Guardaré tu última sangre 69 Víctor
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Guardaré tu última sangre

Guardaré tu última sangre

Por Natalia Guerra

© inepub.com

69 Víctor

La fama solo la buscan los tontos, los inseguros o los pobres de espíritu.

Los que necesitan el reconocimiento de los demás porque no confían lo suficiente en sí mismos o porque su vida personal es una mierda.

Los triunfadores, los ricos y la gente con las ideas claras prefieren el anonimato.

Entrar en unos grandes almacenes sin que nadie sepa que eres el dueño y observar a la gente sabiendo que parte de su dinero acabará en tu bolsillo, eso es gloria.

Que la gente te señale, te asalte y te interrumpa, o se gire y cuchichee al cruzarse contigo por la calle, eso es infierno.

La fama es una droga que Víctor Palacios tuvo la mala suerte de probar demasiado pronto.

Aquella mañana interminable de invierno y colegio, cuando aún no había cumplido los quince, en el descanso entre clase y clase, su compañero de pupitre le vio dibujar a escondidas una caricatura del siguiente profesor y le dijo que no tenía huevos de hacerlo en la pizarra.

Algo pasó en un rincón de su cobarde cerebro, quizás el desprecio acumulado durante años hizo que alguna chispa saltara a la sinapsis equivocada, y de cuatro zancadas se subió a la tarima, clavando con cuatro trazos la calva mal tapada, la narizota roja y, haciendo equilibrios sobre esta, las gafas medio rotas, las mismas que descubrió al girarse y ver que el profesor había llegado antes de tiempo.

Hay instantes, accidentes cósmicos que te cambian la vida radicalmente, para bien o para mal.

No hace falta que duren más de unos segundos si ocurren cuando tienen que ocurrir, cuando los planetas están alineados y tú con ellos.

Ese día Víctor debía estarlo, porque el profesor, al llegar y sorprenderlo, no solo no se molestó, sino que alabó su talento usando la palabra artista .

Hasta ese momento había sido invisible a los ojos de todos sus compañeros, el chico callado y anodino de la esquina, el solitario sin amigos que se refugiaba en sus cuadernos garabateando sin parar y que había pasado de rarito a estrella en lo que dura un chasquido de dedos.

Le gustó oírse llamar artista porque a partir de ahí se convirtió en alguien visible y admirado del que todos querían ser amigos.

Ahora sus compañeros le trataban de otra manera, especialmente las niñas, y eso le cambió la vida.

Víctor descubrió que tenía un don y saboreó la dulzura de la fama antes de lo razonable.

Muy pronto le supo a poco y quiso más. Desde ese momento, cada decisión que tomó en su vida fue con el único objetivo de convertirse en un artista famoso y cotizado, por ese orden.

Pasó del colegio a la Facultad de Bellas Artes sin desviarse ni un milímetro de su objetivo, pisando cabezas, subiendo faldas y medrando sin pudor.

Y al final lo consiguió, como se consiguen todas las cosas que se persiguen con paciencia y determinación auténticas, las que vienen de la necesidad angustiosa que te bulle en las tripas y que te sube el nivel de bilis si te paras.

Años más tarde, otra mañana interminable de invierno como aquella del colegio, su gran sueño iba a hacerse realidad: le habían seleccionado para ser el artista invitado del espacio que un periódico tenía en la Feria de Arte Contemporáneo, la convocatoria anual más importante del mundo del arte.

Eso suponía mostrar su obra en el mejor sitio, el más grande y el mejor situado.

En el centro de todo, que es donde Víctor siempre quería estar y a lo que se había acostumbrado desde aquella mañana que tuvo el bendito impulso de subir a la pizarra.

No recordaba muy bien cuándo había sido la primera vez que había pisado la Feria, probablemente siendo todavía un joven universitario de primer curso, pero nunca olvidaría el impacto que le produjo oler de cerca ese mundo donde coinciden arte y dinero y al que todavía no estaba invitado.

Enseguida aprendió a pasearse con aires de superioridad, mirando con desdén a su alrededor y prestando más atención a las mujeres que paseaban indolentes por los pasillos que al arte que las rodeaba.

Esas diosas eran especiales, altivas sin parecerlo, y con un profundo, oscuro y perturbador atractivo que solo él creía percibir.

Y lo más importante: su estilo, esa elegancia natural y descuidada que no da la riqueza, sino el roce durante muchos años con el buen gusto.

Muy pronto aprendió que al dinero antiguo le gusta esconderse, pero no lo suficiente para un buen ojo como el suyo y el de ellas.

Para un estudiante como él, esas mujeres desaparecían el resto del año, como si se las hubiera tragado la tierra, hasta la siguiente feria.

A veces atisbaba alguna por la calle, en una exposición, en el teatro, siempre aisladas y distantes de la mediocridad general, en la última tienda de moda o mirando libros en alguna librería, con esa desgana que tienen los que lo tienen todo.

Afortunadamente, el día de la inauguración de la feria de arte, volvían a aparecer y a coincidir de nuevo, como las golondrinas en primavera, como en una ceremonia milenaria, el mismo día y en el mismo sitio para volver al juego del desdén.

Víctor no quería la fama ni el prestigio en sí; Víctor quería lo que conllevaban: dinero, poder y esas mujeres que nunca se había quitado de la cabeza y que en el colegio no lo miraban ni por error.

Sabía que cuanto más alto llegara, más fácil sería tenerlo todo, y a esa tarea se dedicó en cuerpo y alma durante años, trabajando su obra y su imagen sin cansancio ni distracciones.

Días de mucho trabajo y noches de poco sueño, siempre con un pincel o una copa en la mano.

Y después de mucho tiempo y esfuerzo lo había conseguido.

Ese año le habían elegido para que fuera su invitado estrella; aquella mañana sería su gran momento de gloria, la reina inauguraba la Feria acompañada por el ministro de Cultura y el stand de sus cuadros era parada asegurada.

Allí los esperaban el director del periódico y casi todos los que eran alguien.

Y por supuesto las mujeres, sus mujeres fetiche, que como todos los años acudirían al olor del poder y del arte, como las hienas al olor de la muerte, aunque algo sería distinto este año: por primera vez ellas estarían pendientes de él y no al revés.

Solo quedaba un cuarto de hora para la inauguración y Víctor todavía no había aparecido.

Marcelo Fonseca, su marchante, era un manojo de nervios enfundado en un carísimo traje italiano cortado a medida.

Todo el mundo le preguntaba por el artista: el director del periódico, el comisario de la exposición, la directora de comunicación, el jefe de protocolo; y él, sin respuestas para nadie, a lo único que acertaba era a llamar una y otra vez al móvil del pintor, que seguía apagado.

Si pretendía hacerse de rogar o si estaba planeando una entrada gloriosa en el último minuto, debería habérselo dicho.

Las puestas en escena de Víctor le sacaban de quicio y, después de tantos años siendo su representante, todavía no se había acostumbrado.

En el pabellón ya no cabía un alfiler y la exposición era la comidilla de todos los grupos.

Cuadros de más de dos metros con cuerpos de gente desnuda, personas conocidas, solo representados de los pies al cuello, y delante una escultura hiperrealista de la cabeza que les correspondía dentro de una urna de cristal.

Una reflexión sobre el diálogo roto entre la carne y la mente, según explicaba el catálogo; una estupidez más como la mayoría de los textos sobre arte, farragosos, sin sentido y tan ampulosos como estúpidos.

Los cuerpos estaban pintados con trazos grandes y enérgicos que contrastaban con las cabezas, meticulosamente modeladas y acabadas con pinceladas muy finas hasta el último detalle, tanto que casi parecían reales.

Pero eso solo era el tema de conversación de unos pocos entendidos; el interés general era quién habría posado desnudo, quién no, los defectos que Víctor había exagerado en cada cuerpo y el criterio para elegirlos.

Entre ellos estaba el autorretrato del artista, con un gran miembro a todas luces imposible.

Los coches de la comitiva oficial ya habían parado en la puerta y Víctor seguía sin aparecer.

Marcelo quería creer que algo estaba preparando y que en el último minuto haría la gran entrada triunfal, acompañado de una corte de fieles seguidores, a cada cual más extravagante.

Nadie como él manejaba las puestas en escena en sus exposiciones.

La sociedad siempre ha esperado de sus artistas la sorpresa y el escándalo más que el talento.

Y una estrella como él nunca defraudaba.

Una tormenta de flashes sobre una multitud en movimiento señalaba la posición de la comitiva oficial que se acercaba.

En cabeza la reina y el ministro, y a su alrededor un nutrido grupo de asesores, guardaespaldas, invitados, arribistas y muchas caras conocidas, tan elegantes como felices de poder estar allí y salir en la foto.

El director del periódico, con otras tantas personalidades, fue el encargado de recibirlos y de presentarles la exposición.

—Bienvenidos, muchas gracias por el honor de contar con su presencia.

—Siempre es un placer para mí esta visita. ¿Qué han preparado este año? —respondió la reina.

—Una exposición doble de escultura y pintura, con dos estilos distintos, pero de un mismo artista, Víctor Palacios. Muy interesante poder ver cómo la misma mano explora dos caminos estéticos tan diferentes sobre un mismo tema.

—¿De qué se trata? —intervino el ministro.

—La lucha entre el cuerpo y la mente.

—Interesante, hace tiempo que sigo la obra de Palacios, pero aún no he tenido oportunidad de conocerle en persona —dijo la reina.

—Lamentablemente, no ha llegado aún, no sabemos qué ha pasado, tendrá que disculparnos, algún contratiempo de última hora estará haciendo que se retrase, ya sabe cómo son los artistas.

—No se preocupe, ya habrá ocasión, pero explíqueme quiénes son las personas que han servido de modelos y si tienen algo que ver los retratos con las esculturas.

—Cada cuadro de un cuerpo se corresponde con la escultura de la cabeza que tiene delante. Juntos completan un retrato. Todos ellos son figuras relevantes a ojos del artista.

—Sí, algunos sé quiénes son, otros me suenan, pero no todos.

—Como curiosidad, me gustaría llamar su atención sobre el hecho de que el propio artista se ha incluido en la serie.

—Ya veo, ya —dijo la reina acercándose al autorretrato—, y parece que el suyo ha sido el último que ha terminado.

—¿Por qué lo dice?

—Ha debido de trabajar hasta el último momento porque todavía no se ha secado la pintura de la cabeza.

Todos los ojos se dirigieron hacia una gota roja que bajaba por el pedestal sobre el que estaba la urna mientras la reina seguía charlando sin darle la menor importancia.

Alguien comentó algo sobre un exceso de improvisación.

Marcelo lo oyó y, después de dudar unos instantes, se acercó todo azorado y nervioso a ver la mancha.

No se le ocurrió otra cosa que intentar limpiar la gota con un pañuelo cuando alguien del cuerpo de seguridad que acompañaba a las autoridades le detuvo.

—¿Me permite?

—Claro —respondió Marcelo.

El agente de seguridad mojó levemente la esquina del pañuelo en la gota y se lo acercó a la nariz mientras miraba la escultura. Las aletas se le abrieron ante un olor conocido que le cambió la expresión de la cara. Con un gesto brusco se incorporó, sacó su walkie-talkie y dio una orden precisa:

—Alerta nivel uno. Los sacamos ya del pabellón. Restos de sangre y un posible cadáver.

El revuelo fue inmediato: policías de paisano y guardaespaldas rodearon a las autoridades mientras apartaban a la gente haciendo un pasillo por el que los sacaron casi en volandas.

Al ver cómo se los llevaban y no saber lo que estaba pasando, los que estaban cerca empezaron a correr y eso desató el pánico entre el resto de invitados.

Los demás intentaron salir de allí a empujones y gritos sin saber muy bien qué pasaba, tropezando entre ellos y derribando a su paso los pedestales donde estaban las cabezas esculpidas, haciendo que rodaran por el suelo.

Marcelo Fonseca estaba paralizado, asistía impotente a la debacle y veía como las cabezas caían y rodaban dejando a la vista la silicona lisa y blanca de la base del cuello.

Salvo la de Víctor Palacios, que mostraba claramente músculos, vértebras y venas diseccionados limpiamente y tintados de un intenso rojo carmesí que brillaba bajo los focos del pabellón.