerista se quedó pensativo y tardó en contestar.

—No, nada fuera de lo habitual. Estaba muy obsesionado con que las esculturas parecieran reales, y a todo el mundo le preguntaba si les veía algún defecto.

Tampoco estuvo mucho rato, nos pidió unos pequeños cambios en el orden de los cuadros y en la posición de las cabezas. Luego se fue tal y como había venido.

—Señor Fonseca, voy a hacerle una pregunta delicada pero muy importante para nosotros y que, por supuesto, no le compromete a usted ni a quien nos diga, pero que necesito que responda con franqueza y sin miedo.

—¿De qué se trata?

—¿Se le ocurre alguien que pudiera tener alguna enemistad o algún problema sin resolver con Víctor, aunque no fuera grave?

Marcelo miró al inspector y luego bajó la mirada al suelo y después de unos instantes de reflexión respondió.

—Víctor es, bueno, era… muy peculiar, en los últimos años se había convertido en una estrella mediática y el éxito no le sentó bien a nivel personal.

Se mezclaban la vanidad y la soberbia con la necesidad de epatar y escandalizar continuamente.

Eso le llevaba a hacer y decir cosas en público que, a veces, ofendían a la gente.

Probablemente habrá mucha gente a la que no le caía bien y puede que alguno hasta le odiase, pero no creo que nadie tuviera razones para hacer algo tan monstruoso.

Además, en los últimos tiempos, desde que estaba con Paula, se había apaciguado bastante, estaba más tranquilo en todos los sentidos.

Marcelo Fonseca hizo una pausa como si fuera a añadir algo más, pero dejó ahí la frase.

—¿Iba a decir algo más? —preguntó el inspector.

—No, nada más. ¿Cuándo podré irme a casa?

—Apenas un par de preguntas más, luego que vaya a comisaría a firmar la declaración y ya podrá irse.

Sé que esto es doloroso e incómodo justo después de lo que ha pasado pero, como le he dicho antes, estos primeros momentos son cruciales, antes de que la noticia salga a los medios de comunicación y todo se descontrole.

—Había más de doscientas personas en ese momento en el pabellón y cada una de ellas llevaba un móvil con una cámara. ¿De verdad cree que todavía tiene que pasar tiempo para que esto trascienda? A estas alturas hay fotos y vídeos de lo que ha pasado por todo el mundo.

—Sí, lleva razón, pero aun así el tiempo corre en nuestra contra. Necesitaré el teléfono de su novia, su amigo, los periodistas y el transportista.

—Claro, se los doy ahora mismo.

—Aunque hay algo que no termino de entender.

—¿Qué es lo que no entiende?

—Si Paula era su novia y Daniel su mejor amigo, ¿por qué ninguno de los dos estaba hoy en la inauguración?