5 Carla #2
No había planeado contar esto, pero algo en la tranquilidad del bosque y en la mirada amable de Becken hizo que las palabras fluyeran con más facilidad.
—No tenían hijos. En realidad, nunca quisieron tenerlos. Llevaban una vida elegante, con muchos compromisos sociales. —Ajusté las riendas—. Hicieron lo que pudieron, supongo. Me dieron un lugar donde vivir, educación y oportunidades. Pero nunca supieron muy bien qué hacer con una niña.
Becken permaneció en silencio, escuchando.
—Aprendí a ser callada. A encajar en los espacios que dejaban en sus vidas. —Ese dolor familiar floreció en mi pecho, un viejo compañero que nunca logré expulsar—. Me volví buena en averiguar lo que los demás querían y dárselo. Me convertí en la invitada perfecta en mi propia casa.
Lo miré, esperando lástima, pero su expresión mostraba algo más profundo. Las líneas alrededor de sus ojos se suavizaron y su boca dejó de estar tensa.
—Los orcos crían a sus pequeños de otra manera —dijo finalmente—.
Toda la comunidad participa. Mis padres…
—hizo una pausa mientras guiaba a Peeka alrededor de un tronco caído—.
Celebraban cada logro. Cada paso. Mi padre me enseñó a rastrear, a cazar.
Mi madre me enseñó a cuidar a los sorhox y a preparar nuestras comidas favoritas. Cada cría es considerada un regalo.
Sostuvo mi mirada a través del espacio entre nuestras monturas.
—Lamento que los tuyos murieran. Y que no hayas sido criada por personas que pudieran quererte por quien eras, no por quien querían que fueras.
La sinceridad de sus palabras me cerró la garganta. Aparté la mirada, avergonzada por haber hablado de más, y me concentré en un cardenal rojo que se movía entre los arbustos.
—Fue hace mucho tiempo. —Ya me arrepentía de haber mencionado mi pasado—. Cuéntame sobre la Navidad en Lonesome Creek. ¿El rodeo participará?
Él aceptó el cambio de tema, aunque en sus ojos había una nueva comprensión que no supe descifrar. El bosque se volvió más claro, dejando pasar más luz entre las ramas.
—Aún no lo sé. Me interesaría escuchar tus ideas. —Se agachó para esquivar una rama baja cubierta de nieve y luego se enderezó.
—¿Habrá desfile? Podrían incluir sorhox con disfraces —dije, entrando en modo profesional como si fuera una armadura—. Y quizá un puesto de fotos con temática de sorhox.
—Mmm. —No sonó despectivo, sino pensativo.
—Azool sería perfecto para un evento para niños de “conoce al sorhox”. A la gente le encantan las crías, y la mayoría nunca ha visto uno de cerca, mucho menos uno tan pequeño.
Dester rodeó una formación rocosa con tanta suavidad que apenas tuve que ajustar mi equilibrio.
—Has pensado en esto —dijo Becken, sorprendido.
—Estoy acostumbrada. —Sin mucha vida propia, era natural pensar en el trabajo incluso en mi tiempo libre.
—¿Eres experta en algo que nunca has vivido? —Su tono tenía un matiz divertido.
—Observo. Investigo. Me adapto. —Sonreí, recordando los innumerables proyectos que había preparado—. Eso es lo que hacemos los consultores.
Me incliné para esquivar una rama baja, las agujas de pino rozando mi espalda.
—Nunca he vivido un festival navideño en un pueblo pequeño. Mi tía y mi tío preferían fiestas exclusivas, y yo no estaba invitada.
Quédate en tu habitación, decían. Mañana te daremos algo de lo que sobre.
Él frunció el ceño antes de suavizar su expresión, y me recordé a mí misma no contar nada más. Nadie quería oír mi historia triste.
El sendero se estrechó, aunque aún podíamos avanzar lado a lado, nuestras piernas rozándose de vez en cuando. Era muy consciente de su presencia: la amplitud de sus hombros, la seguridad con la que se mantenía sobre Peeka.
—Estamos planeando un paseo bajo las estrellas en Nochebuena —dijo Becken, guiando a Peeka alrededor de una rama que invadía el camino—. Construimos trineos.
—Entonces la nieve vendrá bien. Suena mágico. —La imagen de los sorhoxes adornados para las fiestas, moviéndose bajo un cielo estrellado, me provocó un escalofrío de anticipación—. ¿Qué tipo de decoraciones crees que usarán con los sorhoxes?
—Cintas. Campanas de metal. Cuero trenzado con sigilos de protección y buena fortuna. —Su voz adquirió un tono más suave—. En el reino orco, los sorhoxes decorados llevan mensajes entre clanes durante las celebraciones de invierno.
Coronamos una pequeña elevación y el bosque se abrió para revelar una vista impresionante del valle.
Lonesome Creek se extendía en el centro, con finas columnas de humo elevándose desde las chimeneas.
Apenas podía distinguir a la gente moviéndose por la calle principal, y aun desde esa distancia se veían las decoraciones navideñas brillando en los escaparates.
El pueblo parecía sacado de una postal de Navidad.
Nos quedamos allí, contemplando la belleza a nuestro alrededor.
Cuando me giré para comentar algo, lo encontré mirándome a mí en lugar del paisaje. Había algo en su expresión que aceleró mi pulso, una intensidad que antes no estaba. Un copo de nieve se posó sobre sus pestañas oscuras y se quedó un instante antes de derretirse.
Él apartó la mirada primero.
—¿Tienes hambre?
—Estoy muerta de hambre. —Agradecí la interrupción de lo que fuera que había pasado entre nosotros.
Desmontamos en un pequeño claro protegido de la nieve por un denso dosel de ramas de pino.
Becken me ayudó a bajar, sus manos firmes en mi cintura, y me sorprendió descubrir que mis piernas estaban estables al tocar el suelo.
El bosque estaba cubierto de agujas de pino caídas que liberaban su aroma con cada paso, y parches de nieve brillaban como diamantes.
Extendió una manta sobre un tronco caído para que nos sentáramos y sacó la comida: sándwiches gruesos envueltos en papel encerado, manzanas rojas brillantes y termos con té caliente.
—Receta especial de Holly. —Me entregó un sándwich—. Ave ashenbird, que sabe un poco como el pavo, con queso y especias del reino orco.
Los sabores eran intensos y desconocidos, pero deliciosos. Ahumados y ligeramente dulces, con un toque picante que me calentaba desde dentro. Comimos mientras los sorhoxes pastaban cerca, sobre la hierba invernal.
—¿Dónde aprendiste sobre la gestión de rodeos? —preguntó Becken cuando terminamos.
—Conseguí unas prácticas en un rancho en Wyoming, donde descubrí que tenía talento para la logística y el desarrollo de programas. —Lo ayudé a doblar la manta—. Cuando entiendes qué funciona y qué no, puedes adaptarlo a cualquier situación.
—¿Incluso a los sorhoxes?
—Incluso a los sorhoxes. —Sonreí, sosteniéndole la mirada—. Los principios son universales. Seguridad, participación, experiencia auténtica. Los detalles cambian, pero las bases no.
Asintió, satisfecho con mi respuesta.
—¿Lista para continuar?
Volvimos a montar y seguimos el sendero, internándonos más en el bosque. El camino se estrechó, obligándonos a avanzar en fila, con Dester liderando.
El silencio cómodo se extendió entre nosotros, interrumpido solo por los sonidos del bosque.
Un pájaro carpintero golpeaba un árbol a lo lejos, y el viento susurraba entre las ramas de pino.
Becken señalaba puntos de referencia con nombres orcos que yo no podía pronunciar; las consonantes duras y vocales fluidas de su idioma contrastaban con los suaves sonidos del bosque.
La temperatura descendió a medida que nos adentrábamos más, y me subí la capucha, atándola bajo la barbilla. El calor del cuerpo de Dester ayudaba un poco, pero no lo suficiente para mantenerme realmente abrigada.
Estaba pensando en cómo incorporar algunas tradiciones orcas al programa del rodeo cuando un destello rosado a mi derecha llamó mi atención.
Dester se tensó, detectándolo antes de que yo entendiera qué ocurría.
Una criatura de escamas rosadas, con un cuerpo similar al de un avestruz gigante, irrumpió desde los arbustos que bordeaban el sendero.
Sus grandes ojos amarillos se clavaron en mí.
Antes de que pudiera procesar la extraña visión, la criatura lanzó un chillido agudo que resonó entre los árboles.
Dester se encabritó debajo mío, su cuerpo se sacudió. Intenté agarrar las riendas, pero ya era tarde. Salió disparado por el sendero, corriendo a toda velocidad más allá de la extraña criatura. El mundo se volvió borroso a mi alrededor mientras me aferraba a la montura.
—¡Tira de las riendas! —La voz de Becken sonaba lejana detrás de mí—. ¡Dester, alto!
Intenté seguir sus instrucciones, pero el sorhox ya no escuchaba, sus poderosas patas me llevaban cada vez más adentro del bosque a una velocidad aterradora. El aire helado me quemaba los ojos, haciéndolos llorar, y los árboles pasaban como una mancha vertiginosa.
El retumbar de cascos nos seguía, Peeka en persecución, pero Dester no daba señales de frenar. Cada sacudida amenazaba con hacerme salir despedida. Una caída a esa velocidad sería desastrosa.
Dester tomó una curva cerrada en el sendero, y recé por sobrevivir a mi primer paseo en sorhox.