68 Ana
Me gusta mi consulta porque huele a cuero y a papel, a biblioteca vieja.
Nunca quité el viejo tresillo chéster, ni los libros de mi padre.
Ese olor tan familiar todavía me trae los recuerdos de cuando era una niña con falda plisada y coletas que venía los sábados junto a mi madre a recogerle para salir a comer a la calle.
Era el mejor momento de la semana, no había colegio, mi padre salía antes de trabajar porque ese día atendía pocos pacientes y mi madre no tenía que cocinar.
Cada sábado era una fiesta. Mientras él terminaba de recoger sus papeles yo saltaba en los sillones y le revolvía los libros buscando alguno que tuviera dibujos.
En ese tiempo los dos vivían, yo era feliz y pensaba que todo el mundo lo era, y que así seguiría siendo para siempre.
Qué equivocada estaba y qué poco quedaba para que la vida y un grupo de adolescentes borrachos me demostraran lo contrario una noche de verano en un coche con las puertas bloqueadas.
Mi pelo blanco es un recuerdo diario de aquella noche, y quizá por eso intento mantener intacto el único escenario que me queda donde alguna vez fui feliz, o porque tengo la absurda idea de que algo de la felicidad y los sentimientos se queda en las paredes y en los muebles.
Era mi hora del almuerzo, aunque no tenía hambre.
Debería haber salido a comer algo, pero los cuatro pacientes de la mañana me habían dejado exhausta.
Cuando terminé Medicina y me especialicé en Psiquiatría ya sabía que tenía que poner distancia con los problemas de mis pacientes.
Me lo dijeron en la facultad, me lo dijo mi padre, que fue mi mejor maestro, y lo dicen todos los manuales.
Pero una cosa es decirlo y otra es hacerlo.
Poner barreras emocionales es algo que nunca he sabido hacer.
Ese día me apetecía un poco de la última maría que acababa de conseguir.
Me relajaría, me disociaría de mis pacientes y me daría hambre.
Perfecto. No había nada de malo en liarme uno pequeño.
Hasta las seis no tenía otro paciente y me daría tiempo a disfrutarlo y a comer más tarde.
La marihuana bien cultivada me encanta. Es lo que más me relaja aparte del taekwondo.
Dar patadas a un saco con arena y fumar sola no es muy femenino, pero hay tan pocas cosas que me gustan y me hacen sentir bien que no me voy a privar de ellas por estúpidos estereotipos.
Freud se metía cocaína sin problemas y eso no impidió que todo el mundo le considerara una eminencia.
Claro que en esa época seguro que no estaba tan cortada como la mierda que circula hoy en día.
Me senté en uno de los sillones, me quité los zapatos y puse los pies en la silla de enfrente. Solo soy metódica en dos cosas: en mi trabajo y en liar tabaco. Un simple despiste en ambos te puede llevar al desastre, que un paciente termine peor de lo que estaba o briznas por la alfombra.
Los trabajos manuales me relajan, soy tan torpe con las manos que necesito concentrarme mucho y eso hace que mi cabeza deje de pensar en otras cosas durante un rato.
Pienso demasiado, no puedo evitarlo, le doy vueltas a todo, mi mente no para en todo el día, tanto que cuando llega la noche no puedo conciliar el sueño y a veces me paso noches enteras en vela pensando en algún paciente o, lo que es peor, en cualquier tontería.
Soy obsesiva, lo sé, pero ya hace mucho tiempo que tiré la toalla de intentar no serlo.
La gente no cambia, lo más que podemos hacer es aceptarnos, aprender a convivir con nosotros mismos e incluso a esquivarnos cuando estamos cruzados.
En mi caso ser así tiene muchos inconvenientes, pero también alguna ventaja: eso me hace ser muy buena en mi trabajo.
La mente de un paciente no es que sea un puzle desordenado, es mucho peor, es un puzle al que le faltan y le sobran piezas.
Ordenarlas, encajarlas y completarlo es mi trabajo, y lo hago muy bien.
Coloqué sobre mis rodillas la bandeja de plata de liar, la misma que usaba mi abuela para su té de las cinco.
Todavía puedo oír el tintineo de la cucharilla en la taza de cristal de Murano removiendo el azúcar.
Donde ella ponía el azucarero a juego, yo pongo los filtros y el papel.
Al final las dos la usamos para lo mismo, parafernalia de hierbas de mujeres solas, ella las suyas y yo las mías.
Cuando ya tenía hecha la mezcla sonó el teléfono.
No pude mirar quien era, porque estaba en la mesa y no lo tenía a mano, pero no iba a contestar, es la hora de comer y eso es sagrado.
Se interrumpió, pero la tranquilidad duró nada, como en la vida misma, al poco volvió a sonar.
Me pasé el borde gomoso del papel por la punta de la lengua, y aun así no conseguí que pegara bien.
Tuve que desecharlo, escoger otro y empezar de nuevo.
El maldito teléfono me estaba poniendo nerviosa, pero no pensaba responder.
Terminé de liar sin pestañear, cuestión de disciplina.
Los pacientes a veces no respetan nada y llaman a cualquier hora, pero en eso hay que ser inflexible o terminan invadiendo tu vida.
El teléfono volvió a sonar por tercera vez.
No podía más, aparté la bandeja y me levanté a quitarle el sonido.
Seguía sonando, al acercarme pude ver que era Elsa Nebot, una paciente que acababa de empezar terapia conmigo hacía un par de semanas.
Me extrañó, no tenía ningún problema grave y era una mujer muy correcta.
No era propio de ella llamar a estas horas y menos insistir tanto. Me dejó pensativa.
En ese momento me entró en el móvil un mensaje:
«Ana, soy Elsa, discúlpame que te haya llamado a esta hora, pero es muy urgente. ¿Puedo hablar contigo?».
A cualquier otro mensaje habría hecho caso omiso, pero Elsa me caía bien, me gustaba como persona y me parecía muy interesante su mente y su situación.
Había acudido a mí por un bloqueo emocional y eso no es habitual.
A un psiquiatra la gente solo acude cuando tiene problemas graves y en fases muy avanzadas.
Se agradece mucho la gente que lo ve venir y acude pronto, y más si son inteligentes y educados.
Elsa lo era y eso me hizo romper mi norma y devolverle la llamada.
Busqué su número y marqué.
—¿Elsa?
—Sí.
—Soy la doctora Ana Dema, tengo varias llamadas tuyas.
—Ana, gracias por llamar, qué horror —dijo llorando con la voz entrecortada por los sollozos—. Perdona que te haya llamado a estas horas, pero no sabía a quién acudir.
—No te preocupes, pero dime, ¿qué te pasa?
—Han matado a mi exmarido —respondió.
—¿Cómo has dicho? —contesté pensando que no había oído bien.
—Que han matado a mi exmarido.
Me quedé totalmente en blanco. La gente se muere o, como mucho, se mata, pero no la matan, al menos a la que yo conozco. Eso solo ocurre en las noticias y en las películas. Volví en mí al escuchar llorar al otro lado de la línea.
—Elsa —reaccioné—, ¿qué ha ocurrido?
—Perdona, Ana, sé que no debería pedírtelo, pero necesito verte. Es horroroso, no sé qué hacer ni a quién acudir.
—Tranquila, Elsa, no te preocupes, cuenta conmigo. ¿Qué es lo que ha pasado?
—Víctor, mi exmarido. Le han asesinado. Le han cortado la cabeza.