Capítulo 23. La reconocería en cualquier parte
S i había alguna esperanza de sobrevivir a esto, se ha esfumado.
La grieta se está desgarrando, costura a costura. Las escamas oscurecen el cielo. Están por todas partes. Cada vez hay más.
Yo no dejo de luchar.
La contemplo mentalmente según visualizo los recuerdos una y otra vez. Veo a Isla apuñalarme el pecho. Me veo a mí mismo observándola mientras duerme. La veo huir del herrero y plantarles cara a los ladrones. La veo bailar. Reír. Mirarme con algo parecido a felicidad.
Y entonces, como si el mundo me concediera un último gesto de compasión, la siento.
Siento su presencia.
Pero no es una ilusión. No es un recuerdo.
El cuerpo, la mente, la misma alma se me paralizan.
La reconocería en cualquier parte, en cualquier mundo, en cualquier universo, en cualquier instante del tiempo. En la os cu ridad y en la luz, en la calma y en el caos, podría reconocerla.
Siempre la reconoceré. Podríamos vivir mil vidas y la encontraría y la amaría en todas ellas.
Nuestras almas nunca dejarían de identificarse. Están unidas por siempre, como las estrellas y la noche.
Aparto la mirada de los drek para dirigirla a ese sentimiento, a esa llamada…
Hasta que la encuentro.
Está en mitad del campo de ceniza, entre los drek que chillan.
El miedo más intenso que he experimentado jamás se apodera de mí al verla aquí, en un lugar que pronto será un campo de muerte. Agrando los ojos, horrorizado. Pero entonces…
Caigo en la cuenta.
Solo cabe una explicación para su presencia en este sitio. Una explicación a que esté utilizando mis poderes sin el artilugio para saltar entre portales.
Así pues, era eso.
Ese es el nombre de este sentimiento, de este anhelo, de esta obsesión que es cruel y misericordiosa a un tiempo, maldición y cura.
Nunca he amado a nadie, nunca he amado nada.
Pero la amo a ella.
«La amo».
Sonrío, aunque la muerte brama en derredor, aunque mi final es inminente. Puedo morir ahora con una sonrisa en los labios.
Porque lo he encontrado. He encontrado algo por lo que merece la pena vivir y morir. Busco el poder que compartimos para alejarla de aquí, para ponerla a salvo.
Pero no lo consigo.
Unas garras me destrozan el pecho. Aúllo.
Un grito responde a mi aullido, un chillido que amenaza hendir el cielo por la mitad. Está gritando por mí.
Y entonces lo noto.
El suelo tiembla. El mundo se divide en dos. Es poder puro y absoluto, que desintegra el universo.
Sé lo que es y no…
NO.
No se parece a nada que haya visto antes en nadie excepto en mí mismo. Recuerdo la muerte de Laila. El aluvión de sombras. Cómo lo arrasaron todo a su paso, imparables.
Las suyas son igual de potentes. Ha accedido a lo más profundo de sus emociones y no puede controlarlas. Todo surge en avalancha, como una presa que revienta, y no hay señal de que aminore.
Cada uno de los drek se convierte en ceniza ante este pod er desgarrador e implacable. La tierra se agita. La oscuridad se apodera del mundo por un instante, como si el universo entero se estremeciera.
Me transporto a su lado abalanzándome entre la oscuridad, entre ese poder devastador, pero ya está hecho. Cuando el mundo se apacigua, descubro que he llegado tarde. La espada está clavada en el suelo y ella…
Ha usado sus poderes.
Los ha agotado.
Los encontró en los pozos más oscuros de sí misma y excavó hasta el fondo. Recordó lo que le dije y empleó la emoción, empleó el dolor como poder.
«El dolor puede ser útil. Es la emoción más fuerte».
Es la única emoción que percibo cuando se desploma en mis brazos, sin fuerzas. Está fría. Tan fría y tan débil… Caigo de rodillas con su cuerpo desmadejado sobre mi regazo y le aferro la cara.
—Isla, vuelve conmigo. Vuelve.
Le sacudo el cuerpo mientras el miedo, la desesperación y el dolor se apoderan de mí.
—Despierta —le suplico con la voz rota—. Vuelve a apuñalarme en el pecho si tienes que hacerlo, pero despierta.
Según la vida la abandona, consigue decir:
—Grim. El dolor no es la más intensa.
No. No te marches. No me dejes aquí solo.
Quédate.
«Quédate».
No lo hace.
Se muere.
Isla tenía razón. Ahora lo sé. Ella me lo enseñó.
El dolor no es la emoción más intensa.
Es el amor.
Imagino una vida sin su sonrisa, sin su risa, sin sus ojos. Sin ella. Y el mundo se me antoja indigno de seguir girando. Todo me parece indigno de seguir vivo.
Mi rugido sacude el mundo cuando le exijo que me la devuelva, cuando amenazo al mismísimo tiempo con todas mis sombras, imploro a los dioses, les suplico.
«Daré cualquier cosa —pienso—. Lo que sea».
Incluida mi propia vida.
Noto un tirón. El último vestigio de su poder en alguna parte de este puente que se desmorona. Alargo mi pensamiento hacia él. Lo aferro.
Casi se ha desvanecido, como la última estrella que se apaga en el firmamento.
No.
Siempre he usado el poder, el dolor, para matar, para destruir. Quizá podría usarlo para algo bueno. Quizá podría usarlo para rescatar. Este puente que nos une… discurre en ambos sentidos.
Recuerdo algo que leí hace siglos en un libro que ya no es nada más que polvo. Una magia antigua para salvar una vida a través de un intercambio. Entregando algo. Entregándolo todo.
Lo hago.
Noto el poder que surge de mí, que me vacía, y fue contra esto contra lo que me previno mi padre. Este es el amor que destruye reinos enteros. No solo reinos; intuyo que este amor podría destruir mundos.
No me importa.
Poso la mano sobre su corazón parado y le transmito todo mi ser. El poder. La vida. La sangre.
Se lo doy todo a mi corazón y casi sucumbo en el proceso, porque es demasiado.
Hasta que percibo un latido.
Abre los ojos y el alivio que siento amenaza acabar conmigo de nuevo.
Estoy vivo.
Y ella también.
Sus ojos verdes. «Verdes».
—Corazón. Estás aquí, corazón.
Me tiemblan las manos mientras noto cómo el calor vuelve a su piel fría y recupera el color.
—¿Cómo? —pregunta con un susurro ronco.
—Has muerto —le digo, y mi voz se rompe al pronunciar la palabra. Niego con la cabeza—. Has muerto en mis brazos.
Cierro los ojos y las lágrimas —lágrimas de gratitud— resbalan por mi cara.
Nunca me separaré de ella. Jamás permitiré que nada le haga daño. Se lo juro al mundo y a mí mismo.
La escogeré a ella por encima de todo. Una y otra vez. Siempre. Cueste lo que cueste.
—¿Cómo? —pregunta de nuevo.
—Te he vinculado a mí.
Parpadea anonadada, como si fuera recuperando los sentidos poco a poco.
—¿Qué…? ¿Qué significa eso?
¿Cómo explicarlo siquiera? No estoy seguro de que lo sepa yo mismo. Noto su vida dentro de mí, atada. Parpadeante.
Esto no durará siempre. Lo sé. Pero encontraré la manera de que perdure. Buscaré una solución. De momento, sin embargo…
—Significa que compartimos la vida.
Agranda los ojos. Respira entrecortadamente.
—Tú… —Frunce el ceño—. ¿Has dado la vida por mí?
Le sonrío. Le deslizo los dedos cubiertos de tierra por la cara.
—Tú hiciste lo mismo por mí.
Se limita a mirarme. Me mira y yo todavía no puedo creerlo.
Dio la vida por mí. Yo hice lo mismo. Ahora somos uno. No solo compartimos poderes…, sino que compartimos la propia vida.
Noto su preocupación. Por mí. Aunque ella hizo lo mismo, piensa que di demasiado. Puede que sí.
Le paso el pelo por detrás de la oreja.
—No quiero vivir ni un solo día sin ti —le digo—. Ni siquiera sería una vida.
Arrodillado junto a la bañera, le desprendo la tierra del pelo. Con el jabón en la mano, le froto la piel con suavidad. Está magullada. Herida. Hace un gesto de dolor y yo me detengo hasta que me pide que continúe.
—Estoy aquí —le digo, y ella me aferra la mano como si yo fuera su gravedad. Ella es la mía.
Ella lo es todo para mí.
La llevo a la cama en brazos y ella se queda allí tumbada, en silencio, como sumida en sus pensamientos antes de preguntar por su pequeño dragón.
Lo transporto a la alcoba y el animal de inmediato profiere un gritito de felicidad. Se tumba sobre su pecho y ella le desliza un dedo por las escamas.
Me doy el baño más rápido de mi vida, porque no quiero dejarla sola. Sin embargo, para cuando me envuelvo con una toalla y me reúno con ella, está dormida. La dejo descansar, pero le apoyo una mano en el corazón. Necesito… Solo necesito saber que sigue latiendo.
Han pasado varios días e Isla sigue sumida en el silencio.
Es como si una parte de ella estuviera descubriendo el mundo por primera vez o quizá solo está absorta en sus pensamientos.
No le hago preguntas. La transporto de vuelta a su alcoba.
Les dice a sus guardianas que está enferma para librarse unos días del entrenamiento.
No sé por qué…, pero la transporto de nuevo al prado de nightbane. Las flores le arrancaron una sonrisa la otra vez. No sé qué más hacer… Cómo devolverle la felicidad.
Es de noche. Las estrellas titilan en lo alto y nos observan. Estamos rodeados de morado. Los pétalos se mecen suavemente con la brisa.
—Diste la vida por mí —repite Isla con voz queda.
«Tú eres mi vida», me gustaría decirle. Pero no quiero asustarla.
Creo que lo puede leer en mis ojos. Avanza un paso hacia mí. Las flores no son nada comparadas con ella: deberían morirse de envidia.
Entonces, de repente, me echa los brazos al cuello y entierra la cara en mi hombro. Está temblando. La abrazo con fuerza, como si estuviera dispuesto a quedarme ahí, en ese prado de flores, manteniéndola viva por siempre.
Si me prometiesen que estaría a su lado por toda la eternidad, no me movería. Permanecería aquí mismo, en este instante, en este lugar, y sería feliz. Tengo entre mis brazos todo lo que he querido alguna vez.
—Te quiero —me susurra al oído, y yo dejo de respirar.
«Te quiero». Nunca nadie me lo había dicho.
Se despega de mí.
—No hace falta que lo digas. Ni siquiera sé por qué…
Niego con la cabeza y la rodeo con los brazos. Mi respuesta es inmediata.
—Yo no te quiero.
Se queda de piedra. El pánico de su rostro —la inmensa tristeza— es tan intenso que me apresuro a continuar.
—Esa palabra no es capaz de expresar lo que siento por ti. —Frunzo el ceño—. No, corazón, yo no te quiero. Vivo por ti. Destruyo por ti. Muero por ti. Todos mis pensamientos y emociones giran en torno a ti. Eres mi sol, mi luna, mi gravedad, mi eternidad.
Sus ojos están abiertos y arrasados en lágrimas. Le tomo las manos entre las mías. Y despacio, muy despacio, me postro ante ella de rodillas.
Soy el gobernante de Nightshade. No debería arrodillarme ante nadie ni ante nada.
Pero ella es mi iglesia, es mi maldición y mi convicción.
Ella es mi dios.
Solo me inclinaré ante ella.
Pego la frente a sus manos. Con un gesto de solemnidad. De reverencia. De súplica.
—Déjame que sea tuyo… para siempre.
Se queda atónita. Su conmoción me envuelve, sus emociones rodean las mías. Poco a poco, el entendimiento asoma.
—Tú… Tú quieres… Pero los gobernantes nightshade nunca han…
Niego con la cabeza.
—No me importa. Quiero casarme contigo. Y, si alguien pone objeciones, lo mataré de inmediato.
La corte tendrá que saberlo. Lo aceptarán. Yo me aseguraré de ello.
Abre la boca. La cierra.
—¿Tú… lo deseas?
Sonrío. La felicidad, la alegría, el alivio y el amor que siento son tan intensos, tan profundos, que por primera vez poseen su propio color.
Su color: rojo. El negro y el rojo se mezclan para crear el más profundo tono carmesí. Somos uno y el mismo. No sé si siempre ha sido así o si ahora sus sentimientos se funden con los míos. Pero no me importa. Somos uno en todos los sentidos.
—Quiero compartirlo todo contigo, Devoracorazones.
Quiero casarme, quiero hijos, quiero estar a tu lado, sostenerte la mano en el fin del mundo.
—Se me saltan las lágrimas por la intensidad, por el sentimiento—.
Quiero vivir infinitas vidas contigo, porque con una no basta.
A mí no. Ni de lejos. Si vivimos mil años…
, quiero un millón más. Soy egoísta, soy codicioso, te quiero durante eternidades infinitas. Somos infinitos.
Me tiemblan las manos. Las suyas también lo hacen.
—Isla Crown —le digo—. ¿Quieres casarte conmigo?
Las lágrimas resbalan por sus mejillas y al momento sonríe. Su felicidad nos envuelve en un rojo encendido, deslumbrante.
—Sí —responde—. Seré tu esposa. No solo en esta vida, sino en todas.