Capítulo 22. Roto y reparado
E lla lo pone todo patas arriba. No solo mis sentimientos. No solo mi corazón. También mi palacio.
Sus cosas están por todas partes. Sus prendas de ropa están en el suelo. Sus pequeños frascos de cristal están en mi baño. Su aroma está en mis sábanas.
Y me encanta.
Detesto que se marche, algo que sucede constantemen te, pues tiene que asistir a las interminables sesiones de en trenamiento con sus guardianas.
Como ahora. Acabamos de despertarnos. Apenas ha amanecido.
—Pronto vendrán a buscarme —dice, tratando de incorporarse.
Por la noche utilizo ilusiones para camuflarnos en su alcoba, por si acaso vienen a echar un vistazo, pero tienen sus limitaciones.
Le apoyo la mano en la cadera para retenerla.
Ella levanta la vista para mirarme. Exhala contra mi cuello y su aliento me provoca escalofríos en la columna vertebral.
Mi otro brazo todavía está alrededor de su cuerpo.
Ella se acurruca contra mí, pegando su piel a la mía, y un gesto de guasa le roza los labios cuando nota que estoy a punto. Siempre dispuesto para ella.
—¿Anoche no tuviste suficiente? —pregunta con voz entrecortada contra mis labios. Desliza los dedos por mi extensión y un sonido gutural de necesidad escapa de mis labios.
—Nunca tendré suficiente —respondo.
Cada vez que lo hacemos espero que mi necesidad se sacie, como si fuera un hambre que siento. Pero se parece más al universo. Es infinita. Inacabable.
Mi mano resbala por su cadera hasta que mis dedos encuentran su parte doliente. Ella me estaba mirando mientras yo jugaba, pero ahora sus ojos ascienden a los míos.
Solo hace falta una mirada.
Me clava las uñas en el pecho y se hunde sobre mí. Yo gruño satisfecho cuando empieza a moverse elevando los hombros y echando la cabeza hacia atrás.
Le aferro la cadera mientras acaricio con el pulgar la piel suave y sensible.
Es tan insaciable como yo.
Se muerde el labio inferior al mismo tiempo que se mueve, y qué labios.
Las cosas que me ha hecho con esa boca. Cuántas veces la he besado, cuántas veces me ha besado, hasta que su piel y mi piel acababan magulladas y nuestros labios estaban tumefactos y doloridos.
Le gusta. Le gusta tener huellas de mis labios en el cuello.
Lo pide y yo la complazco. A pesar de todo, de momento, les escondemos a nuestros reinos las pruebas de esta pasión.
Tenemos que sa narnos mutuamente de las incontables formas en que nos marcamos en esta infinita e ilimitada fusión de placer.
Ahora me araña el pecho y sus uñas dejan largos surcos en mi piel. Tendré que curármelos más tarde, o puede que no lo haga. Los llevaré con orgullo, como signo de que me utilizó para el placer.
—Ven aquí —le digo a la vez que la arrastro debajo de mí, y su pecho se frota contra el mío. Se aferra a mis hombros.
Me besa, y yo me pregunto cómo he podido vivir cinco siglos sin esta sensación. Sin esta sensación de estar donde debo estar. Sin este sabor y este placer.
Le arrastro la lengua por la boca y le aferro con los dientes el labio inferior para absorber, para morder. Un gemido surge de su garganta.
—Por favor —dice, y yo la conozco. Sé lo que quiere. Sobre todo ahora, cuando pasamos tan poco tiempo durmiendo.
Le rodeo la cintura con el brazo y la pego un poco más a mi cuerpo antes de desatarme. Ella jadea contra mis labios y yo le doy lo que quiere, lo que me suplica durante la noche. Lo mismo con lo que yo sueño durante las pocas horas que he dormido estos últimos días.
Ella eleva las caderas para acompañar cada una de mis embestidas, me entierra las manos en el pelo, me mordisquea el cuello y absorbe la piel de mi garganta.
Luego está latiendo y yo me uno a ella, y los dos estamos sudorosos con los pechos moviéndose al compás. Canturrea contra mi cuello y esto… esto es más que sexo. Es más que una conexión física.
Hay una palabra que lo define, estoy seguro. Una que no me atrevo a articular ni siquiera mentalmente.
—Tengo que irme —dice, y esta vez lo hace de veras.
Un dragón. Comparto mis aposentos con una cría de dragón.
Isla me pidió que lo adoptara como «mascota».
Me negué, como es natural. No me gusta que nadie — aparte de mi devoracorazones— toque mis cosas. Eso incluye un pequeño ovillo de escamas.
Pero entonces ella me transportó al bosque, donde lo había dejado… y me preocupó dejar allí solo al animalillo. Y me supo mal la decepción de Isla ante mi reticencia. Así que me lo traje conmigo.
No hace nada más que estar ahí acurrucado, lloriqueando.
—Si acabo contigo, ella me odiará —le digo. Frunzo los labios mientras examino las posibilidades—. Quizá si finjo un accidente…
El dragoncillo tuerce la cabeza y me mira con esos ojos grandes y llorosos.
Suspiro.
Lo levanto y las lágrimas desaparecen como por arte de magia. Lo fulmino con la mirada.
—Contrólate —le digo, y vuelvo a dejarlo en el suelo.
El lloriqueo vuelve a empezar de inmediato.
Proyecto mis sombras hacia él con la intención de asustarlo. Solo sirve para que llore con más sentimiento.
Exasperado, cierro los puños antes de recogerlo. El llanto cesa. Lo miro entornando los ojos.
—No me vas a manipular —gruño con todo mi rencor.
Él se inclina hacia delante y me lame.
Qué asco. No sabía que los dragones lamieran nada. Lo dejo en el suelo haciendo caso omiso de su gimoteo y abandono la habitación para asistir a la reunión del consejo.
Cuando regreso, me alivia descubrir que el llanto ha cesado.
Pero el animal está en mi cama. Rodeado de algo… Deduzco, con un chispazo de irritación, que ha hecho trizas mi almohada. La de Isla está intacta, cómo no.
—Fuera —le digo. Lo recojo y lo dejo en el suelo.
En vez de llorar se queda mirándome como si yo fuera idiota antes de agitar esas alas que Isla pensaba que estaban rotas y volar de nuevo a mi cama. Gira sobre sí mismo para ponerse cómodo antes de acurrucarse con la cabeza contra la cola.
Lo fulmino con la mirada.
—Qué casualidad que ahora sí te funcionen las alas —le digo antes de soltar una maldición. Maldigo no poder negarle nada a Isla.
La furia me abandona cuando llega ella. Ve al dragón y sonríe. «Sonríe». La alegría impregna mi alcoba, ligera como el globo aerostático en el que volamos aquel día. Le encanta.
Le lanzo al dragón una mirada asesina. Tardé meses en conseguir que Isla se encariñara conmigo. Este animalillo solo lleva aquí unos días y ya está loca por él.
Le gusta acurrucarse encima de su pecho. Ella le desliza el dedo entre los ojos hasta que se duerme.
Solo entonces puedo transportar al dragoncito al nido de almohadones que le ha preparado en la sala contigua. Tengo que llevar sumo cuidado, porque, si no lo hago, el animal se despierta gritando y ella va corriendo a buscarlo.
Soy extraordinariamente cuidadoso cuando lo transporto a la otra estancia.
Luego me vuelvo hacia mi devoracorazones. Ella se ríe. Le parezco divertido.
Pasados unos instantes, la risa muda en jadeos susurrados contra mi cuello.
Cierro los puños con un gesto irritado. Llevo enfadado todo el día. Anoche las reuniones duraron tanto que Isla ya estaba dormida cuando llegué a mi alcoba.
La maldita criatura dormía encima de ella. Despertó cuando me metí en la cama y me fulminó con la mirada, como si fuera yo el que invadía su espacio. En mi alcoba. En mi cama. Junto a mi devoracorazones.
Isla se había marchado para acudir a su entrenamiento antes de que yo me despertara. Y el animal estaba durmiendo encima de mi pecho.
Qué descaro.
Ahora, sin embargo, voy a verla. Por fin. Me transporto a su alcoba, dando gracias de poder pasar un rato sin que el dragón se interponga entre los dos.
Sin embargo, tan pronto como mis pies tocan el suelo, intuyo que algo va mal. Lo noto. Lo veo en su rostro.
Mis ojos se posan en la espada al instante.
La misma a cuya búsqueda dediqué décadas. La que planea ba usar, antes de que todos mis planes se esfumaran en el aire.
Antes de que Isla y yo fuéramos «nosotros».
A continuación me embiste su dolor.
«Devoracorazones —empiezo con sumo tiento—. ¿Dónde has encontrado eso?».
Entorna los ojos.
—Dijiste que tenías algo que contarme. Antes de que te interrumpiera.
Eso ocurrió semanas atrás. Antes de que… antes de que nos convirtiéramos en un solo ser por primera vez.
—¿Qué era?
Trago saliva. El miedo me hunde los dientes en el pecho.
No. Si descubre lo que tenía pensado…, lo que estaba dispuesto a hacer…, lo que le he ocultado todo este tiempo…
Podría manipularla. Podría entrar en su mente y borrar le los recuerdos. Podría asegurarme de que nunca descubrie ra nada de esto.
Una parte de mí quiere hacerlo. Por poco lo hago.
Pero esta opresión en el pecho… Este sentimiento irracional que me induce a querer ser sincero…
Gana la partida.
Le cuento la verdad.
Le digo que ella es nightshade. Le hablo de su padre. Le cuento que él era un nightshade inmune a las maldiciones, igual que ella.
Le confieso por qué necesitaba la espada con tanta urgencia y, como era de esperar, ella me la ofrece.
—Ya te lo he dicho —respondo haciendo un esfuerzo para que no me tiemble la voz ante su creciente decepción—. No quiero usarla.
Replica en tono cortante.
—Claro. El precio era demasiado alto. Ahora dime la verdad. ¿Cuál era el precio?
No tiene sentido mentirle. Ya no puedo seguir ocultándome. Mis sombras se precipitan hacia delante, hacia ella, y mi corazón se encoge como si se preparara para el impacto. Como si supiera que una vez que pronuncie las palabras ya no habrá vuelta atrás.
—Tu vida.
Ha llegado. La hora de la verdad. El momento en el que ella no podrá ver más allá de mi acto monstruoso.
Las lágrimas resbalan despacio por sus mejillas y yo me odio. Detesto haber ideado siquiera un plan que no la pusiera a ella por delante de todo.
—¿Mi… vida? —Se le quiebra la voz, junto con mi corazón.
Mis explicaciones no significan nada. Sus emociones no cambian.
—No quiero volver a verte nunca —me dice. Y habla en serio.
Le concedería cualquier cosa que me pidiera.
Así que desaparezco.
Sin ella, las semanas son una auténtica tortura. Preferiría que las sombras me cortaran la piel a tiras a yacer despierto en mi cama cada noche, añorando su presencia.
Solo el maldito dragón me hace compañía. Llora toda la noche y se niega a abandonar su lado de la cama. Yo renuncio a expulsarlo del lecho.
Le doy de comer. Le hablo como un tonto; le pregunto si ella me perdonará algún día. No sería capaz de abandonar a su dragón, ¿verdad?
—Volverá —le prometo, pero en realidad no creo mis palabras. Se sintió herida en lo más profundo del alma. Nunca volverá a confiar en mí. Jamás volverá a sentir nada por mí; en realidad, no.
Lo merezco.
La grieta empeora. Combato en ella a diario, hasta que se me agotan los poderes. Astria me dice lo que ya sé.
—Una brecha más. Una más y se acabó.
«Una brecha más y se apoderarán de esta tierra. Acabarán con mi vida. Todo el mundo morirá».
Sabía que llegaría este momento. Yo lo escogí.
Sucede pocos días más tarde. Estoy en la cama cuando me incorporo jadeando, presa de un dolor que me parte el cuerpo en dos. La grieta. Se ha desgarrado, justo en el centro. El corte es más grande que ninguno de los anteriores.
Es el fin. Lo sé.
Me enfundo la armadura, pieza a pieza. Mi muerte inminente debería asustarme, debería enfurecerme…, pero al menos he vivido. Solo han sido unos meses, pero he vivido. Conocí la verdadera emoción.
La conocí…
La conocí a ella. Y ella me conoció a mí.
Más allá de estas costas, todo el mundo ve al guerrero sediento de sangre, al villano, al enemigo. Pero me da igual.
No me importa que nadie más me conociera, porque ella sí lo hizo. Y me basta con que ella sepa quién soy.
Me transporto a su alcoba junto con el dragón. Envuelvo al animal en sombras para que no nos interrumpa.
Ella nota mi presencia de inmediato. Preveo rabia y furia por su parte, pero no alivio. No felicidad.
—Te dije que no quería volver a verte —dice.
Intento sonreír.
—En ese caso, es posible que tenga buenas noticias para ti.
De inmediato intuye que algo se oculta detrás de mi intento de broma. Palidece. Su ira se disipa.
—¿A qué te refieres?
No respondo. Me limito a avanzar hacia ella a toda prisa para rodearla con los brazos y entonces la miro, la miro largo y tendido mientras absorbo cada detalle.
—¿Qué pasa? —insiste.
Nada. Todo.
—La grieta se ha abierto. En una zona distinta de las anteriores. Un lugar que antes considerábamos seguro. Cientos de personas viven allí cerca.
Lo que no le digo es que se trata de la brecha más grande hasta el momento. Y sé… sé que esta batalla será la última. Ni siquiera yo seré capaz de contenerlos sin ayuda. La espada nos salvaría. Lo salvaría todo.
Tengo que escoger entre mi pueblo, mis tierras y yo…, y ella.
La escojo a ella.
Es un acto de maldad. Es monstruoso. Pero me da igual.
«La escojo a ella».
—Pase lo que pase, quiero que sepas una cosa.
—¿Qué? —Forcejea para desprenderse de mis brazos con los ojos desmesuradamente abiertos de la preocupa ción—. Grim, no te va a pasar nada.
—Déjame hablar, corazón —le digo posando un dedo en sus labios—. Es de mala educación interrumpir.
Espero ver su sonrisa por última vez.
Pero no sonríe. En todo caso, su preocupación aumenta.
Le deslizo el pulgar por la mejilla.
—Necesito que sepas que lo has cambiado todo. Los dioses no escuchan a las personas como yo, pero sería capaz de arrastrarme de rodillas y suplicarles que me dejaran seguir contigo.
«Y les doy gracias por haber permitido que te conociera».
—Un día fuiste mi perdición… y ahora eres el centro de mi existencia.
Incredulidad. Las lágrimas anegan sus ojos. Felicidad, luego miedo.
—Mi mundo era noche absoluta y tú encendiste una cerilla. No importa lo que me pase en esta vida, porque te buscaré en la siguiente. Siempre te encontraré. Lo que siento por ti no se puede extinguir. Es infinito, como el firmamento nocturno. Tú y yo… somos infinitos.
Esa palabra. La que me enseñó mi hermana. Ahora entiendo lo que significa.
Las lágrimas resbalan por sus mejillas y yo se las enjugo con el pulgar.
Su voz es solo un susurro.
—No. No te marches. —Se torna desesperada—. Puedo ayudarte. Juntos podemos resolver esto, sea lo que sea, Grim, los dos. Deja que te acompañe. Podemos probar la espada. Deja que vaya contigo.
Nada la detendrá. Lo veo en la determinación de su rostro, en su tono de voz, en las emociones que ondean en derredor.
«Juntos». Quiere que afrontemos el fin del mundo juntos.
Pero la quiero demasiado como para permitírselo.
—De acuerdo, Devoracorazones —asiento—. Ven conmigo.
La beso por última vez. Su nombre es el último que quiero en mis labios, su sabor es el último que deseo en mi boca.
No se da cuenta de que le deslizo los dedos por la espalda y le arrebato mi artilugio para saltar entre portales.
Y me lo llevo conmigo para que no pueda seguirme.